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¿De los males de ayer a los males de mañana?

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William Ospina
04 de enero de 2026 - 02:06 p. m.
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Lo que no calculó la élite egoísta y mezquina que ha manejado el país por muchas décadas mediante el recurso antidemocrático de comprar los votos, es que sus adversarios aprenderían la lección y un día vendrían a comprar el poder con los recursos públicos.

Es lo que acaba de ocurrir en Colombia, aunque todavía falten cinco meses para que el hecho se consume en las urnas. Y el primer sentimiento que uno tiene es que esa élite que ya hace rato abandonó al país a su suerte se lo tenía bien merecido.

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Han perdido el poder, tal vez definitivamente, y de esto tenemos que alegrarnos todos, pero eso no significa que Colombia se haya salvado, porque el proyecto que se abre camino hasta ahora no me parece que sea un proyecto democrático, ni un proyecto lúcido, ni un proyecto generoso. Oscila entre el interés de halagar al pueblo con gestos populistas y la debilidad de alentar la corrupción para beneficiarse de ella y convertir al Estado en un carnaval de la burocracia y del derroche.

Yo no puedo oponerme a que se aumente el salario mínimo de un modo notable, porque esa es una necesidad de la historia en un país acostumbrado a valorarlo todo menos el trabajo. Es lo que todos los días recomendaba Rodolfo Hernández, a quien con respeto apoyé en las elecciones pasadas porque sí le dolía la corrupción, como le dolía la pobreza del pueblo, pero que, a diferencia del actual gobierno, sí sabía que para poder repartir hay que producir, y que un régimen apenas asistencialista y derrochador no es una solución sino la antesala del caos.

Ahora la suerte del país ya no depende de la vieja élite que acaba de perder el poder que le quedaba. Y no se podía esperar más de una dirigencia que, en vez de industrializar, desmontó la poca industria que había; en vez de volver la tierra productiva, la cercó con alambre de púas; y en vez de educar a la sociedad con valores democráticos, la acostumbró a la trampa y al delito.

Hace décadas ya que básicamente vivimos de extraer lo que el subsuelo todavía tiene sin agregar valor alguno, de exportar azarosamente vicios para el mundo, y de recibir el fruto del sudor de los compatriotas que hemos expulsado.

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Hace décadas ya que Colombia se gobierna sin grandeza, enterrando sus talentos, desperdiciando sus oportunidades, y viendo crecer las mafias, la extorsión y la incertidumbre. Y no podemos reprochar que alguien reaccione y se apodere de lo que los poderosos apátridas abandonaron por negligencia y por cinismo.

Pero no es Colombia la que ha venido a cobrarles: es su propia mezquindad y su propia indolencia.

Acaso por primera vez en la historia los trabajadores colombianos reciben un aumento significativo de su salario, pero Colombia todavía no ha ganado nada, porque sin una política seria de reconstrucción de la economía y de productividad verdadera, toda prosperidad de un día es un espejismo, y seguimos viviendo al fiado, y Petro no está desarrollando el país sino comprando votos de una manera, eso sí, un poco más franca que la corruptela tradicional de las urnas.

Incluso puede ir más lejos: puede elegir a su sucesor atrayendo a una parte de esa tradicional franja inmensa de gentes que nunca han votado a pesar de la propaganda y a pesar del soborno electoral, porque el viejo modelo nunca les ofreció nada. Y puede incluso reformar la Constitución o cambiarla del todo, porque el poder del Estado es muy grande y el presupuesto, cuando se lo usa mal, es enorme.

Pero la solución para el país solo puede ser la construcción en serio y en grande de una economía productiva, de un mercado interno responsable y generoso, de una infraestructura que dinamice el territorio, y para ello no basta derrochar el presupuesto ni ahorcar con impuestos al pequeño sector que produce, hay que planificar, diseñar mercados, crear empleo verdadero, y este gobierno al parecer solo sabe gastar, odia no solo a los empresarios sino a las clases medias, cree que todo el que tenga un carrito es un oligarca, y con frecuencia no lo mueve la grandeza sino el resentimiento.

Claro que me alegra que ya no puedan ganar las elecciones ni las falanges sanguinarias ni el racismo y el clasismo que gobernaron siempre a Colombia. Pero Colombia todavía puede quedar en manos del estatismo autoritario, del burocratismo parásito, y de la politiquería corrupta, sin que se corrijan ni la pobreza real, ni la inseguridad, ni la extorsión, ni el abandono de la juventud a merced de todas las violencias.

Colombia no está vacunada contra el odio que tradicionalmente sacrificó todas sus posibilidades y frustró casi todas sus esperanzas, y ese odio puede todavía desatar oleadas de violencia como las que cada medio siglo nos han desangrado. Porque lo que nos falta es un proyecto sincero de reconciliación, que no puede ser un llamado beato a los abrazos hipócritas entre adversarios sino una apuesta serena por la producción y la convivencia, que salve a las nuevas generaciones del círculo vicioso de las guerras que se muerden la cola.

Pero esta semana ha ocurrido algo nuevo. Y ahora solo depende de la lucidez y del equilibrio de unas cuantas personas que Colombia no pase de la mezquindad a la irresponsabilidad, de los males de ayer a los males de mañana.

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DIEGO ARMANDO CRUZ CORTES(25270)11 de enero de 2026 - 11:18 p. m.
Quien puede ser ese candidato que no polarice sino que una, que deje de estar echando vainas a sus antecesores y culpando a todos de no dejarlo gobernar cuando es su misma ineptitud la causante. Quien será esa opción que tenga visión de grandeza economica, ese que fomente la riqueza pero que sepa administrala y sobre todo distribuirla. Existe ese candidato o nos vamos a decantar por otros cuatrp años de ira virulenta enfrascada en una polarización sin sentido que impide el avance.
Juan Moreno(wofr4)07 de enero de 2026 - 10:43 a. m.
Querido William: Al leer tu artículo, el cual comparto en su totalidad, me preguntaba sobre cómo construir en Colombia un proyecto democrático, lúcido y generoso, o, ¿cómo iniciar un proyecto de reconciliación nacional? Esta interrogante está formulada sobre la premisa de que alguna vez hubo conciliación nacional; pero si no ha existido tal cosa, quizá este sea el momento para convocar a un gran pacto social. Sólo que ni la vieja guardia ni Petro están en condiciones de conducir ese proceso.
Manuel Ernesto Rodriguez Tenjo(6280)06 de enero de 2026 - 10:00 p. m.
Muy acertado, a Ospina solo le falto ponerle nombre propio precisamente a eso que según sus palabras : "... lo que nos falta es un proyecto sincero de reconciliación ...". Ese nombre propio es: Sergio Fajardo, Presidente de Colombia 2026-2030.
Manuel Enrique Ardila Aguirre(avs3v)06 de enero de 2026 - 09:38 a. m.
EXCELENTE COLUMNA MAESTRO WILLIAM. ES EL PROGRAMA DE GOBIERNO QUE PETRO CAMBIO POR DISCURSOS Y DISPARATES.
Contrapunteo (18670)06 de enero de 2026 - 03:37 a. m.
Al William Guillermo de Padua, se le pasa que Rodolfo Hernández era recorrupto y muy bien visto por rl ideólo y jefe narcoparamilitar AUV.; en una elección anterior había mostrado su simpatía por otro corrupto de las huestes uri bestias, O. I. Zuluaga, hágame el favor. A éste ya se le pasó su cuaro de hora de escribir, sus columnas flojas. Será que en una próxima le meten la pulla de apaoyar al terribel De La Aspriella, otro uribestia y defensor de torcidos y traquetos.

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