El encuentro se encaminaba hacia la prórroga, con el Madrid resistiendo en bloque bajo el lento transitar del Bayern, que buscaba un gol esquivo, casi quimérico. Los blancos habían superado lo más difícil y la posibilidad de dar la campanada en tierras bávaras era más que factible. Pero todo se truncó en una jugada tonta. Tontísima. Absurda.
Camavinga, que había saltado al césped en el minuto 61 por Brahim, que había visto la primera amarilla en el 78 tras una entrada sobre Musiala, cometía una nueva falta ocho minutos más tarde, en apariencia intrascendente, sobre Kane. Su error no fue el contacto, sino atrapar el esférico para demorar el saque rápido del rival. El colegiado esloveno Slavko Vincic, testigo directo de la pillería del francés, no le perdonó la segunda amonestación. Expulsión a cuatro minutos del final.
Camavinga no daba crédito a la determinación arbitral; sus compañeros, tampoco. Reclamaban explicaciones sin obtener una respuesta convincente. Nadie lograba asimilar tal severidad, pero el golpe resultó letal. Solo tres minutos después, con el cuadro madrileño aún aturdido por el castigo, Luis Díaz anotó el tanto que clasificaba al Bayern.
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Rubén Cañizares
La salida del centrocampista abrió grietas y desarmó una resistencia construida a base de coraje y rigor táctico. Aquel lance dejó en nada la notable actuación de Güler y Mbappé, los efectivos más entonados de la escuadra visitante. El 10 madridista fue de menos a más. Con cara de pocos amigos, mirando a la grada mientras negaba con la cabeza, evidenció su malestar con los maleducados, pocos, que enturbiaron el minuto de silencio por José Emilio Santamaría que precedió al choque. Con una tirita en la ceja fruto de la brecha sufrida ante el Girona, el delantero francés fue protagonista también con el balón en juego, autor del tercer gol de los blancos y protagonista de las mejores acciones de los suyos tras el entreacto, con todo por decidir.
Los porteros, en el punto de mira
Fue otra cita marcada por errores groseros de los porteros, figuras cada vez más expuestas en un fútbol moderno que los utiliza como iniciadores del juego y les obliga a asumir riesgos antaño impensables. Ni un minuto tardó Neuer en cometer el primer fallo grave: un envío casi medido a Arda Güler -quién sabe por qué- que el talento turco no desaprovechó.
Al guardameta germano, que cumplió 40 años el pasado marzo, le han llovido los reproches en su país por un estado de forma alejado de su plenitud, y esa pifia inicial le pasó factura. Se le vio errático e impreciso durante gran parte del duelo. Y, aunque el lanzamiento de falta de Güler para el 1-2 fue una delicia, también cabe achacar a Neuer una alarmante falta de reflejos. Su imagen, recién batido y aferrado a las redes para no desplomarse, resumió su actuación, pese a que en el segundo acto maquilló su expediente sacando con el brazo otra gran ocasión de Mbappé.
Tampoco estuvo fino Lunin en la diana inaugural del Bayern. Atropellado en el área chica y mal posicionado, permitió el remate casi a quemarropa de Pavlicic mientras él se hundía bajo los palos en un intento estéril de atajar. El ucraniano, al menos, logró resarcirse con un par de intervenciones de mérito antes del descanso, especialmente una mano providencial que frustró un latigazo de Kimmich.
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