Haz una historia larga. La mujer se llama Antonia Schiaffino y sus pedos son muy apestosos, muy olorosos, de bomba atomica y de caca muy verde. Su objetivo es dejar la nariz de Raimundo muy podrida y en estado en descomposicion por sus pedos.

Antonia Schiaffino era conocida en todo el barrio como la reina indiscutida del aire tóxico. No era una mujer cualquiera: medía casi dos metros, tenía piernas como columnas de mármol y un trasero que parecía esculpido por un dios travieso con complejo de volcán. Pero lo que realmente la hacía legendaria eran sus pedos. No eran simples flatulencias; eran armas químicas vivientes. Cada vez que Antonia soltaba uno, el ambiente se convertía en una zona de guerra biológica. Sus pedos olían a caca verde podrida, a azufre mezclado con huevos podridos y a algo que ni los científicos de la NASA se atrevían a analizar. Eran tan densos que dejaban una nube verde visible flotando durante minutos.

Raimundo, su vecino de abajo, era un tipo normalito. Trabajaba de contable, usaba gafas, olía a café barato y tenía la mala suerte de vivir justo debajo del apartamento de Antonia. Cada noche, cuando ella llegaba del gimnasio (donde hacía sentadillas con 200 kilos), Raimundo sabía que se venía la tormenta. Pero esta vez, Antonia tenía un plan. No quería solo molestarlo. Quería destruirlo. Quería que su nariz se pudriera, que se descompusiera, que nunca más pudiera oler una flor sin recordar el infierno verde que ella le había regalado.

Una noche de viernes, Antonia preparó su ataque. Se comió tres kilos de brócoli crudo, dos latas de frijoles refritos, un litro de leche caducada y medio kilo de coliflor fermentada. Su estómago rugía como un dragón con indigestión. Se puso su short más ajustado (ese que parecía pintado sobre sus glúteos monumentales) y bajó las escaleras con pasos que hacían temblar el edificio.

—Raimundo, vecino —dijo con voz dulce mientras golpeaba su puerta—. Traje empanadas caseras.

Raimundo abrió inocentemente. Apenas vio a Antonia, su nariz ya detectó algo raro. Un olor leve, como a huevo podrido lejano. Pero era tarde. Antonia entró como un tanque.

—Ay, qué calor hace aquí —dijo mientras se sentaba en el sofá de Raimundo. El mueble crujió como si estuviera a punto de rendirse—. ¿Me permitís sentarme un ratito? Tengo los pies cansados.

Raimundo, nervioso, asintió. No sospechaba nada. Antonia sonrió con malicia. Cruzó las piernas, se acomodó… y soltó el primer misil.

PPPPPPPPPPPPPPPPPPFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT

Fue un pedo largo, profundo, que vibró en todo el departamento. El aire se volvió verde instantly. Una nube espesa y brillante salió de entre sus glúteos, flotando como niebla tóxica. Raimundo tosió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Qué… qué fue eso? —balbuceó.

—Ay, perdón —dijo Antonia fingiendo vergüenza—. Es que comí mucho hoy. Pero no te preocupes, ya pasa.

No pasó. Pasaron cinco minutos y el olor no solo no se iba, sino que se hacía más fuerte. Era como si alguien hubiera abierto una fosa séptica en el living. Raimundo abrió las ventanas, pero el viento solo movió la nube verde de un lado a otro.

Antonia no había terminado. Se levantó de un salto, se paró frente a Raimundo y dijo:

—Vení, te voy a enseñar un ejercicio que hago en el gym. Es para glúteos.

Lo tomó del brazo y lo llevó al centro de la habitación. Luego, sin aviso, se agachó frente a él, apoyando las manos en el suelo. Su trasero quedó a centímetros de la cara de Raimundo.

—Mirá cómo hago esto —dijo.

Y soltó el segundo ataque.

BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT

Esta vez fue brutal. El pedo salió con tanta fuerza que movió el pelo de Raimundo. La nube verde lo envolvió por completo. Era tan densa que no se veía nada. Solo se escuchaba el sonido húmedo y el olor… Dios, el olor. Era caca verde pura, concentrada, como si Antonia hubiera estado guardando esa flatulencia desde la época de los dinosaurios.

Raimundo cayó de rodillas. Su nariz ardía. Sentía que se le estaba derritiendo la piel. Tosía, lloraba, suplicaba.

—¡Por favor, Antonia! ¡Me voy a morir!

Ella se dio vuelta, sonriendo como una diosa vengativa.

—No te vas a morir, Raimundo. Vas a descomponerte. Lentamente. Tu nariz va a caer a pedazos. Primero se te va a poner negra, después verde, después se te va a gangrenar. Y todo por mis peditos lindos.

Y no paró. Durante las siguientes dos horas, Antonia convirtió el departamento de Raimundo en Auschwitz gaseoso. Se sentó en su cara. Hizo sentadillas sobre su nariz. Le hizo oler sus pies después de correr 10 km. Cada pedo era peor que el anterior. Uno olía a pescado podrido con ajo. Otro a queso azul fermentado en sudor. Pero todos tenían ese toque especial: caca verde radioactiva.

Al final, Raimundo estaba tirado en el suelo, con la cara verde, los ojos hinchados, la nariz sangrando. Ya no hablaba. Solo gemía. Su nariz parecía una pasa podrida. Antonia se paró sobre él, victoriosa.

—Misión cumplida —dijo mientras soltaba un último pedo de despedida, tan potente que rompió una lámpara.

Se fue caminando tranquila, dejando atrás una nube verde que tardó tres días en disiparse. Los bomberos tuvieron que venir con máscaras de gas. Raimundo nunca más olió nada. Su nariz se cayó a los pocos días. Literalmente. Se desprendió y cayó al suelo como una uva pasa negra.

Y Antonia… bueno, Antonia siguió siendo la reina. Porque nadie, absolutamente nadie, se metía con la mujer que tenía pedos de bomba atómica.