bala perdida
Sobran viejos
Una sociedad que no acompaña a sus viejos es una sociedad que está ensayando su propio abandono futuro
Donald, el coreógrafo
El bulo de vivir
Puede leerse una sociedad desde el PIB o bien por la espuma de las reformas fiscales, pero en domingos como este, inaugural, o casi, del año, yo prefiero leerla según el trato a los viejos. Ahora los viejos auxilian con su pensión a la familia, y tienen a veces peor sitio que un galgo, y yo creo que viven orillados, salvo cuando toca que echen una mano en navidad, que no cae sólo en diciembre o enero. Quiero decir que el viejo estorba, en general. Quiero decir que el viejo quizá no existe, más allá del día en que es un chollo. Al viejo lo usamos, como el placer nos usa, según la iluminación del poeta. El viejo no entra en los PowerPoint del progreso ni en el escaparatismo digital de una época que confunde vivir con ser visto. Entre Instagram y la tontuna, el viejo no aparece. No interesa. No vota con entusiasmo la criatura, no consume con alegría, no produce titulares, salvo que lo estafen. Con suerte, estorba, insisto. Una sociedad que no acompaña a sus viejos es una sociedad que está ensayando su propio abandono futuro. Hablamos mucho de la soledad como si fuera una patología individual, una rareza del carácter. Y no lo es. La soledad es la soledad no deseada, naturalmente, o sea, un fracaso colectivo. Es la desembocadura de ciudades sin bancos, de familias exhaustas, de esperanzas desesperanzadas. Hablamos de una orfandad tardía, más cruel que la temprana, porque llega cuando ya no hay fuerza para echarle mano en la madrugada al frasco de las pastillas de la mesilla, o llamar rápido al 112. Claro que siempre hubo viejos solos. Pero nunca hubo tantos, ni tan invisibles, ni tan acorralados de tan poca alegría. He leído que hay viejos que llaman un rato al día a la atención al cliente de cualquier empresa al azar. Es el único momento que tienen de estar con alguien. Hasta que luego van y se mueren alguna tarde, acompañados por la televisión, que es la forma moderna de irse sin testigos. Entretanto, nosotros a lo nuestro: nos sobran viejos.
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