Pablo Fernández Santos deja la política activa, o al menos eso se ha entendido en los últimos días tras su adiós a las Cortes de Castilla y León y su anunciado paso atrás en la primera línea nacional. Diez años después de irrumpir con el fervor del converso y la épica de la nueva política, el veterano aprendiz de Lenin parece haber descubierto, como en una versión menos solemne del camino de Damasco, que la luz también puede llegar cuando las urnas se empeñan en apagarte.
El problema de la ultraizquierda comunista, aunque se disfrace con siglas cambiantes, es que suele confundir la agitación con la construcción. Y ahí Pablo, Pablito, fue alumno aplicado. Secretario general, portavoz nacional, secretario de Organización y no sé cuántos cargos más. A falta de feligreses, tocaba repartirse las parroquias entre los pocos que quedaban. Podemos pasó de prometer el asalto a los cielos a discutir quién apagaba la luz del local. Y aún siguen en ello con vientos frescos de la Tramontana catalana rufianera.
Pero en el fondo, lo que Pablo deseaba era parecerse a otro Pablo: Pablo Iglesias Turrión, el Mesías televisivo, el profeta que siempre encuentra acomodo en algún pseudomedio dispuesto a pagar por la nostalgia del 15-M. No todos pueden acabar con plató, pero con esa melena rubia al viento quizá aún haya futuro en la comunicación. Incluso se comenta, aunque sin confirmación oficial, que podría anunciar champú Soviet. Marketing revolucionario con suavizante capilar.
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Al quiosco de León, donde las gominolas eran seguramente el producto más rentable que los periódicos, no volverá. Entre otras cosas porque ya casi no quedan lugares donde comprar prensa ni lectores con paciencia para ciertos panfletos morales.
Eso sí, que nadie diga que Pablo, Pablito perdió el tiempo. Radio macuto asegura que ha emparejado bien y que el porvenir, entre unas cosas y otras, está razonablemente asegurado. La revolución puede esperar cuando la estabilidad doméstica funciona.
En las Cortes se le echará de menos. A él, o a esa izquierda guerracivilista que convertía cada pleno en una reposición en blanco y negro. Descanse en el paraíso cubano de la jerarquía política. Y a Venezuela, sinceramente, mejor no vayas.
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