(Adictos) Mientras el consumo de tabaco bajaba, el uso del móvil subía. En América y en 2005 fumaba el 21%. En 2024, el 10%. En 2011 el móvil se usaba 45 minutos al día. En 2019, 3 horas y media. Y luego está la observación, de uno mismo y de los otros: el antiguo tiempo muerto del tabaco es hoy el tiempo muerto del móvil. Anna Lembke, una psiquiatra de Stanford, experta en adicciones aunque algo histérica, llama al móvil «la moderna jeringuilla hipodérmica». Es vistoso. Pero la evidencia causal sobre los daños del móvil es inexistente. Tiene interés comparar las evidencias del tabaco con las no evidencias del móvil. Va un poco de literatura médica copiada. Entre el tabaco y el cáncer la cadena causal está completa y verificada en cada eslabón. El humo del tabaco contiene benzopireno, un hidrocarburo carcinógeno que resulta de la combustión de materia orgánica. El benzopireno se une al ADN de las células epiteliales del pulmón. Esa unión produce aductos —daño molecular previo al tumor— que causan mutaciones específicas y reproducibles en el gen TP53, que es el supresor tumoral principal. Esas mutaciones están documentadas, son predecibles y aparecen con una frecuencia que no se puede atribuir al azar. De la inhalación al tumor hay una secuencia molecular continua, verificable en laboratorio, reproducible en modelos animales y confirmada en cohortes humanas de cientos de miles de personas controladas durante décadas.
Los estudios longitudinales —desde el primero británico de Doll y Hill, en 1951— siguieron a personas fumadoras y no fumadoras durante cincuenta años. No son correlaciones: cuantos más cigarrillos, más riesgo; cuantos menos, menos. Esa reversibilidad no puede producirla la correlación. Los estudios típicos sobre el uso del móvil toman una muestra en un momento dado, miden uso de móvil y nivel de salud mental y encuentran correlaciones. No saben si los adolescentes deprimidos usan más el móvil porque están deprimidos, si están deprimidos porque usan el móvil, o si hay una tercera variable —predisposición genética o mal ambiente— que produce tanto la depresión como el uso compulsivo. No hay equivalente al benzopireno. No hay mecanismo molecular identificado que vaya del scroll al trastorno de forma continua y verificable. El sueño insuficiente provoca alteraciones en el estado de ánimo, pero no se sabe si la depresión impide dormir y lleva al móvil o si es el móvil el que lleva al insomnio y la depresión. La hipótesis de que la vida perfecta de los otros en Instagram produce ansiedad y baja la autoestima es llamativa. Pero tampoco hay evidencia molecular: no se sabe exactamente qué ocurre en el cerebro en ese momento, ni si es un efecto duradero ni a quién afecta y a quién no. Es posible que el scroll continuado lleve a una fragmentación de la atención. Desde Nicholas Carr (Superficiales, Taurus, 2011) es un lugar común. Pero no se dispone de ningún estudio que elija cerebros jóvenes antes de la exposición intensa a la web, los siga durante años y mida si la capacidad de lectura profunda se deteriora por el escroleo. Un estudio, por lo demás, que parece dificilísimo de hacer. Como también lo sería saber si el móvil mejora la búsqueda de información, amplía el vocabulario, acelera el aprendizaje autodidacta, reduce el aislamiento o mejora la coordinación cognitiva multitarea.
Los epidemiólogos británicos Richard Doll y Austin Bradford Hill —este último autoridad clásica para distinguir entre causalidad y correlación— necesitaron cincuenta años para cerrar el caso del tabaco. La generalización del iPhone tiene 15. No hay equivalente metodológico posible. De modo que la decisión de las autoridades británicas de prohibir el tabaco a los nacidos a partir de 2009 tiene fundamento científico, a diferencia de la decisión de las autoridades australianas de prohibir el uso de redes sociales a los menores. El tabaco enferma y mata, y parece lógico que las autoridades tomen medidas. La cohorte boba e integralmente libérrima aduce que cualquiera debe tener la libertad de enfermar y matarse, y tiene razón. Por lo tanto, deberían elogiar la actitud del Estado, que con la prohibición añade a su libertad irrenunciable el formidable atractivo de la clandestinidad.
Sin embargo, la estéril discusión con los libérrimos —«la adicción elimina la elección»— no debe ocultar el foco real del problema, que es el adicto y el mecanismo de la adicción. El tabaco es la más adictiva de las sustancias comunes. El 32% de los que prueban desarrollan dependencia, por encima de la heroína (20-25%) o el cannabis (9%). El factor más determinante no es solo la sustancia, sino la velocidad de irrupción en el cerebro: el crack es químicamente idéntico a la cocaína en polvo, pero al fumarse llega en segundos al cerebro y es mucho más adictivo. Esto significa que el debate sobre la prohibición no puede ser genérico: cada sustancia tiene su propio perfil de riesgo, y el del tabaco no es menor. El otro factor es el propio individuo: según los estudios que maneja la citada Lembke, la influencia de los factores genéticos en la adicción llega al 60%. No es pequeña. Mayor es aún otro porcentaje significativo: en un estudio con 592 usuarios de alto riesgo sometidos a tratamiento, el 75,7% declaró haber sustituido su droga preferida por otra. Tres de cada cuatro. No es un fenómeno marginal. De las dos cifras pueden sacarse consecuencias de interés. La primera es que la libertad de consumo no afecta por igual a todos. Para la gran mayoría de las personas es inofensiva. Para el resto es devastadora. Para el no-adicto, la libertad de consumo no consolida nada porque su sistema dopaminérgico (el circuito del deseo) tiene frenos suficientes. Para el que tiene predisposición genética, la libertad de acceso facilita que la vulnerabilidad latente se convierta en adicción activa.
Aún no se sabe quién tiene una predisposición genética a la adicción. Pero sí hay un indicador relativamente eficaz, que es la historia familiar. La medicina preventiva actúa sobre muchas enfermedades. Por ejemplo, el cribado del cáncer de colon. La pregunta es por qué no se hace sobre la predisposición adictiva. La lógica sería similar: historia familiar de adicción, test poligénico de riesgo, intervención preventiva temprana sobre los individuos en el percentil superior… La predicción tendrá margen de error, pero podría activar protocolos de educación, seguimiento y reducción de exposición antes de que el circuito del deseo encuentre su vector. La razón de la asimetría entre el cáncer y la adicción es, sobre todo, cultural y política. La adicción sigue conceptualizada en muchos sistemas sanitarios como un problema de conducta y voluntad, no como una enfermedad con base biológica previa. Eso hace que la prevención se piense en términos de educación general —las campañas del Di no a las drogas, de ineficacia probada— y no en términos de medicina personalizada sobre la población de riesgo.
El farmacólogo Kenneth Blum sostiene que ciertos cerebros tienen un umbral basal de dopamina más bajo, una especie de déficit crónico de satisfacción, y que la búsqueda adictiva es el intento de compensar ese déficit. En esta hipótesis el objeto —el tabaco, el alcohol, el juego— es contingente, pero la búsqueda adictiva, no. El adicto genético no está condenado a una sustancia específica, sino a un patrón de conducta. Y mientras el déficit exista, la búsqueda proseguirá. De modo que si el impulso de búsqueda es estructural, la política de salud pública inteligente no es solo la prohibición, sino el diseño de un entorno en que los vectores del patrón adictivo sean lo menos destructivos posible. Más que curar al adicto, tarea hoy imposible, se trataría de redirigir su adicción. Y es justo aquí donde la vinculación entre tabaco y móvil adquiere un nuevo sentido.
El tabaco no tiene beneficios documentados que no sean el alivio tautológico de la propia abstinencia del tabaco. Es una satisfacción circular y autorreferente: la sustancia crea la necesidad que luego satisface. El móvil es otra categoría completamente distinta. Es la biblioteca de Alejandría en el bolsillo, la consulta médica de guardia, el mapa, el traductor, el banco, la agenda, el teléfono, la cámara, el correo y el porno. Ha transformado la capacidad operativa del individuo de una manera sin precedentes en la historia de la tecnología. Esa asimetría de beneficios hace que el análisis de daños sea radicalmente distinto. Con el tabaco la ecuación es simple: si el beneficio es nulo, la política racional es eliminarlo. Con el móvil la ecuación es irresoluble: daño incierto y probablemente selectivo en población vulnerable, beneficio universal e inmenso.
Dado que la sustancia adictiva es también una herramienta de gran valor civilizatorio se puede establecer la hipótesis optimista de que estemos observando la primera sustitución exitosa de una adicción a gran escala.
Usted verá, Haidt.
(Ganado el 2 de mayo, a las 13:53, muy desilusionado ante la imposibilidad de escribir sobre el libro que Javier Cercas dedica a la historia de El País, una nimia pelusilla de ombligo, de su ombligo concreto, piénsese)
11 Comentarios
Muy bien Sr. Espada, está claro que cuando quiere, puede. Cuando quieres que le entendemos, sabe explicarse, aunque creo que le gusta más escribir esos artículos que son como jeroglíficos egipcios.
Arcadi haría un excelente ministro de Sanidad Pública, sin duda. Al respecto de la falta de evidencia probada sobre lo pernicioso del uso del móvil intensivo, sospecho, muy prosaico, que la intolerancia al aburrimiento mata la imaginación. Más aún el tiempo en que el cerebro opera en vigilia inconsciente, fuera del radio de acción de la corteza prefrontal que lleva la acción consciente, científicamente hasta un 50%, se reduce espasmodicamente en esos periodos intensivos de uso. Aquí un adicto al tabaco, al móvil y al trabajo,
Otra vez, de nuevo, el más inteligente, trabajador y honrado periodismo. Y de muchas maneras, el móvil es la confirmación más radical de aquel adelanto que hizo el viejo barbudo de Tréveris: nuestra naturaleza es nuestra ciencia aplicada, la tecnología.
En este artículo de Arcadi Espada no hay zozobra ni especulación. Y ya se ve que ronda el investigador y periodista de Barcelona el crimen y la superchería de lugares comunes, donde delinque el vulgo. El villancico y el virelai francés tienen su origen en la música andalusí cuando España miraba a La Meca. Es así. Paciente, como buen musicólogo, A.E. va deduciendo los hechos con emoción intensa. Lo tengo decidido, voy a abandonar mis estudios periodísticos en la facultad para, de la mano de mi novia, empollar las lecciones de este sin par escritor.
Estupendo artículo. Solo un apunte: el tabaco, además de adictivo, es placentero; y en mucho casos, incluso elegante. Eso nunca lo conseguirá el móvil.
La nicotina si tiene beneficios documentados. En las dosis adecuadas es un estimulante. Esto lo defendía Antonio Escohotado, que fumaba con filtros, para reducir el daño que produce el alquitrán.
Importante artículo. Para guardarlo en el archivo más a mano del móvil.
Poco ha hablado del alcohol. Su hipótesis de sustituir una droga x otra es plausible . Yo dejé el tabaco hace 16 años y empecé a tomar una copa mas tras la cena o el tapeo porque me faltaba el poder rematar la comida c un cigarrillo. Al cabo de los años tengo como 10 kilos mas y bebe todos los días 1 copa de vino
Ganado el 3 de Mayo a las 07:30 tras haberme fumado este extenso artículo. Preguntándome si es mera correlación o existe causalidad entre el hecho de substituir mentalmente teléfono móvil por iPhone, probablemente también automóvil eléctrico por Tesla, y la condescendencia/desprecio sobre las opiniones de una psiquiatra o las del Sr. Haidt, probablemente en opinión del Sr. Espada un miserable centrista equidistante.
!Bravo! Es posible que no entiendan su tesis algunos de sus lectores, pero por primera vez en mucho tiempo, me ha sorprendido. Ha explicado llana y claramente la diferencia entre dos temas que nuestros amantísimos politicos nos quieren hacer ver como equiparables y que como tantas otras cosas que nos venden empaquetadas, no lo son.