25 años de la tragedia
del Balandrau
Diez personas perdieron la vida en el fin de año del 2000 en un episodio meteorológico extremo en el Pirineo catalán
25 años de la tragedia del Balandrau
Diez personas perdieron la vida en el fin de año del 2000 en un episodio meteorológico extremo en el Pirineo catalán
"Tuve mucha suerte porque yo también tenía que morirme ese día"
Josep Maria Vilà. Superviviente de la tragedia
Josep Maria Vilà (Barcelona, 1973) suspira rememorando la tragedia que hace justo 25 años, el 30 de diciembre del año 2000, segó diez vidas en el Pirineo catalán. Siete excursionistas murieron el Balandrau, una cima de 2.585 metros en el Ripollés donde en verano se ven familias, pero esos días de final de año, siglo y milenio, acogió el episodio meteorológico más brutal y fatal que se recuerda: una ventisca, torb en catalán, un extraordinario monstruo de frío, hielo y nieve que sin avisar se convirtió en una trampa mortal. También murieron dos personas más en la Coma de l'Orri, a cuatro pasos del Balandrau, y un profesor de esquí en Port Ainé.
"Un día vino el president Pujol y me pidió qué había pasado. Yo se lo contaba y él, que conocía bien la zona de Núria, me decía que era una montaña de vacas", explica Jordi Tortras (Barcelona, 1969), piloto de helicóptero de rescate.
Josep Maria Vilà (Barcelona, 1973) suspira rememorando la tragedia que hace justo 25 años, el 30 de diciembre de 2000, segó diez vidas en el Pirineo catalán.
Bombers y grupos de rescate buscando a los montañeros perdidos en el Ripollés debido al mal tiempo y las bajas temperaturas. EFE/Rafael Bosch
Bombers y grupos de rescate buscando a los montañeros perdidos en el Ripollés debido al mal tiempo y las bajas temperaturas. EFE/Rafael Bosch
Siete excursionistas murieron el Balandrau, una cima de 2.585 metros en el Ripollés donde en verano se ven familias, pero esos días de final de año, siglo y milenio, acogió el episodio meteorológico más brutal y fatal que se recuerda: una ventisca, torb en catalán, un extraordinario monstruo de frío, hielo y nieve que sin avisar se convirtió en una trampa mortal. También murieron dos personas más en la Coma de l'Orri, a cuatro pasos del Balandrau, y un profesor de esquí en Port Ainé.
El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, su esposa Marta Ferrusola y el conseller de Interior, Xabier Pomés, tras sobrevolar en helicóptero la zona donde se efectuaron los trabajos de rescate de los excursionistas desaparecidos. EFE/Robin Townsend.
El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, su esposa Marta Ferrusola y el conseller de Interior, Xabier Pomés, tras sobrevolar en helicóptero la zona donde se efectuaron los trabajos de rescate de los excursionistas desaparecidos. EFE/Robin Townsend.
"Un día vino el president Pujol y me pidió qué había pasado. Yo se lo contaba y él, que conocía bien la zona de Núria, me decía que era una montaña de vacas", explica Jordi Tortras (Barcelona, 1969), piloto de helicóptero de rescate.
El Balandrau es una cima de 2.585 metros donde en verano se ven familias, pero esos días de final de año, siglo y milenio, acogió el episodio meteorológico más brutal y fatal que se recuerda en el Pirineo catalán: una ventisca, torb en catalán, un extraordinario monstruo de frío, hielo y nieve que sin avisar se convirtió en una trampa mortal. También murieron dos personas en la Coma de l'Orri, a cuatro pasos del Balandrau, y un profesor de esquí en Port Ainé.
"Las temperaturas bajaron hasta los 15 o 20 grados bajo cero y el viento llegó a los 140 kilómetros por hora. La sensación térmica era de 30 o 40 grados bajo cero. A dos horas de Barcelona hacía tanto o más frío que en un buen día en la cima del Everest", asegura Jordi Cruz (Terrassa, 1967), meteorólogo y autor de '3 nits de torb i 1 Cap d'Any'.
Las previsiones ya anunciaban frío, nieve y viento por la tarde, pero para nada una tormenta de esa magnitud tan excepcional: "Con ese frío y ese viento era como si cada segundo te lanzaran una pala de medio kilo de nieve encima. Sin parar durante horas". El libro recuperó la historia del olvido y dio pie al documental 'Balandrau, infern glaçat' (2021). El 20 de febrero se presenta la película 'Balandrau, vent salvatge'
El Balandrau es una cima de 2.585 metros donde en verano se ven familias, pero esos días de final de año, siglo y milenio, acogió el episodio meteorológico más brutal y fatal que se recuerda en el Pirineo catalán: una ventisca, torb en catalán, un extraordinario monstruo de frío, hielo y nieve que sin avisar se convirtió en una trampa mortal. También murieron dos personas en la Coma de l'Orri, a cuatro pasos del Balandrau, y un profesor de esquí en Port Ainé.
"Las temperaturas bajaron hasta los 15 o 20 grados bajo cero y el viento llegó a los 140 kilómetros por hora. La sensación térmica era de 30 o 40 grados bajo cero. A dos horas de Barcelona hacía tanto o más frío que en un buen día en la cima del Everest", asegura Jordi Cruz (Terrassa, 1967), meteorólogo y autor de '3 nits de torb i 1 Cap d'Any'.
Las previsiones ya anunciaban frío, nieve y viento por la tarde, pero para nada una tormenta de esa magnitud tan excepcional: "Con ese frío y ese viento era como si cada segundo te lanzaran una pala de medio kilo de nieve encima. Sin parar durante horas". El libro recuperó la historia del olvido y dio pie al documental 'Balandrau, infern glaçat' (2021). El 20 de febrero se presenta la película 'Balandrau, vent salvatge'
El blanco absoluto
El sábado 30 de diciembre Lluís Tripiana (Arenys de Mar, 1960) fue a escalar junto a Enric Llàtser en el Gra de Fajol, otro pico vecino del Balandrau: "A los diez días nos íbamos al Aconcagua y dijimos de hacer algo fácil para entrenar". Aparcaron en Vallter, alguna curva más abajo de lo habitual porque ese día había "mucha gente" en la montaña, y comenzaron a subir. Con el anorak en la mochila: no hacía frío.
La cosa cambió sin avisar cuando ya bajaban, alrededor de las 2 del mediodía. "De repente vino una ráfaga de viento que nos tiró al suelo". De repente, un white out: blanco absoluto. Unos días antes había caído una gran nevada que aún no se había compactado y el viento, tan fuerte, empezó a levantarla hasta el punto que se perdió "toda la visibilidad".
El horizonte y el contraste entre el suelo y el cielo. Se anularon los sentidos: "Era blanco por todos lados. No nos veíamos las botas". "Había momentos que veía unos guantes que rascaban los cristales de mis gafas para quitar el hielo, pero no veía de quien eran", afirma. El destino les unió con Marc Pons y Marta Valls, dos excursionistas que acababan de saludar en la cima.
Siguieron bajando como podían, a cuatro patas o incluso reptando para escapar de la fuerza del viento. "Yo ahí notaba que me estaba quedando rígido. Tuve la sensación de que me iba a morir ahí mismo". De repente perdieron a Llàtser. Gritaron, pero era inútil. Apenas se oían entre ellos: "Teníamos que gritarnos en las orejas. El torb hace mucho ruido. Es como si te pasara un tren de mercancías al lado".
Tripiana les dijo que tenía que volver atrás para buscar a su amigo. Pons respondió que acababan de salvar la vida y que volver atrás era morir: "Mirabas arriba y veías una nube surrealista". Entendió que solo podía seguir bajando, buscando el refugio de Coma de Vaca. Para resguardarse y para dar aviso con la radio del refugio. Aún no sabían que el viento ya había arrancado el repetidor.
Cada paso le alejaba de Llàtser, con la sensación culpable de que le estaba abandonando. Avanzaban cada vez más lentos y con mucho miedo porque sabían que si no veían el refugio y se pasaban de largo entrarían en una zona de barrancos muy peligrosa.
Él se había roto el sacro en alguna caída. Les salvó una triple casualidad: que el refugio existiera porque se había construido apenas dos años antes, que hubiera alguien porque el refugio estaba cerrado ese día y que en algún momento Pons o Valls alzaron la cabeza y vieron una luz, cual estrella fugaz. Ya era negra noche. "Dentro del refugio había cuatro personas. La puerta iba repicando por el viento y uno de ellos salió un momento con el frontal para atar la puerta con alambre. Esa fue la luz que vieron", asegura.
Recuerda la cara de aquellas cuatro personas cuando al fin llegaron. Tuvieron que rasgarle la cremallera del anorak con un piolet porque estaba congelada. Apenas durmió, martirizado por el viento y la culpa.
Por la mañana del día 31 les evacuó el helicóptero del bombero Jordi Tortras. Ya daba por muerto a Llàtser. No tiene palabras para definir la felicidad, tan "indescriptible", que sintió cuando le llamaron para contarle que habían encontrado vivo a su amigo: "Fue un alivio brutal". Había sobrevivido a la noche enterrado en nieve. Los años siguientes sopló una vela: "Fue volver a nacer". Tortras explica que cuando les vio sobre la nieve sintió relajación: "Mira, ya está, perfecto, ya hemos acabado". Pero los servicios de rescate pronto se empezaron a dar cuenta de la magnitud "terrible" del drama.
Cada paso le alejaba de Llàtser, con la sensación culpable de que le estaba abandonando. Avanzaban cada vez más lentos y con mucho miedo porque sabían que si no veían el refugio y se pasaban de largo entrarían en una zona de barrancos muy peligrosa.
Él se había roto el sacro en alguna caída. Les salvó una triple casualidad: que el refugio existiera porque se había construido apenas dos años antes, que hubiera alguien porque el refugio estaba cerrado ese día y que en algún momento Pons o Valls alzaron la cabeza y vieron una luz, cual estrella fugaz. Ya era negra noche. "Dentro del refugio había cuatro personas. La puerta iba repicando por el viento y uno de ellos salió un momento con el frontal para atar la puerta con alambre. Esa fue la luz que vieron", asegura.
Les salvó una triple casualidad: que el refugio se había construido apenas dos años antes, que hubiera alguien en él y que en algún momento alzaran la cabeza y vieran una luz
Recuerda la cara de aquellas cuatro personas cuando al fin llegaron. Tuvieron que rasgarle la cremallera del anorak con un piolet porque estaba congelada. Apenas durmió, martirizado por el viento y la culpa.
Por la mañana del día 31 les evacuó el helicóptero del bombero Jordi Tortras. Ya daba por muerto a Llàtser. No tiene palabras para definir la felicidad, tan "indescriptible", que sintió cuando le llamaron para contarle que habían encontrado vivo a su amigo: "Fue un alivio brutal". Había sobrevivido a la noche enterrado en nieve. Los años siguientes sopló una vela: "Fue volver a nacer". Tortras explica que cuando les vio sobre la nieve sintió relajación: "Mira, ya está, perfecto, ya hemos acabado". Pero los servicios de rescate pronto se empezaron a dar cuenta de la magnitud "terrible" del drama.
La primera alerta
El día 31, el helicóptero que buscaba a Llàtser y Tripiana vislumbró la pareja fallecida en la Coma de l'Orri, formada por Angela Roch (28 años) y Javier guerrero (35). Fue difícil entrar los cuerpos en el helicóptero porque estaban congelados. Aún no sabían que existían dos grupos más de tres y cinco personas perdidas en el Balandrau.
Roch y Guerrerro formaban parte de un grupo de seis excursionistas que se vieron sorprendidos por el temporal en el Gra De Fajol a mediodía
A las 18.45, cuatro de ellos llegan al refugio de Ulldeter donde dicen haber perdido a sus dos compañeros. El guarda, Xevi Bosch, alerta a esa hora a emergencias de las primeras desapariciones. La pesadilla acaba de empezar. Esa misma noche del 30 de diciembre se activa el operativo de rescates, sin saber que habían otros grupos perdidos todavía.
Congelados en el Balandrau
El domingo 31 de diciembre, Carles Rosa (Barcelona, 1952) se despertó con una llamada: Pep Marí y Josep Miralles, compañeros suyos de vida y de aventuras en el Mont Blanc, el Cervino y tantas otras cumbres, y Maria Àngels Belsa, la pareja del segundo, no habían vuelto de la excursión del día antes. Solo sabían que habían ido por Camprodón. Ellos con esquís de montaña y ella con raquetas de nieve Cogió su Citroën Jumpy gris y se fue a buscar el Citroën Xsara rojo de Miralles en los aparcamientos de cada pico importante de la zona. Francesc Carola, jefe de los bomberos voluntarios de Camprodón, fallecido hace dos años, lo encontró a las 7 de la tarde, en el aparcamiento para subir al Balandrau.
De atrás hacia delante y de izquierda a derecha: Elena Fernández, Josep Artigas, Mònica Gudayol, Oriol Fernández y Josep Maria Vilà. CEDIDA
De atrás hacia delante y de izquierda a derecha: Elena Fernández, Josep Artigas, Mònica Gudayol, Oriol Fernández y Josep Maria Vilà. CEDIDA
El descubrimiento fue triple: al lado había dos coches más, del grupo de Vilà. ¿Cuánta gente había en la montaña? Los dos grupos coincidieron en el aparcamiento de Tregurà y hablaron del buen día que hacía. Vilà iba con Mònica Gudayol, su novia, Pep Artigas y Elena Fernández, también pareja, y Oriol, hermano de Elena. Recuerda una mañana feliz, "un día de invierno soleado". Oriol se quedó en manga corta. Se sacaron una foto de camino a la cima. Decidieron comenzar a bajar sin haber coronado porque la temperatura cayó en picado y la nieve se endureció: "De repente entró una ráfaga de un viento huracanado muy fuerte. Fue tan bestia que nos hizo caer. Nos levantamos, nos miramos y vino otra ráfaga. Nos volvió a tirar al suelo. La tercera ya no paró en 12 horas".
Las víctimas
➊ Josep Maria Miralles
➋ Maria Àngels Belsa
➌ Josep Martí
➍ Elena Fernández
➎ Pep Artigas
➏ Mònica Gudayol
➐ Oriol Fernández
➑ Rescate Josep Maria Vilà
Vilà recuerda el fragor del torb: "Marea, enloqueces". Perdió de vista el anorak naranja de Oriol y se quedó solo, sin ninguna referencia porque ya todo era blanco: "Te aísla. No sabes donde estás ni hacia donde tirar". Los dos grupos se adentraron sin saberlo en el torrente de Fontlletera, la peor salida posible. El hielo, la nieve y las piedras se clavaban en la cara como si fueran mil agujas.
A Mònica y Oriol les atrapó un alud. Se pusieron a escarbar para librarlos. La nieve que quitaban volvía a traerla el viento, multiplicada. Primero lograron liberar a Mònica, pero una de sus botas quedó debajo de la nieve. Le puso el pie dentro de la mochila para protegerlo del frío: luego encontraron la bota, pero ya no entró en el pie porque estaba helado. También habían perdido a Pep. Se había pasado de largo, pero volvió atrás, contra el viento. Deliraba.
Vilà siguió bajando con Mònica: "Pensaba que siguiendo el torrente llegaríamos a un pueblo". Pero Mònica también deliraba. Le preguntó a su novio quién era. Vilà vio una piedra muy grande y decidió que pasarían la noche detrás para protegerse. Pero Mònica se iba. "Me despedí de ella. Le dije que la quería mucho", asiente, roto por un dolor que corta el relato. Aún llevaba una capa en la mochila: la tormenta llegó con tanta rapidez y tanta violencia que aún no había tenido tiempo de ponérsela. Se la dejó encima de la cara para evitar que el frío y la nieve desfiguraran su rostro. Ambos tenían 27 años y pensaban en casarse.
También encontró un bocadillo en la mochila. "Estaba como si saliera del congelador". Se puso contra la piedra, lo más recogido posible para conservar el máximo calor. Iba apartando la nieve que traía el viento. "Hasta que vi que cuando estábamos cubiertos el frío era menor y no había impactos de hielo y piedras. Decidí dejar que nos cubriera la nieve y me quedé dormido". Recuerda la el despertar al día siguiente, el 31. "No veía nada. No oía nada. Quería salir, pero tenía mucho peso encima", asegura. Intentó levantarse. No pudo: "Empecé a perforar la nieve con una mano y después con la otra hasta que pude destaparme". Vio el sol entre las cimas. Había ganado a la noche. Vio algún helicóptero a lo lejos, en un cielo tan azul.
Esquís de les víctimas en el Torrent de la Fontlletera. SISCU CAROLA
Esquís de les víctimas en el Torrent de la Fontlletera. SISCU CAROLA
Vilà siguió bajando con Mònica: "Pensaba que siguiendo el torrente llegaríamos a un pueblo". Pero Mònica también deliraba. Le preguntó a su novio quién era. Vilà vio una piedra muy grande y decidió que pasarían la noche detrás para protegerse. Pero Mònica se iba. "Me despedí de ella. Le dije que la quería mucho", asiente, roto por un dolor que corta el relato. Aún llevaba una capa en la mochila: la tormenta llegó con tanta rapidez y tanta violencia que aún no había tenido tiempo de ponérsela. Se la dejó encima de la cara para evitar que el frío y la nieve desfiguraran su rostro. Ambos tenían 27 años y pensaban en casarse.
También encontró un bocadillo en la mochila. "Estaba como si saliera del congelador". Se puso contra la piedra, lo más recogido posible para conservar el máximo calor. Iba apartando la nieve que traía el viento. "Hasta que vi que cuando estábamos cubiertos el frío era menor y no había impactos de hielo y piedras. Decidí dejar que nos cubriera la nieve y me quedé dormido". Recuerda la el despertar al día siguiente, el 31. "No veía nada. No oía nada. Quería salir, pero tenía mucho peso encima", asegura. Intentó levantarse. No pudo: "Empecé a perforar la nieve con una mano y después con la otra hasta que pude destaparme". Vio el sol entre las cimas. Había ganado a la noche. Vio algún helicóptero a lo lejos, en un cielo tan azul.
Los equipos de rescate trasladan uno de los cadáveres enterrados entre la nieve del torrent de la Fontlletera. EFE/Robin Townsend
Los equipos de rescate trasladan uno de los cadáveres enterrados entre la nieve del torrent de la Fontlletera. EFE/Robin Townsend
Caminó creyendo que ya estaba salvado. Porque Oriol se había adelantado y habría dado la voz de alarma: "A los pocos metros me lo encontré muerto. 'Nadie sabe que estamos aquí'",se dijo.
Siguió bajando, pero el torrente cada vez era más peligroso: "Hasta que encontré una cascada que ya era muy alta. No podía saltarla y tampoco podía escalar la anterior. Estaba atrapado", dice. Encontró una grieta en una pared para no dormir sobre el hielo. Así pasó la segunda noche. Al día siguiente, eDe repente oyó otro helicóptero. "Pero ese se oía más fuerte y no se iba. Me destapé y me lo encontré encima, mirándome".
Los equipos de rescate trasladan uno de los cadáveres enterrados entre la nieve del torrent de la Fontlletera. EFE/Robin Townsend
Los equipos de rescate trasladan uno de los cadáveres enterrados entre la nieve del torrent de la Fontlletera. EFE/Robin Townsend
Caminó creyendo que ya estaba salvado. Porque Oriol se había adelantado y habría dado la voz de alarma: "A los pocos metros me lo encontré muerto. 'Nadie sabe que estamos aquí'",se dijo. Siguió bajando, pero el torrente cada vez era más peligroso: "Hasta que encontré una cascada que ya era muy alta. No podía saltarla y tampoco podía escalar la anterior. Estaba atrapado", dice. Encontró una grieta en una pared para no dormir sobre el hielo. Así pasó la segunda noche. Al día siguiente, eDe repente oyó otro helicóptero. "Pero ese se oía más fuerte y no se iba. Me destapé y me lo encontré encima, mirándome".
Los ojos que le descubrieron eran de Jordi Francés Buxó, jefe del parque de bomberos de Olot. "No, no, una noche más no la habría superado", admite. "Era uno de los últimos vuelos. Justo antes de girar para irnos Jordi me gritó: 'Mira, hay alguien'. La posibilidad de que quedara alguien con vida ya era mínima. Inexistente", reconoce Tortras.
El bombero que se descolgó de la grúa fue Santi Bielsa (Barcelona, 1962). "Le vi una especie de sonrisa, pero estaba helado, muy tocado. Le dije que ya estaba y que ya había pasado", cuenta. Le dejó sus guantes. Tortras subió la calefacción del helicóptero. Se lo encontraron a 32 grados de temperatura corporal.
Rescate en helicóptero de Josep Maria Vilà el 1 de enero de 2001. CEDIDA
Rescate en helicóptero de Josep Maria Vilà el 1 de enero de 2001. CEDIDA
Los ojos que le descubrieron eran de Jordi Francés Buxó, jefe del parque de bomberos de Olot. "No, no, una noche más no la habría superado", admite. "Era uno de los últimos vuelos. Justo antes de girar para irnos Jordi me gritó: 'Mira, hay alguien'. La posibilidad de que quedara alguien con vida ya era mínima. Inexistente", reconoce Tortras.
El bombero que se descolgó de la grúa fue Santi Bielsa (Barcelona, 1962). "Le vi una especie de sonrisa, pero estaba helado, muy tocado. Le dije que ya estaba y que ya había pasado", cuenta. Le dejó sus guantes. Tortras subió la calefacción del helicóptero. Se lo encontraron a 32 grados de temperatura corporal.
Los servicios de emergencias realizan trabajos de búsqueda en el torrent de la Fontlletera y el Clot de la Congesta. SISCU CAROLA
Los servicios de emergencias realizan trabajos de búsqueda en el torrent de la Fontlletera y el Clot de la Congesta. SISCU CAROLA
"Estaba muy feliz, pero era una felicidad extraña, muy contaminada. Porque todos habían muerto", afirma Vilà. Perdió tres dedos de los pies. Con la salvación llegó la culpa: "'¿Por qué yo sí y ellos no?'. Con el tiempo entendí que no hice nada especial y que tuve mucha suerte". Se acuerda mucho del Balandrau cuando llega invierno: "Pienso cada momento del día 30, del 31, del 1. 'Aquí llegaba el torb', 'aquí era la noche', 'aquí estaba enterrado'", recuerda. Al cabo de unas semanas regresó al torrente para entender qué había pasado. Encontró un palo de esquí de su grupo. Vio la cascada que no bajó y la roca donde se despidió de Mònica.
El último cuerpo no se localizó hasta el 24 de marzo, tres meses después. Era de Belsa. Se calculó que en esas 12 horas de torb se habían acumulado seis metros de nieve encima de su cuerpo. La prensa contó que había llamado a su hijo desde la cima para decirle que se disponían a bajar para ir a comer a un restaurante. Su marido había sido localizado en los primeros días a solo 75 metros de la cima. Rosa sube cada 30 de diciembre al Balandrau con un ramo de flores y una botella de licor para brindar con y para Belsa, Marí y Miralles, sus amigos. "Tengo el minuto de la lagrimita y después sigo riéndome del mundo como hacía con ellos".
Los servicios de emergencias realizan trabajos de búsqueda en el torrent de la Fontlletera y el Clot de la Congesta. SISCU CAROLA
Los servicios de emergencias realizan trabajos de búsqueda en el torrent de la Fontlletera y el Clot de la Congesta. SISCU CAROLA
"Estaba muy feliz, pero era una felicidad extraña, muy contaminada. Porque todos habían muerto", afirma Vilà. Perdió tres dedos de los pies. Con la salvación llegó la culpa: "'¿Por qué yo sí y ellos no?'. Con el tiempo entendí que no hice nada especial y que tuve mucha suerte". Se acuerda mucho del Balandrau cuando llega invierno: "Pienso cada momento del día 30, del 31, del 1. 'Aquí llegaba el torb', 'aquí era la noche', 'aquí estaba enterrado'", recuerda. Al cabo de unas semanas regresó al torrente para entender qué había pasado. Encontró un palo de esquí de su grupo. Vio la cascada que no bajó y la roca donde se despidió de Mònica.
El último cuerpo no se localizó hasta el 24 de marzo, tres meses después. Era de Belsa. Se calculó que en esas 12 horas de torb se habían acumulado seis metros de nieve encima de su cuerpo. La prensa contó que había llamado a su hijo desde la cima para decirle que se disponían a bajar para ir a comer a un restaurante. Su marido había sido localizado en los primeros días a solo 75 metros de la cima. Rosa sube cada 30 de diciembre al Balandrau con un ramo de flores y una botella de licor para brindar con y para Belsa, Marí y Miralles, sus amigos. "Tengo el minuto de la lagrimita y después sigo riéndome del mundo como hacía con ellos".
Un reportaje de EL PERIÓDICO
Textos: Arnau Segura
Diseño e infografías: David Jiménez
Coordinación: Rafa Julve, Ricard Gràcia, Marta López