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en directo

Chinchetas en el aire

El día que murió 'Er Migue', como le decían, Jerez de la Frontera se levantaba temprano para huir del calor del verano

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Alfonso J. Ussía

El día que murió Miguel Benítez, la música española perdió la voz de lija y el acorde suspendido en el aire. Todo en él era una canción, pero la vida, cuando se vive en los márgenes, siempre corre el riesgo de caerse por el precipicio. Lo suyo era poesía cotidiana, la cruda realidad de contar y cantar el entorno. 21 años que dieron para gastarse la suela y la vida al son de unos acordes que brotaban de esa cabeza alumbrada por la genialidad, pero castigada en la aspereza de un mundo que no supo darle motivos para frenar un poco.

El día que murió 'Er Migue', como le decían, Jerez de la Frontera se levantaba temprano para huir del calor del verano. El olor a grifa y a gasolina de ciclomotor eran el sabor que rodeaba el «aire de la calle» desde la calle Larga hasta la barriada de San José Obrero. Estuvo algunos días desaparecido de los suyos. Era habitual, porque Miguel muchas veces se quitaba de en medio para hacer canciones o para no llamar la atención. Ese era el paisaje cotidiano de un grupo de músicos que fundaron Los Delinqüentes, y que describieron toda su filosofía en la expresión «garrapatera», que según decía el propio Miguel: «era aquel bicho que te agarra y no te suelta, y te saca la sangre».

Era un martes de 2004. Demasiados días sin saber de él. Acudieron a su casa pensando que lo encontrarían ahí, dormido, o que quizá obtendrían alguna pista de su paradero. Muchas veces pasaba esto, pero quizá no tantos días. Habían pasado juntos travesías y golfadas, como cuando se clavaron para cantar sobre una furgoneta a las puertas del Festimad tres años antes. Querían una oportunidad y la consiguieron al año siguiente. O como cuando tocaron en la calle de la Cruz de Madrid para los bomberos de Cartagena. Llevaban varios años como banda. Eran un punto de encuentro entre Triana y Kiko Veneno, una mezcla entre el flamenco y el rock que tenía en el paisaje cotidiano su fuente de inspiración y en la naturalidad su mejor definición.

Cuando llegaron no respiraba. Llevaba muerto varias horas por una insuficiencia cardíaca. Al lado, una guitarra y un ocho pistas. Había grabado entera la que sería su última canción: «chinchetas en el aire», una composición que cambiaría para siempre mi percepción de las canciones magistrales. Él sabía que se estaba marchando. Pero quiso grabar a guitarra y voz esa canción a la que siempre vuelvo cuando busco la pureza de una melodía clara y la naturalidad de una letra perfecta. Por mucho que duela.

«El aire venía ya / lleno de chinchetas / y en sus maletas / yo llevaré / una casa de cartón / para poderte amar…».

Y así, como una garrapata en la memoria, uno tiene la certeza de que Miguel nunca se fue del todo. Solo aprendió a quedarse a vivir en el aire.

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