Hoy abrimos, mañana cerramos. Hoy pasan, mañana no. Sube, compra, vende, apuesta a corto, revende, invierte… La guerra de Irán es la batalla grotesca de un parqué donde las balas son las excusas para forrarse. Es un cuento viejo. La historia de la familia Rotchschild y la Bolsa de Londres es un buen ejemplo de ello. Circula desde hace dos siglos con la persistencia de las buenas mentiras. Una paloma mensajera, una noticia adelantada, una jugada fría y una fortuna hecha en silencio mientras los demás aún no sabían ni qué estaba pasando. El escenario es conocido. Europa arde, Napoleón juega su última carta en Waterloo y Londres espera. Espera mal, que es como esperan los mercados. Los banqueros estaban nerviosos, incompletos, dispuestos a creer cualquier cosa que tuviera forma de certeza. Y entonces apareció el bueno de Nathan Mayer Rothschild. No hace discursos. No explica nada. No convoca tertulias, que aún no se han inventado, pero ya se echan de menos. Simplemente actúa. Vende. Y al vender, dice sin hablar. Sugiere. Insinúa una catástrofe que nadie ha confirmado, pero que todos temen. Y la Bolsa cae. Naturalmente.
Poco después compra. También naturalmente. Horas más tarde llega la verdad oficial: Inglaterra ha ganado. Y con ella, Rothschild. Las grandes fortunas rara vez se construyen en una mañana, ni con una sola paloma, por muy puntual que sea el animal. Pero eso importa poco. Lo relevante no es la anécdota, sino lo que revela. Revela que la información es poder, pero que la percepción de la información lo es aún más. Que en los mercados no manda el dato, sino su interpretación. Y que, en ocasiones, basta con un gesto –una venta a tiempo, una calma sospechosa– para arrastrar a una multitud entera. Sin palomas. Pero con la misma prisa.
Vivimos tiempos en que los hombres más poderosos del mundo quieren ser Rothschild. Da igual que sean de izquierdas o derechas porque la única ideología es el dinero. La muerte incluso, un negocio. Ha quedado demostrado que Trump es un aprendiz de ello, pero desgraciadamente está demasiado obsesionado con el dinero y, aunque se lleve por delante al mundo, lo suyo es la especulación del mercado como un modo de vida.
Especulación con Ormuz, con Venezuela, Cuba o de dónde pueda trincar. Él y los suyos. Lo demás es una excusa. Lo demás le importa un bledo. Por eso es triste y torpe comprobar cómo algunos políticos lo defienden cuando ni siquiera participan de su negocio. Se forran mientras se la encaja doblada a un buen número de pequeños napoleones que también quieren ser como Trump. O como Rothschild.
El negocio de Israel es la defensa y la guerra. El de Trump, apoyarlo para seguir ganando pasta. Ninguno de los dos quiere vivir en paz porque dejan de ganar. Antes, al menos, el magnate se aprovechaba de la información. Ahora, sin embargo, la crea, la distorsiona y nos la cobra.
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