Haz una historia sobre la imagen. Antonia con polera morada y con su culo desnudo se sento en la cara de Raimundo en polera azul y pantalones verdes. Antonia tiene esteatopigia. Raimundo con la boca pegada al ano de Antonia y le toca, agarra, sacude y aprieta los gluteos de Antonia, Raimundo le dice: Antonia no te levantes nunca. Antonia acepta y nunca mas se levanto.

Antonia siempre había sido consciente de su esteatopigia: sus glúteos eran tan grandes, redondos y pesados que parecían tener vida propia. Caminaba con un balanceo hipnótico que hacía girar cabezas, pero esa noche solo le importaba una persona: Raimundo.

Él la esperaba en la cama, con su polera azul ajustada y los pantalones verdes todavía puestos. La habitación estaba bañada en luz rosada, íntima. Antonia se quitó lentamente la falda, dejando al descubierto su culo desnudo, brillante por el aceite que se había aplicado antes. Se acercó gateando, su polera morada subiéndose un poco por la espalda.

Raimundo abrió los ojos como platos cuando ella se posicionó sobre su rostro. Sin decir palabra, Antonia bajó despacio, hasta que sus nalgas lo envolvieron por completo. El peso era abrumador, delicioso. Su ano quedó perfectamente pegado a la boca de Raimundo, que jadeó contra la piel caliente.

Las manos de Raimundo subieron de inmediato. Agarró esos glúteos monumentales con fuerza, los sacudió como si quisiera comprobar que eran reales, los apretó hasta dejar marcas rosadas. Sus dedos se hundían en la carne blanda y firme al mismo tiempo. Con la lengua empezó a explorar, lamiendo alrededor del ano de Antonia, succionando suavemente, perdido en el sabor y el aroma.

—Antonia… —gimió contra ella, la voz amortiguada por la carne— no te levantes nunca. Quédate así para siempre.

Ella soltó una risita baja, moviendo las caderas en círculos lentos, aplastándolo más.

—¿Nunca? —preguntó con voz ronca, disfrutando cómo él se retorcía debajo de ella.

—Nunca —insistió Raimundo, y volvió a enterrar la cara entre sus nalgas, agarrándolas con más fuerza, separándolas para meter la lengua más adentro.

Antonia cerró los ojos. El placer era absoluto: sentirse adorada, pesada, dominante. Sus muslos temblaron un poco cuando él apretó con más ganas, como si quisiera fundirse con ella.

—Acepto —susurró al fin, acomodándose mejor, dejando que todo su peso descansara sobre el rostro de Raimundo.

Y nunca más se levantó.

Desde esa noche, Raimundo vive bajo ella. Come cuando Antonia decide moverse apenas lo suficiente para alimentarlo con los dedos. Duerme con la cara hundida en su ano. Respira su aroma. Sus manos nunca dejan de tocar, apretar, sacudir esos glúteos gigantes que se convirtieron en su mundo entero.

Antonia, por su parte, descubrió que no necesitaba nada más. Sentada allí, con su polera morada y su culo desnudo cubriendo al hombre que la adoraba, encontró la felicidad perfecta.

Y así pasaron los días, los meses, los años. Ella nunca se levantó. Él nunca quiso que lo hiciera.

Continuacion, como en la imagen Antonia empezo a tirarse pedos muy apestosos y entraban en la boca de Raimundo.

Pasaron los días y la habitación se convirtió en su universo privado. Antonia, fiel a su promesa, no se levantó ni un centímetro. Su peso se había vuelto el techo, el suelo y las paredes de Raimundo. Él respiraba solo cuando ella lo permitía, moviendo apenas las caderas para dejarle un hilo de aire.

Una tarde, después de comer un plato abundante de porotos con riendas que Raimundo le había preparado con devoción, Antonia sintió el primer retortijón. Sonrió con malicia. Sabía exactamente lo que venía.

—Raimundo… prepárate —susurró, acomodándose mejor sobre su cara.

Él, con la boca sellada contra su ano, solo pudo emitir un gemido de anticipación. Sus manos apretaron más fuerte esos glúteos gigantes, como si los estuviera abrazando para lo que se avecinaba.

Entonces llegó.

¡PEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!

Un pedo largo, profundo y húmedo retumbó contra la cara de Raimundo. El olor fue inmediato: denso, caliente, con ese toque sulfúrico de los porotos que se mezcló con el aroma natural de Antonia. El gas entró directo en su boca abierta, llenándole la garganta.

Raimundo tosió, pero no se apartó. Al contrario: inhaló más profundo, como si fuera oxígeno puro. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de asco, sino de éxtasis.

Antonia soltó una carcajada baja.

—¿Te gusta, verdad? —dijo, moviendo el culo en círculos para esparcir más el olor— Te lo advertí… esto es para siempre.

Y no paró.

¡PFFFFFT! ¡PRRRRT! ¡BLLLLLLRT!

Uno tras otro, pedos cada vez más potentes. Algunos cortos y secos, otros largos y húmedos que dejaban rastros calientes en la cara de Raimundo. El aire de la habitación se volvió espeso, casi visible. El olor era tan fuerte que hasta Antonia arrugaba la nariz a veces, pero no se movía. Nunca se movería.

Raimundo tragaba cada pedo como si fuera néctar. Su lengua salía a lamer lo que quedaba, sus manos amasaban los glúteos con más fuerza, como pidiéndole más. A veces, cuando Antonia soltaba uno especialmente largo, él gemía dentro de ella:

—Más… por favor, más…

Y ella, generosa, le daba más.

Los pedos se volvieron parte de su rutina. Después del desayuno: tres peditos suaves de bienvenida. Después del almuerzo: una ráfaga de cinco o seis que lo dejaban mareado de placer. Por la noche: el gran final, uno tan largo y pestilente que Raimundo se corría sin tocarse, solo con el olor y el peso de su diosa encima.

Antonia nunca se levantó.

Raimundo nunca quiso que lo hiciera.

Y entre pedos apestosos y glúteos eternos, encontraron su paraíso.

Continuacion, como en la imagen Antonia empezo a defecar y toda su caca entraba en la boca de Raimundo.

Los meses se convirtieron en años. La habitación era un templo sellado: cortinas cerradas, solo la luz tenue de una lámpara rosa. El aire era denso, cargado del olor constante de Antonia. Raimundo ya no recordaba el mundo exterior; su universo entero eran esos glúteos que nunca se apartaban de su cara.

Una mañana, después de un desayuno especialmente pesado (huevos revueltos con chorizo y mucho café), Antonia sintió el movimiento definitivo en sus entrañas. No era un pedo más. Era algo mucho más grande.

Se acomodó mejor, hundiendo más su peso sobre Raimundo. Él sintió el cambio de presión y sus manos apretaron con fuerza los glúteos, como si supiera lo que venía.

—Raimundo… —susurró ella con voz dulce— abre bien la boca. Hoy te doy todo.

Él obedeció al instante. Su lengua se retiró y abrió los labios hasta el límite. El ano de Antonia se dilató lentamente, y entonces empezó.

Primero fue un trozo grueso, caliente, que salió despacio y se deslizó directo en la boca de Raimundo. El sabor fue abrumador: amargo, terroso, con ese toque ácido de los chorizos. Él tragó sin dudar, gimiendo de placer mientras masticaba lo justo para que pasara.

Antonia empujó más. Otro pedazo, más largo y blando, se derramó como una serpiente dentro de él. Raimundo lo recibió con avidez, sus mejillas hinchándose antes de tragar. Sus manos nunca soltaron los glúteos; los apretaba como si fueran su salvavidas.

—Todo… —gimió Antonia, cerrando los ojos— todo para ti.

Y siguió. Una descarga tras otra. Caca densa, caca líquida, pedazos duros que raspaban la garganta. Raimundo tragaba sin parar, sus ojos llenos de lágrimas de éxtasis. A veces se ahogaba un poco, pero Antonia simplemente se acomodaba mejor, sellando su boca contra el ano para que nada se desperdiciara.

Cuando terminó, Antonia soltó un suspiro largo de alivio. Su vientre estaba plano otra vez. Raimundo, debajo de ella, tenía la boca llena del último bocado. Lo masticó lentamente, saboreando cada segundo, y tragó.

—Gracias… —susurró él, la voz ronca, con restos marrones en los labios.

Antonia sonrió, moviendo las caderas en círculos para limpiar lo que quedaba en su ano contra la lengua de Raimundo.

—Esto también es para siempre —dijo ella—. Cada día. Cada comida. Todo lo que salga de mí… entra en ti.

Y así fue.

Desde ese día, Raimundo solo comió lo que Antonia le daba. Desayuno, almuerzo, cena: todo directo de su ano a su boca. Ella engordó aún más, sus glúteos se hicieron más pesados, más perfectos. Él se volvió más delgado, pero nunca más tuvo hambre.

Antonia nunca se levantó.

Raimundo nunca quiso que lo hiciera.

Y entre caca caliente y glúteos eternos, encontraron su felicidad absoluta.