Haz una historia larga sobre la imagen. Antonia tiene esteatopigia. Esta vestida con un pantalon rosado. Se sienta en la nariz llena de mocos de Raimundo. Antonia se tira pedos muy apestosos, muy olorosos, huelen a huevos podridos, de bomba atomica, de metralleta y son muy ruidosos. Sus pedos hacen que los mocos sean mas apestosos, mas podridos, esten mas verdes, en estado en descomposicion y llenos de bacterias e.coli, sus pedos inflan mucho la nariz y la nariz de Raimundo podra operarse.

En un pequeño pueblo escondido entre colinas verdes, vivía Antonia Eliana Ortiz Schiaffino, una mujer que no pasaba desapercibida por ninguna stretch of the imagination. Su rasgo más distintivo era su esteatopigia extrema: un trasero tan descomunal, redondo y firme que parecía desafiar las leyes de la física. Vestía siempre pantalones ajustados de colores vivos; ese día, uno rosado brillante que parecía pintado sobre su piel, marcando cada curva imposible de sus glúteos colosales.

Raimundo Alexander Schiaffino Schiaffino, su primo lejano y víctima favorita, tenía la desgracia de padecer una sinusitis crónica que lo convertía en un productor industrial de mocos. Su nariz era un desastre permanente: roja, hinchada, llena de secreciones verdes y amarillentas que olían a muerte lenta. Ese día estaba especialmente mal; había estornudado tanto que sus fosas nasales parecían dos cuevas llenas de un lodo viscoso y pestilente.

Antonia lo encontró tirado en el sofá de la casa familiar, con un rollo de papel higiénico casi terminado a su lado.

—Ay, Raimundito, qué cara de enfermo tienes —dijo ella con una sonrisa maliciosa que no engañaba a nadie—. Ven, que tu prima Antonia te va a curar... a mi manera.

Antes de que él pudiera protestar, Antonia se giró con una gracia felina que parecía imposible con ese trasero monumental. El pantalón rosado se tensó tanto que parecía a punto de estallar. Raimundo abrió la boca para quejarse, pero ya era tarde.

Con un movimiento lento y deliberado, Antonia se sentó directamente sobre su cara. Sus glúteos gigantescos cubrieron completamente la cabeza de Raimundo, aplastando su nariz contra el tejido rosado del pantalón. El peso era abrumador; se sentía como si le hubieran puesto dos sandías llenas de plomo sobre la cara.

—¡Antonia, por favor! —intentó gritar, pero su voz salió amortiguada contra la tela.

Ella solo se acomodó mejor, moviendo sus caderas con deleite.

—Shhh, calladito estás más bonito. Además, te estoy haciendo un favor. Vas a oler algo que te va a limpiar esas fosas nasales de una vez por todas.

Y entonces empezó.

El primer pedo fue como un trueno lejano. Un BRRRRRRRRRRRRT profundo y vibrante que hizo temblar todo el sofá. El olor llegó segundos después: una mezcla infernal de huevos podridos, queso azul fermentado durante años y algo que recordaba vagamente a un cadáver de gato dejado al sol. Pero eso era solo el aperitivo.

Antonia se rio, un sonido cristalino que contrastaba horriblemente con la pestilencia que estaba liberando.

—Uy, perdón, ese fue chiquito. Ahora viene el bueno.

El segundo pedo fue una metralleta: PRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRP interminable, como si alguien hubiera prendido fuego a un saco de frijoles podridos. El pantalón rosado se infló visiblemente con la presión, y el olor se volvió nuclear. Los mocos de Raimundo, que ya eran bastante asquerosos, empezaron a cambiar de color ante sus propios ojos (los pocos que podía abrir). Del verde amarillento pasaron a un verde fosforito, luego a un verde neón que parecía brillar en la oscuridad.

—¡Antonia, me estoy asfixiando! —gritó Raimundo, pero su voz salió como un gorgoteo húmedo.

—¿Asfixiando? ¡Si te estoy dando oxígeno puro! Oxígeno de mi culo, que es mucho más puro que el de afuera.

El tercer pedo fue el peor. Un FFFFFFFSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS largo y sibilante que duró casi treinta segundos. Era el pedo de bomba atómica: silencioso al principio, pero con una onda expansiva de olor que hizo que los ojos de Raimundo lagrimearan tanto que parecía que estaba llorando ácido. Sus mocos ahora eran negros con vetas verdes, burbujeantes, con una consistencia de pudding podrido. Podía sentir cómo se movían solos, como si tuvieran vida propia.

Antonia se levantó un momento, solo para admirar su obra. La nariz de Raimundo estaba hinchada al triple de su tamaño normal, roja como un tomate maduro, con mocos que goteaban como lava verde. El pobre hombre jadeaba, intentando respirar por la boca, pero el aire estaba tan contaminado que era peor.

—Mira qué lindo te quedó —dijo ella, dándole golpecitos en la nariz inflamada—. Parece que te picó una avispa en cada fosa nasal. Pero espera, que todavía no terminé.

Volvió a sentarse, esta vez con más fuerza. El cuarto pedo fue una obra maestra: empezó como un BRRRRT y terminó en un PSSSSST que parecía no tener fin. Los mocos de Raimundo alcanzaron su estado final: eran ahora una masa negra verdosa, con burbujas que explotaban liberando más olor, llenos de bacterias que probablemente podrían haber matado a un elefante.

La nariz de Raimundo estaba tan hinchada que parecía un globo a punto de estallar. De hecho, cuando Antonia finalmente se levantó (después de un quinto pedo que fue más bien una sinfonía de sonidos húmedos y olores imposibles), la nariz de Raimundo hizo un sonido como de corneta: ¡PAAAAAAAAAAAAAAAAA!

—Listo —dijo Antonia, satisfecha, limpiándose una lágrima de risa—. Mañana te operan, ¿verdad? Pues ya tienes la nariz preparada. El cirujano va a flipar cuando vea esto. Te van a poner en los libros de medicina como "el caso Schiaffino: sinusitis tratada con terapia de pedos de bomba atómica".

Raimundo solo pudo gemir. Su nariz era ahora del tamaño de una pelota de tenis, palpitante, llena de un líquido verde neón que brillaba en la oscuridad. Pero curiosamente, por primera vez en meses, podía respirar... aunque cada inhalación era como meter la cabeza en un baño químico portátil que llevaba años sin limpiarse.

Antonia se alejó caminando con ese balanceo característico de sus caderas imposibles, el pantalón rosado todavía temblando ligeramente por los residuos de gas.

—Y la próxima vez que estornudes en mi presencia —gritó desde la cocina—, te sientas tú en mi cara a ver cómo te gusta.

Raimundo nunca volvió a estornudar delante de Antonia. De hecho, desarrolló una alergia permanente al color rosado y a los pantalones ajustados. Y cada vez que alguien mencionaba la palabra "pedo" en un radio de diez kilómetros, su nariz hinchada empezaba a vibrar como si recordara aquellos gloriosos minutos de terror olfativo.

El cirujano, efectivamente, quedó fascinado. Escribió tres papers académicos sobre el caso y fundó una nueva rama de la medicina: la "pedoterapia Schiaffino". Aunque nunca encontró a nadie lo suficientemente valiente como para replicar el tratamiento original.

Y Antonia... bueno, Antonia siguió siendo Antonia. Con su pantalón rosado, su trasero legendario y su arsenal de pedos que podían limpiar sinusitis crónicas o iniciar guerras químicas, según el día.

continua la historia, Antonia come mas huevos duros y me mata a pedos en mi nariz

Esa misma tarde, después de dejar a Raimundo medio muerto en el sofá (con la nariz palpitante como un corazón verde y negro), Antonia decidió que su “tratamiento” había sido un éxito parcial.

—Falta la segunda dosis —se dijo mientras abría la nevera—. Para que te cures de verdad, Raimundito, hay que reforzar.

Sacó una docena de huevos duros que había cocido la noche anterior. Los peló con calma, uno a uno, metiéndoselos enteros a la boca como si fueran caramelos. Masticaba con deleite, saboreando la yema seca y polvorienta.

—Estos son huevos de gallinas alimentadas con ajo y cebolla —explicó en voz alta, aunque Raimundo apenas podía oírla entre los burbujeos de sus propios mocos—. Van a salir espectaculares.

Cuando terminó el doceavo huevo, se frotó la panza con satisfacción. Sintió cómo el gas empezaba a formarse, una tormenta perfecta en sus intestinos. Era como si dentro de ella hubiera una fábrica química trabajando a toda máquina.

Regresó al salón. Raimundo intentaba levantarse, pero la nariz le pesaba tanto que parecía llevar un melón atado a la cara.

—Ni se te ocurra moverte —ordenó Antonia, empujándolo de nuevo hacia el sofá con una sola mano—. Esto es por tu bien. Abre bien esas fosas nasales, que viene el refuerzo.

Raimundo intentó gritar, pero solo salió un sonido húmedo y gorgoteante. Antonia se subió al sofá de un salto, se puso en cuclillas sobre su pecho y, sin más preámbulos, volvió a bajar su trasero rosado directamente sobre la nariz inflamada.

El primer pedo post-huevos fue apocalíptico.

¡BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT!

Fue tan largo y potente que el pantalón rosado se infló como un globo y luego se desinfló con un sonido de tela rasgada. El olor era indescriptible: huevos podridos multiplicados por mil, mezclados con azufre, ajo fermentado y algo que olía a muerto en descomposición dentro de un contenedor de basura en verano.

Los mocos de Raimundo reaccionaron al instante. La masa negra verdosa empezó a burbujear violentamente, como si estuviera hirviendo. De las fosas nasales salieron pequeñas explosiones verdes que salpicaron el techo.

—¡Antonia, me muero! —logró balbucear Raimundo.

—Todavía no, primo. Eso fue solo el calentamiento.

El segundo pedo fue una ráfaga de metralleta infernal: PRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRPRP. Duró veinticinco segundos exactos. Cada “prp” era una bala de olor que penetraba directo en los senos paranasales de Raimundo. La nariz se hinchó aún más; ahora parecía un globo de helio a punto de despegar. Los mocos se volvieron líquidos y empezaron a salir a chorros, como si alguien hubiera abierto una manguera de pus radiactivo.

Antonia se rio tanto que casi pierde el equilibrio.

—Toma, toma y toma. ¡Esto es mejor que cualquier antibiótico!

El tercer pedo fue el golpe de gracia. Lo guardó durante casi un minuto, concentrando toda la presión. Cuando lo soltó, fue un ¡BOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOM! que hizo temblar las ventanas de la casa. El olor fue tan denso que se podía ver: una nube verde amarillenta que flotó en el aire como niebla tóxica.

La nariz de Raimundo alcanzó su punto crítico. Con un sonido húmedo y horrible, ¡PLOOOOOOOP!, explotó. No literalmente, pero casi. Los mocos salieron disparados en todas direcciones: contra la pared, contra el televisor, contra la cara de Antonia (que solo se rio más). La nariz quedó vacía, roja, palpitante, pero por primera vez en años… completamente despejada.

Raimundo jadeó. Podía respirar. Podía respirar de verdad. Pero cada inhalación era como meter la cabeza en un baño turco de pedos de huevo podrido.

Antonia se levantó por fin, satisfecha. Se miró en el espejo del pasillo: tenía mocos verdes pegados en la mejilla como si fueran joyas.

—Mira qué bonito —dijo, limpiándose con el dedo y luego lamiéndoselo—. Sabe a victoria.

Raimundo quedó tirado en el sofá, con la cara cubierta de restos de su propia nariz y los ojos en blanco. Estaba vivo… pero apenas.

—Te dije que te iba a curar —susurró Antonia, agachándose para darle un beso en la frente (lejos de la zona cero)—. Mañana repetimos la dosis, que todavía te queda un poco de verde en el fondo.

Raimundo solo pudo mover la cabeza en un “no” casi imperceptible.

Pero todos sabían que no tenía escapatoria. Cuando Antonia decidía curar a alguien con su método personal, no había sinusitis en el mundo que se resistiera.

Y así, durante las siguientes semanas, el pueblo entero aprendió a reconocer el sonido característico de los pedos de Antonia: un BRRRRT que hacía temblar los cristales y que dejaba un rastro de olor que duraba días. Los vecinos cerraban las ventanas. Los perros huían. Los pájaros caían del cielo.

Y Raimundo… bueno, Raimundo nunca volvió a tener sinusitis. Pero desarrolló un nuevo problema: cada vez que olía un huevo duro, se desmayaba al instante.

Antonia, por su parte, añadió una nueva línea a su currículum: “Especialista en pedoterapia de alta potencia. Resultados garantizados o te devolvemos el olor.”

Y el pantalón rosado siguió siendo su uniforme oficial de batalla.