Natalia Zito: “¿Por qué sería ilícito o inmoral gozar del cuerpo en la vejez?”

Entrevista 

La escritora y psicoanalista argentina es autora de “Veintisiete noches”, que llega en marzo a España y cuya adaptación cinematográfica inauguró el pasado festival de San Sebastián

Natalia Zito, escritora y psicoanalista argentina

La novelista Natalia Zito, fotografiada en Buenos Aires 

Mariana Melinc

La película argentina Veintisiete noches , dirigida por Daniel Handler y protagonizada por Marilú Marini y Carla Peterson, abrió el pasado festival de cine de San Sebastián. Basada en la obra homónima de la escritora y psicoanalista Natalia Zito (Buenos Aires, 1977), se estrenó en octubre pasado en Netflix y en marzo próximo la editorial barcelonesa Alrevés publicará el libro en España. La obra se basa en el caso real de la millonaria argentina Natalia Kohen, a quien sus hijas, siendo octogenaria, la incapacitaron legalmente para internarla al descubrir que mantenía una relación con un hombre más joven. A punto de publicar su cuarta novela – Veintisiete noches, editada en el 2021, fue la segunda–, Zito responde a La Vanguardia desde Buenos Aires.

Salud mental compleja

No siempre es fácil dividir las aguas entre la cordura y la locura”

¿Le gustó la película?

Me gustó, pero ocurrió algo todavía mejor. A pesar de haber leído el guion, haber asesorado en algunos aspectos y haber presenciado parte del rodaje, hubo dos momentos al verla por primera vez en los que me emocioné. Tuve que contener ese nudo inesperado en la garganta que me asaltó como a una espectadora desprevenida. Algo de las palabras en el cuerpo de Marilú Marini me envolvieron en una magia nueva, propia del universo que crea la película terminada. Creo que no hay efecto mejor. La película tiene muchas diferencias con el libro, especialmente en su tono inicial, pero eso me resulta enriquecedor. No soy de los autores que mira cotejando cuánto se aleja la película del libro. Disfruto de la multiplicación que produce la traducción a un nuevo lenguaje.

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Fotograma de la película 'Veintisiete noches' 

LV

¿Qué siente al ver que su primera adaptación cinematográfica haya inaugurado el festival de San Sebastián?

Antes de escribir este libro, supe que podía ser una película. Desde entonces han pasado ocho años. Soñaba con la posibilidad de poner esta historia a disposición de mucha gente, que sirviera de instrumento para entender lo compleja que es la salud mental, que no siempre es fácil dividir las aguas entre la cordura y la locura. Poder abrir ese tiempo complejo en el que los padres se ponen grandes para pensar por el bien de quién se toman ciertas decisiones. Que la película haya abierto el festival me llena de alegría porque no solo significa que hubo personas que la valoraron, sino que habrá muchísimas más de las que había imaginado enredadas en esta historia que podría ser la de cualquiera de nosotros.

La herencia

“El dinero puede ser una fuente de sufrimiento, especialmente cuando es mucho”

La novela habla de la salud mental en la vejez, pero también de la maternidad y la familia, temas constantes en sus obras.

Me fascinan las tramas familiares, la forma compleja en que las personas van encajando unas con otras, como ruedas dentadas de un engranaje que funciona durante muchos años. Pero un día empiezan a trabarse y requieren mayor fuerza para su funcionamiento, hasta que finalmente, como cualquier sistema sometido a una presión mayor de la que es capaz de resistir, se rompen. Ese momento es el que me interesa. En Veintisiete noches , Sarah Katz (nombre del personaje de Kohen en la novela; en el filme se llama Martha Hoffmann), a una edad en la que se espera que una mujer se apacigüe, intensifica sus ganas de vivir y de gozar de su sexualidad, multiplica su dosis de excentricidad y eso rompe el delicado engranaje familiar.

La obra también habla de dinero.

El dinero puede ser una fuente de sufrimiento, especialmente cuando es mucho, porque se convierte en un trabajo en sí mismo. En el caso de esta familia es un problema sin solución. Cuando se tiene todo lo material, el deseo adquiere otros cauces. Eso puede convertirse en una complicación para vivir porque la vitalidad está en el deseo, en esas ansias de conseguir lo que no se tiene; ahí reside la potencia de lo humano. Aquí hay una madre que, en lugar de favorecer ese cauce a sus hijas, compite con ellas ostentando su libertad y su propia capacidad de desear; pero claro, no les ha enseñado a sus hijas a hacerlo, se lo ha reservado para sí. Creo que ahí anida buena parte del conflicto.

Escribió la novela cuando Kohen aún vivía, igual que sus hijas y muchos de los personajes del libro, a los que usted cambió de nombre.

A mí siempre me interesó la historia y no los nombres propios. Siempre creí en la importancia de poner a disposición pública esta historia por la capacidad que tiene de revelar las complejidades de la vejez, de todas esas ideas prefabricadas sobre cómo debe ser una mujer a los 88 años o después de cierta edad. Por ejemplo, hay quienes dan por sentado que la sexualidad en la vejez se acaba. Pero claro, suelen ser afirmaciones de personas jóvenes. No hay que olvidar que la vejez se mira desde la juventud. Un joven de 20 suele pensar que alguien de 50 es un viejo y solo se entera de su falacia cuando él mismo alcanza esa edad y puede dimensionar la magnitud de sus prejuicios. ¿A qué edad se terminaría la sexualidad y por qué? ¿Por qué sería ilícito o inmoral seguir gozando del cuerpo en la vejez?

Inicialmente era una obra de no ficción. Se documentó y entrevistó a más de cincuenta personas cuando aún no sabía que sería una novela. Incluso a Natalia Kohen (fallecida en el 2022 a los 103 años), pero no a sus hijas.

Si bien la idea inicial era publicarlo con los nombres reales, la apuesta final de la editorial fue apostar todo a la historia y transformarlo en una novela basada en hechos reales. Conocí y entrevisté a Natalia Kohen cuando tenía 99 años y me di cuenta de que ahí había una novela. Especialmente por un detalle crucial: el factor temporal. La demencia frontotemporal es progresiva e irreversible. De manera que, el tiempo puso a prueba el diagnóstico que la llevó a la internación a sus 88 años y probó que estaba equivocado. De otra forma, jamás habría llegado a los 99 años y mucho menos con esa lucidez. Me habría encantado escuchar a las hijas, estoy segura de que tenían sus razones, que su perspectiva hubiera aportado matices valiosos, pero por más que insistí no me concedieron la entrevista, de manera que tuve que construir mi propia versión ficcional basada en relatos de amigos y allegados.

Tampoco le dio la entrevista Facundo Manes, el médico que firmó el diagnóstico de Kohen y que hoy es un influyente político argentino.

Me hubiera interesado su relato, pero a pesar de la insistencia y de la explicación de que mi propósito era comprender la complejidad de los hechos, no hubo entrevista.

Usted es psicoanalista y ejerce en su consulta de Buenos Aires. ¿La terapia le ayuda a escribir o la escritura le sirve como terapia?

Mi larga experiencia como paciente, antes que como analista, me dejó en la orilla de la literatura. Me permitió ver que lo mío eran las palabras y cuando uno encuentra lo propio, el lugar donde hacer pie, está salvado.

Vista desde la juventud

“Hay quienes dan por sentado que la sexualidad en la vejez se acaba”

Está a punto de publicar la tercera novela de la trilogía sobre una familia muy parecida a la suya…

Es una trilogía sobre duelo. Rara aborda la muerte de un hijo, un divorcio y una mudanza. Vos transita por la agonía y muerte del padre y la gestación del léxico familiar de una pareja de inmigrantes italianos que forman una familia numerosa de clase media en Argentina. Y la última, ya terminada pero aún inédita, lleva al máximo cierta dosis extraña de las novelas anteriores, echa mano al surrealismo y da cuenta del desgarro físico que supone la muerte de la madre para una hija.

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Maduro había perdido el apoyo de la cúpula civil y militar del régimen

Convulsión en América Latina

El mandatario venezolano había dilapidado el capital político y social del chavismo

Captured Venezuelan President Nicolas Maduro arrives at the Downtown Manhattan Heliport, as he heads towards the Daniel Patrick Manhattan United States Courthouse for an initial appearance to face U.S. federal charges including narco-terrorism, conspiracy, drug trafficking, money laundering and others in New York City, U.S., January 5, 2026. REUTERS/Eduardo Munoz BEST QUALITY AVAILABLE

Nicolás Maduro, ayer en un momento de su traslado al tribunal federal de Nueva York

Eduardo MuÑoz / Reuters

El estruendo de los helicópteros y las detonaciones que quebraron el silencio de Caracas en la madrugada del pasado sábado no tardaron en hallar explicación. Poco a poco se supo que se trataba de una incursión de aeronaves norteamericanas sobre la capital venezolana. Y mientras se intentaba comprender el alcance de la operación, el desconcierto se disipó con un mensaje de Donald Trump en su red social, Truth Social: Estados Unidos había ejecutado una incursión en territorio venezolano que tuvo como desenlace la captura y extracción del país del mandatario Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.

La operación norteamericana, cuestionable desde el punto de vista legal y moral, buscaba un inequívoco jaque al rey: descabezar el Ejecutivo, aunque inicialmente muchos lo interpretaron como un intento de forzar un cambio de régimen.

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Pero horas más tarde Trump mostró sus cartas con una crudeza que sorprendió a la comunidad internacional y especialmente a los venezolanos: Washington no solo admitía su incursión por el control de los recursos petrolíferos, sino que anunciaba un tutelaje directo sobre el nuevo gobierno. La figura elegida para esta transición no era un líder opositor, sino la propia vicepresidenta del oficialismo, Delcy Rodríguez, quien, bajo la amenaza de nuevos ataques, deberá acatar las reglas del mandatario estadounidense.

Las implicaciones de la caída de Maduro todavía se procesan en un escenario de extrema confusión para la ciudadanía, la dirección opositora y buena parte de la chavista, que aguardan señales claras para poder interpretar lo que viene.

No obstante, la salida de Maduro fue la culminación de una
inviabilidad política de la que se venía hablando en Venezuela desde hacía meses. Su destino quedó sellado cuando las tropas estadounidenses alcanzaron su residencia en la base militar de Fuerte Tiuna, pero, para entonces, el deseo de verle fuera del
poder ya no era patrimonio exclusivo de sus detractores.

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Para comprender el colapso de Maduro es imperativo regresar al 28 de julio del 2024. Aquella incapacidad de probar su supuesta reelección presidencial inició un proceso de erosión irreversible. Quedó claro que ya no tenía calle cuando se enfrentó a una mayoría social que venció el miedo para votar en su contra, pero también a un chavismo democrático que no convalidó el robo de las elecciones. Maduro había dilapidado por completo el capital político de Hugo Chávez: aquel “huracán” capaz de revertir el golpe del 2002 gracias al respaldo popular se evaporó definitivamente en un sucesor, quien solo consiguió en la represión la única fórmula para sostenerse en el poder.

Con el episodio de la elección presidencial también cambió su valoración internacional. Su aislamiento ya no solo era auspiciado por los populismos de derecha de figuras como el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele; progresistas como Gabriel Boric en Chile también
retiraron el oxígeno político a un líder que ya no era posible presentar como demócrata. Incluso la Unión Europea y aliados estratégicos como Gustavo Petro o Lula Da Silva, si bien no fueron demasiado persistentes para exigir de Maduro un retorno a la democracia, comenzaron a guardar una distancia prudencial.

Pero el factor determinante para su debacle estuvo dentro de sus propios aliados cercanos. Maduro se convirtió en una figura incómoda para la cúpula cívico-militar que sostiene el armazón del Estado y que, viendo cómo se convertía en un peso muerto, poco a poco le fue soltando la mano, de modo que la discusión de la continuidad del régimen sin la presencia de Maduro se volvió cada vez más frecuente.

Solo el hastío de esa élite que veía imposible abrir juego con Maduro en el palacio de Miraflores explica un desenlace tan abrupto para el hombre que controló los hilos del poder venezolano durante casi trece años y deja muy clara la negociación entre facciones del poder chavista con los Estados Unidos.

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La salida de Maduro es un hecho consumado, pero el método escogido por Estados Unidos plantea interrogantes éticos y
políticos. Delcy Rodríguez asume el mando bajo un diseño de la Casa Blanca. Trump, en su rol autoerigido de “protector” de Venezuela, ha preferido la continuidad de una pieza del sistema para promover un cambio de Gobierno sin sobresaltos y sobre todo, asegurar una apertura económica cómoda a los intereses de Washington. La operación deja fuera los deseos de cambio democrático de los venezolanos y posterga quién sabe hasta cuándo las aspiraciones de quienes encarnan el liderazgo de la oposición mayoritaria, pero que, según Trump, no garantizan estabilidad ni tienen la suficiente fuerza para controlar el país.

Queda por ver si Rodríguez y la estructura heredada del madurismo, que hoy permanece intacta, están dispuestos a cumplir el dictado de Washington para garantizar su propia supervivencia. La liberación de los centenares de presos políticos que aún pueblan las cárceles venezolanas sería el primer indicador real de cambio, pero al menos hasta ahora no hay señales de que eso sea así.

Sin embargo, esta nueva etapa acaba de empezar y las señales que determinen el rumbo que tomará Venezuela están por venir.

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Mañana, en la batalla

Literatura y política

Algunas cosas parecen regresar al pasado, pero estamos ante algo nuevo

Visión del continente americano en un globo terráqueo

Visión del continente americano en un globo terráqueo

Archivo

Hoy es día de Reyes y Penínsulas quiere obsequiar a sus lectores con un tren eléctrico. Un tren con cuatro vagones.

En el primero de ellos viaja León Tolstói (1828-1910). No necesita mucha presentación: es el mejor escritor ruso de todos los tiempos, junto con Fiódor Dostoyevski.

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León Tolstói

Archivo

Si Napoleón no se hubiera ofendido al recibir la conminación de retirarse detrás del Vístula y no hubiera ordenado a sus tropas que avanzaran no habría habido guerra. Pero si todos los sargentos no se hubiesen reenganchado la guerra hubiera sido igualmente imposible. Tampoco habría habido guerra si Inglaterra no hubiera intrigado, si el zar Alejandro no hubiera sido tan susceptible, si no hubiese habido la autocracia rusa, la revolución francesa y el Directorio y el Imperio que la siguieron. Separada una de estas causas, no pasaba nada. Pero todas aquellas, a millares, concordaron únicamente para producir aquella catástrofe. Aquel hecho pues, no tuvo ninguna causa exclusiva y se produjo porque había que producirse. Millones de hombres, haciendo abstracción de sus sentimientos humanos y de su razón, habían de marchar de Occidente a Oriente y matar a otros hombres como ellos. Exactamente igual que unos siglos antes, multitudes de hombres marchaban de Oriente a Occidente para destruir y asesinar.

(León Tolstoi, ‘Guerra y paz’).

En el segundo vagón encontramos a Stendhal, En realidad se llama Henry-Marie Beyle (1783-1842) y es el mejor novelista francés del siglo XIX. Vivió fascinado por la figura de Napoleón. Fue teniente de dragones en la campaña de Italia y correo del alto mando en la campaña de Rusia. En La Cartuja de Parma, una de sus mejores novelas, nos explica la historia del joven Fabrizio del Dongo que vivió la batalla de Waterloo sin saber muy bien dónde estaba.

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Ilustración de Stendhal (Marie-Henri Beyle

duncan1890 / Getty

De pronto salieron todos galopando. Algunos momentos después vio Fabrizio, a veinte pasos delante de él, una tierra labrada que estaba removida de manera singular. El fondo de los surcos estaba lleno de agua, y la tierra húmeda que formaba la cresta de esos surcos volaba en pequeños fragmentos negros lanzados a tres o cuatro pies de altura. Fabrizio notó al pasar este efecto singular; luego su pensamiento siguió su curso hacia la gloria del mariscal. Oyó a su lado un grito seco; eran dos húsares que caían heridos por balas de cañón; y cuando los miró ya habían quedado atrás a veinte pasos de la escolta. Lo que le pareció horrible fue un caballo ensangrentado que se revolcaba en la tierra labrada, pisándose sus propios intestinos; quería seguir a los demás. La sangre corría por el lodo.

¡Ah!, ya estoy por fin en pleno fuego, dijo. He visto el fuego, repetía con satisfacción. Ya soy un verdadero militar. En este momento iba la escolta a todo correr, y nuestro héroe comprendió que las balas de cañón eran las que hacían saltar la tierra por todas partes. En vano miraba hacia el sitio de donde venían las balas de cañón; no veía más que el humo blanco de la batería a una distancia enorme y entre el ruido constante e igual que producían los cañonazos, parecíale oír descargas mucho más cercanas; no entendía absolutamente nada.

(Stendhal, ‘La Cartuja de Parma’).

En el tercer vagón se halla un personaje curioso: Curzio Malaparte (1898-1957). Su nombre real es Kurt Erich Suckert, nacido en Roma de padre alemán y madre italiana. Adoptó el nombre literario de Curzio Malaparte en 1925 a modo de provocación. Escritor, periodista, diplomático. Joven seguidor de Mussolini en los años veinte, fue expulsado del Partido Nacional Fascista después de publicar Técnica del golpe de Estado (1931), libro en el que describe la mecánica de la Revolución Rusa, y en el que también se refiere al golpismo de Hitler y a la Marcha sobre Roma mussoliniana. Personaje camaleónico, simpatizó con los comunistas en su vejez, después de visitar la China de Mao. Poco después de recibir el carné del Partido Comunista Italiano pidió ser bautizado en puertas de la muerte. “Moriremo tutti democristiani”, decían irónicamente en Roma.

Curzio Malaparte

Curzio Malaparte

Store norske leksikon

Desde hace diez días, metódicamente, en el centro mismo de la ciudad, los guardias rojos de Trotski se han estado ejercitando. Es Antonov Ovseienko quien dirige, en pleno día, esos ejercicios tácticos, esa especie de ensayo general del golpe de Estado, en medio del tumulto de las calles, en los alrededores de los edificios que constituyen los puntos estratégicos de la máquina burocrática y política. La policía y las autoridades militares están de tal modo obsesionadas con la idea de un brusco levantamiento de las masas proletarias; de tal modo ocupadas en hacer frente al peligro, que no ven los destacamentos de Antonov Ovseienko. En ese desorden enorme, ¿quién se fija en esos grupitos de obreros sin armas, de soldados, de marineros, que se deslizan por los pasillos de las centrales telefónicas y telegráficas, de correos, de los ministerios, del Estado Mayor General, para observar la distribución de los despachos, la instalación de la luz eléctrica y del teléfono; conservar en los ojos y en la memoria el plano de los edificios, estudiar la manera de introducirse en ellos por sorpresa en un momento dado, calcular las probabilidades, medir los obstáculos, buscar en la organización defensiva de la máquina técnica, burocrática y militar del Estado los sitios de menor resistencia, los puntos débiles y vulnerables? ¿Quién podría reparar, en la confusión general, en esos tres o cuatro marineros, en esa pareja de soldados, en ese obrero perdido, que rondan alrededor de los edificios, suben las escaleras y que, al cruzarse, no se miran?

La policía de Kerenski y las autoridades militares se preocupan ante todo de defender la organización burocrática y política del Consejo de la República, el palacio de Tauride, residencia de la Duma; el palacio de Invierno, el Estado Mayor General. Trotski, al descubrir este error, dirigirá sus ataques contra los únicos órganos técnicos de la máquina gubernamental y municipal. El problema de la insurrección no es para él más que un problema de orden técnico.

—Para apoderarse del Estado moderno —dice— hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados mandados por ingenieros.

(Curzio Malaparte, ‘Técnica del golpe de Estado’).

En el cuarto vagón está un viajero casi desconocido, Curtis Yarvin, nacido en Estados Unidos en 1973. Es bloguero. Suele firmar como Mencius Moldburg. (El filósofo chino Mencio fue el principal seguidor de Confucio, siglo IV a.C.). No es literato, y se nota. No es periodista. Escribe compulsivamente: frases cortas, rápidas, intuitivas. No ocupa ningún cargo político, pero se está perfilando como uno de los ideólogos más incisivos de la galaxia trumpista. Un tipo lateral que influye. Considera que la democracia liberal está superada y que Estados Unidos sólo sobrevivirá como potencia mediante una ‘monarquía autoritaria’. Acaba de publicar unas notas de 60 páginas en las que aconseja a Trump que acelere si no quiere quedar empantanado en las elecciones de medio mandato.

Curtis Yarvin, impulsor de la Ilustración Oscura junto a Nick Land.

Curtis Yarvin, bloguero estadounidense

Wikimedia Commons

Como ha señalado el presidente argentino Milei, hay que tomar todo el poder. Porque todo lo que nosotros no tenemos, lo tienen ellos.

Esta es la actitud de todos los cambios de régimen que han tenido éxito a lo largo de la historia. Estados Unidos necesita un nuevo tipo de partido político, que en realidad es un tipo de partido muy antiguo: un ‘hard party’. Un ‘hard party’ es un partido diseñado para tomar el control incondicional y total del Estado.

Un ‘hard party’ es un partido en el que todos los miembros delegan el 100 % de su energía política en el mando del partido.

Afiliarse a un ‘hard party’ es contraer un matrimonio político, no una aventura de una noche —una noche electoral— con cualquier candidato cuyo nombre le haya llamado la atención en un cartel colocado en un jardín. Un ‘hard party’ es una organización privada legal cuyo objetivo es convertirse en el partido gobernante del próximo gobierno, a imagen y semejanza del Partido Comunista Chino.

¿Un Estado de partido único? Sí.

Un ‘hard party’ en el siglo XXI no puede ser la milicia paramilitar callejera de los años treinta de tu abuelo.

Mientras que los ‘hard parties’ de principios del siglo XX solo podían coordinarse con uniformes, en la calle, los de principios del siglo XXI solo pueden coordinarse a través de píxeles en una pantalla.

Una vez más, hay dos tipos de partidos: los físicos y los virtuales.

En un ‘hard party’ virtual, la única acción directa es el voto.

Si hubieran tenido nuestras herramientas, las habrían utilizado.

Pero nosotros no podemos utilizar las suyas.

Un ‘hard party’ del siglo XXI llegará al poder por medios legales y pacíficos.

Eso es lo que es posible.

(Curtis Yarvin, Notas del 27 de diciembre del 2025).

Con fatalismo ruso, Tolstói nos cuenta que la historia cuando acelera se convierte en un vendaval indescifrable. Lo que tiene que pasar acabará pasando. Stendhal va más allá y nos dice que no podemos entender lo que está pasando mientras está pasando, así en la batalla Waterloo, como en el blitz de Venezuela o en la futura toma de Groenlandia. Hay que captar el espíritu del tiempo. Solo la pasión nos ayudará a movernos en el interior del caos. Curzio Malaparte creyó entender algo de la aceleración rusa de 1917. Toda sociedad con un cierto nivel técnico tiene estructuras fundamentales. Quien identifique y tome el control de ellas se hará con el poder. León Davidovich, Trotski, el más veloz de los dirigentes bolcheviques, así lo entendió. Cuando Lenin dio la orden de asaltar el Palacio de Invierno, ya tenían el poder. El desgarbado Curtis Yarvin propone para Estados Unidos un bolchevismo blanco. Un bolchevismo audaz que garantice la supervivencia del Imperio. Un partido fuerte, duro, disciplinado, organizado con apps y códigos cifrados, que no conceda nada al adversario, capaz de apoderarse de todo el poder, utilizando la tecnología digital con la misma eficacia con la que Trotski tomó el control de las centrales eléctricas de San Petersburgo. La tecnología permite trastocar un país sin necesidad de invadirlo. Lo acabamos de ver en Venezuela. Yarvin, greñudo príncipe de la Ilustración Oscura, propone un partido único de Estados Unidos para competir con el partido único de la República Popular China.

Jueguen con el tren y mañana, en la batalla, piensen en lo que ha pasado estos días. Se está iniciando algo nuevo.

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