El CJNG irrumpió en un velorio.
El México de y
Jamás imaginaron que el difunto era el hermano del Mencho. Son las 8:10 de la noche cuando seis camionetas Ram Negras frenan en seco frente a la funeraria La Paz Eterna en Tlaquepaque, Jalisco. 12 sicarios del CJNG bajan armados con fusiles de asalto liderados por el toro, un comandante local de 29 años con reputación de brutal.
entran violentamente a la sala de velación, donde 35 personas lloran en silencio frente al ataú de Armando Oseguera López, un humilde vendedor de elotes de 63 años. Lo que el toro no imagina es que ocho de esos dolientes vestidos de negro no son familiares comunes. Son sicarios de élite de Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, líder máximo del CJNG, y el difunto que están a punto de profanar es su hermano menor.
En los próximos 40 minutos esa funeraria se convertirá en el lugar donde la lealtad, el respeto familiar y la jerarquía del cartel más poderoso de México se pondrán a prueba de la forma más sangrienta. El aire huele a incienso, flores marchitas y miedo, y nadie, absolutamente nadie, saldrá de ahí sin consecuencias.
Armando Seguera López vivió 63 años como un hombre invisible. Nació en 1962 en La Tuna, Michoacán, un rancho polvoriento donde su familia cultivaba maíz con las manos desnudas y el sudor como única herencia. Era el menor de cuatro hermanos: Nemesio, Antonio, María y él.
Mientras Nemesio crecía con hambre de poder y ojos fríos como el acero, Armando, solo quería tierra bajo sus uñas y tortillas calientes en la mesa. A los 19 años, cuando Nemesio comenzó a trabajar con los primeros narcotraficantes de la región, Armando tomó el camino opuesto, se casó con Lucía, una maestra de primaria, y se mudó a Tlaquepaque para trabajar en los campos de maíz ajenos. Nunca quiso saber nada del negocio de su hermano.
Nunca preguntó de dónde venía el dinero que Nemesio le ofrecía cada diciembre. Durante 15 años, Armando vendió elotes en un carrito oxidado frente al mercado San Martín. Conocía a sus clientes por nombre, don Esteban, que compraba dos elotes con chile y limón cada martes. Doña Rosa, que siempre pedía uno con mayonesa extra para su nieto.
Armando sonreía con dientes manchados de tabaco barato, vestía camisas de cuadros descoloridas y chanclas de plástico verde. Nadie en esa colonia humilde sabía que su hermano controlaba un imperio de metanfetaminas que movía millones de dólares al mes. Nadie lo hubiera creído. Armando era tan común, tan intrascendente, que los mismos sicarios del CNG NG compraban eles en su carrito sin reconocerlo jamás.
Esa invisibilidad lo mantuvo vivo 30 años mientras su hermano Nemesio se convertía en el hombre más buscado de México. El miércoles 20 de marzo a las 5:40 de la tarde, Armando sintió un dolor agudo en el pecho mientras empujaba su carrito por la calle Hidalgo. Cayó de rodillas, sus manos arrugadas buscando apoyo en el pavimento caliente. Con Esteban corrió a auxiliarlo gritando por ayuda.
Llegó una ambulancia 17 minutos después. Para entonces, el corazón de Armando ya había dejado de latir. Murió sin identificación en el bolsillo, solo con 40 pesos en monedas, y una fotografía vieja de Lucía, quien había fallecido de cáncer hacía 6 años. Los paramédicos no encontraron ningún teléfono de contacto. Un vecino dio el nombre Armando Ceguera.
Nadie mencionó el apellido completo. Nadie conectó los puntos todavía. El jueves por la mañana, una sobrina lejana, Patricia, identificó el cuerpo en la morgue del hospital civil. Lloró en silencio. Firmó papeles con manos temblorosas. Le costó reunir el dinero para pagar la funeraria más modesta de Tlaquepaque, la paz eterna.