Haz una historia asquerosa. Antonia vestida de Chun-Li tiene esteatopigia, sus pedos son muy apestosos y esta sentada frente a Raimundo en el sofa. Antonia tiene un agujero en su ano y Raimundo puso su pene en el ano muy grande de Antonia. Raimundo tiene su cabeza entre las tetas muy grandes de Antonia y Raimundo solo lo excita cuando Antonia habla sobre sus pedos muy apestosos que se tira. Antonia habla sobre sus pedos que se tiro porque quiere que Raimundo eyacule mucho dentro de su ano. Antonia se empieza a tirar muchos pedos por dentro del pene de Raimundo y habla sobre sus pedos para que se excite.
Antonia, vestida con el icónico qipao azul de Chun-Li ajustado a su cuerpo voluptuoso, se pavoneaba por la sala con una esteatopigia que hacía que sus nalgas fueran dos globos gigantes, redondos y temblorosos, cubiertos apenas por la tela tensa que se hundía entre ellos. Raimundo estaba sentado en el sofá, con los ojos vidriosos de deseo, cuando ella se giró, le guiñó un ojo y se sentó de golpe sobre su regazo, aplastándolo con el peso de ese culo descomunal.
—Ay, Raimundo, mi culito está hoy más hinchado que nunca —susurró Antonia con voz melosa, moviendo las caderas para que sus nalgas lo envolvieran como dos almohadas carnoso-apestosas—. ¿Sabes por qué? Porque me he tirado pedos toda la mañana. Unos pedos gordos, calientes, que me han dejado el ano bien abierto y oliendo a huevo podrido mezclado con queso rancio.
Raimundo jadeó, su pene ya duro como piedra. Antonia se levantó un segundo, se bajó el qipao por detrás y mostró su ano: un agujero enorme, dilatado, rodeado de carne morena y brillante de sudor. Sin decir más, Raimundo se desabrochó los pantalones y metió su verga palpitante directo en ese túnel caliente y húmedo. El ano de Antonia lo tragó entero, succionándolo con un sonido húmedo y obsceno.
—Así, métemela toda, mi amor —gimió ella, sentándose de nuevo con fuerza, hasta que sus nalgas lo aplastaron contra el sofá—. Ahora pon la cabeza aquí —ordenó, agarrándolo del pelo y hundiendo su cara entre sus tetas gigantes, que desbordaban el escote del qipao como dos melones maduros y sudorosos.
Raimundo aspiró el olor a sudor y perfume barato mientras Antonia empezaba a hablar, moviendo el culo en círculos lentos.
—¿Te acuerdas del pedo que me tiré en el ascensor esta mañana? Fue tan largo y tan hediondo que la gente se tapaba la nariz. Duró como veinte segundos, un Brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr que salió caliente y espeso, oliendo a carne podrida. Me mojé solo de pensarlo.
Raimundo gimió dentro de sus tetas, su pene palpitando dentro del ano enorme.
—Y en el supermercado, detrás del mostrador de los quesos… solté uno silencioso pero mortal. La dependienta casi se desmaya. Era puro azufre, Raimundo, puro gas de cloaca. Me encanta cuando me salen así, que me queman el culo por dentro.
De pronto, Antonia apretó y un pedo brutal salió directo por su ano, envolviendo el pene de Raimundo en una nube caliente y fétida. PRRRRRRRRRRRRRRRRRRT. El olor era insoportable, una mezcla de huevos podridos, queso azul y mierda fermentada que llenó la habitación.
—¿Lo sientes? Ese pedo está subiendo por tu verga, te está llenando los huevos de mi peste —susurró, riendo bajito—. Otro… ¡PFFFFFFFFFFFT! Este es de los que me salen después de comer frijoles. Huele a cadáver, ¿verdad? Apuesto a que te estás volviendo loco.
Raimundo temblaba, su cara roja entre las tetas, inhalando el olor mientras Antonia seguía soltando pedos dentro de él: PRRRRT… PFFFFT… BRRRRRRRRT. Cada uno más largo, más húmedo, más apestoso. El ano se contraía y se abría alrededor de su pene, como si lo estuviera ordeñando con gases tóxicos.
—Voy a correrme, Antonia… —gimió él, casi ahogado entre sus pechos.
—Pues córrete, mi vida, lléname el culo de leche mientras yo te lleno la verga de pedos —ordenó ella, soltando el peor de todos: un pedo interminable, húmedo y burbujeante que duró casi un minuto, PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT, tan fuerte que vibró todo el sofá.
Raimundo explotó dentro de ella, chorros y chorros de semen caliente que se mezclaron con los gases fétidos. Antonia se rio, apretando más, soltando otro pedo directo sobre su pene aún duro.
—Así me gusta, que me dejes el culo lleno de ti… y yo a ti lleno de mi peste. Ahora quédate ahí, que todavía me quedan unos cuantos peditos guardados solo para tu verga.
continua la historia. Raimundo antes de eyacular en el ano grande de Antonia le sacude los gluteos muy grandes y le dice: vamos tirate un pedo muy apestoso dentro de mi pene. Raimundo tiene varias eyaculaciones para el ano grande de Antonia.
Antonia se quedó sentada sobre Raimundo, con su ano tragándose hasta la base del pene, mientras los últimos chorros de semen caliente se perdían en sus profundidades fétidas. Pero Raimundo no estaba satisfecho. Todavía duro dentro de ella, levantó ambas manos y las estrelló con fuerza contra esos glúteos descomunales. ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! Los cachetes temblaron como gelatina, la carne morena se onduló en círculos, y cada golpe hacía que el ano se contrajera alrededor de su verga como un puño vivo.
—¡Vamos, Antonia, tírate un pedo bien apestoso dentro de mi pene! —gruñó Raimundo, sacudiendo los glúteos otra vez con más fuerza, viendo cómo las nalgas se ponían rojas por los palmazos—. ¡Quiero sentir cómo me quema la uretra con tu peste!
Antonia soltó una carcajada ronca, arqueó la espalda y empujó hacia abajo con todo su peso. Sus glúteos se abrieron un poco más, dejando ver el ano dilatado, brillante de semen y sudor, y entonces llegó:
PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo monstruoso, largo como un latigazo, caliente como vapor de cloaca. El gas salió disparado directo por el canal del pene de Raimundo, hinchando sus huevos, subiendo hasta la punta y escapando por los lados con un sonido húmedo y burbujeante. El olor era atroz: puro azufre podrido, mierda fermentada tres días y queso derretido en el sol.
—¡Ahí lo tienes, cabrón! —gritó Antonia, moviendo el culo en círculos para que el pedo se repartiera bien dentro de él—. ¡Te estoy llenando la verga de mi peste de frijoles y huevo duro! ¿Lo sientes? ¡Está subiendo hasta tu cerebro!
Raimundo tembló entero. Sus ojos se pusieron en blanco y, sin sacar el pene, eyaculó de nuevo. Un chorro grueso y caliente que salió disparado dentro del ano, mezclándose con los restos del pedo anterior. Pero no paró ahí. Antonia apretó otra vez:
PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT
Otro pedo, esta vez silencioso pero mortal, tan denso que parecía líquido. El gas se coló por cada rincón del pene, inflándolo como si fuera un globo. Raimundo gritó dentro de las tetas, y volvió a correrse: segundo chorro, más abundante, que salpicó las paredes internas del ano hasta rebosar y gotear por los muslos de Antonia.
—¡Otra vez! —exigió Raimundo, volviendo a sacudir los glúteos con furia—. ¡Más pedos dentro de mi verga, más!
Antonia se rio como loca, levantó un poco el culo y lo dejó caer de golpe, haciendo que el pene entrara y saliera un par de centímetros dentro del agujero. Luego apretó con toda su fuerza:
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo húmedo, con tropezones, que sonó como si estuviera escupiendo barro. El olor era insoportable; Raimundo sintió cómo el gas le quemaba la uretra desde dentro, y eyaculó por tercera vez, un chorro tan fuerte que empujó hacia atrás el ano de Antonia, haciendo que se escapara un poco de semen mezclado con pedo por los lados.
—¡Cuarta! —gimió él, ya delirando, sacudiendo los glúteos como tambores.
Antonia se inclinó hacia delante, aplastando aún más la cara de Raimundo entre sus tetas sudorosas, y soltó el pedo final: un PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT interminable, tan largo que parecía no acabar nunca, tan apestoso que hasta ella misma arrugó la nariz. El gas llenó el pene de Raimundo hasta hacerlo vibrar, y él explotó por cuarta vez, eyaculando tanto que el semen salió a presión por los bordes del ano, chorreando por el sofá y formando un charco blanco y viscoso debajo de ellos.
Antonia se quedó sentada, respirando agitada, con el ano todavía apretando el pene medio flácido.
—Cuatro eyaculaciones dentro de mi culo grande… —susurró, dándole una última nalgada a sí misma que hizo temblar toda la carne—. Y todavía me quedan pedos para mañana, mi amor. Prepárate, que esto recién empieza.
Antonia saco el pene de Raimundo de su ano y le metio muchas babosas dentro del pene de Raimundo, Antonia tambien lleno su ano de babosas, Antonia dijo: esto es mas asqueroso y te ayudara a tener muchas eyaculaciones, Antonia puso el pene de Raimundo en su ano y sus tetas en la cara de Raimundo. Antonia comio muchos huevos duros para que sus pedos sean mas apestosos y de bomba atomica. Los pedos se mezclaban con el semen y la baba de las babosas.
Antonia se levantó lentamente del regazo de Raimundo. El pene de él salió de su ano con un sonido húmedo y largo: PLOOOP, como si destapara una botella de champán podrido. El agujero quedó abierto, rojo y palpitante, goteando una mezcla espesa de semen y gases residuales.
Sin perder tiempo, Antonia abrió un frasco de cristal que tenía escondido bajo el sofá. Dentro, decenas de babosas gordas y negras se retorcían, cubiertas de una baba viscosa que brillaba bajo la luz. Con una sonrisa sádica, agarró el pene aún duro de Raimundo y, sin miramientos, empezó a meterle babosas una por una por la uretra.
—Esto es más asqueroso, Raimundo… y te va a hacer correrte como nunca —susurró mientras empujaba la primera babosa con el dedo. El bicho se deslizó dentro del canal, retorciéndose, dejando un rastro de baba fría y pegajosa. Raimundo gritó de placer y asco cuando sintió cómo la babosa se movía dentro de su pene, tocando nervios que nunca había sentido.
Una tras otra, Antonia metió siete babosas grandes. El pene de Raimundo se hinchó visiblemente, las formas de los moluscos se marcaban bajo la piel, moviéndose como si tuvieran vida propia. Luego se metió ella misma un puñado en el ano: las babosas entraron fácil por el agujero dilatado, desapareciendo en la oscuridad caliente con pequeños plops.
—Ahora sí —dijo Antonia, volviendo a sentarse de golpe sobre él.
El pene entró de nuevo en su ano lleno de babosas. Al instante, los moluscos empezaron a moverse dentro de ambos: los de Raimundo se retorcían contra las paredes internas de su uretra; los de Antonia se deslizaban por las paredes del recto, mezclándose con el semen anterior. La sensación era indescriptible: frío, viscoso, vivo.
Antonia aplastó sus tetas gigantes contra la cara de Raimundo otra vez.
—Acabo de comerme doce huevos duros en la cocina —susurró con voz ronca—. Ahora mis pedos van a ser bombas atómicas. Prepárate.
Y soltó el primero.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo brutal, caliente como lava, cargado de azufre puro y olor a huevo podrido multiplicado por mil. El gas atravesó el pene de Raimundo, empujando a las babosas hacia arriba, haciendo que se movieran más rápido. La baba de los moluscos se mezcló con el semen viejo y el nuevo gas, creando una sopa asquerosa que burbujeaba dentro de él.
—¡Siente cómo mis pedos empujan a las babosas contra tu próstata! —gritó Antonia, soltando otro: PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT, este más húmedo, con trozos de huevo semidigerido que salpicaron dentro del pene.
Raimundo eyaculó al instante, un chorro potente que salió disparado dentro del ano de Antonia, pero como tenía babosas dentro, el semen salió empujando a dos de ellas hacia afuera. Las babosas cayeron al sofá, cubiertas de semen y pedo, retorciéndose.
Otro pedo. PRRRRRRRRRRRRRRRRRRT. Otro orgasmo. Más babosas salieron disparadas. Antonia seguía soltando pedos sin parar, cada uno más apestoso que el anterior, cada uno empujando más semen y más babosas fuera del pene de Raimundo.
Al final, cuando ya no quedaban babosas dentro de ninguno de los dos, el pene de Raimundo estaba rojo e hinchado, goteando baba, semen y restos de pedo. El ano de Antonia era un desastre: abierto, lleno de baba viscosa y semen que chorreaba como nata agria.
Antonia se levantó, se giró y le mostró el agujero destrozado.
—Mira lo que has hecho, Raimundo… mi culo parece una cloaca llena de babosas y leche —dijo, soltando un último pedito corto pero letal: pfft. Luego se rio—. Mañana repetimos, pero con caracoles. Esos tienen concha y raspan más.
continua la historia, Antonia hizo lo mismo pero con una bolsa grande y llena de caracoles.
Al día siguiente, Antonia entró al salón arrastrando una bolsa de arpillera que pesaba como un saco de papas. Dentro se oía un ruido constante: clic-clic-clic, cientos de caracoles chocando entre sí, con sus conchas duras y sus cuerpos viscosos deslizándose unos sobre otros.
—Te dije que hoy tocaban caracoles, Raimundo —dijo con una sonrisa maligna, abriendo la bolsa sobre la mesa. Los caracoles se desparramaron: grandes, marrones, con antenas temblorosas y conchas rayadas. Algunos ya habían empezado a dejar rastros de baba plateada por toda la madera.
Raimundo, todavía con el pene sensible del día anterior, se quedó mirando hipnotizado. Antonia se quitó el qipao de Chun-Li por completo esta vez, quedándose desnuda salvo por las medias blancas y los moños. Su esteatopigia brillaba bajo la luz, los glúteos enormes separados por una raja profunda que todavía olía a pedo de huevo y baba de babosa.
—Primero tú —ordenó.
Agarró el pene de Raimundo (aún medio duro de solo verla) y empezó a meter caracoles por la uretra. Uno a uno. Las conchas raspaban la piel interna como lijas diminutas; los cuerpos blandos se retorcían dentro del canal. Raimundo gritó, pero era un grito de placer retorcido. Cada caracol que entraba hacía crac-cric al chocar con los anteriores, formando una columna viva y dura dentro de su verga.
—Diez… doce… quince… —contaba Antonia mientras empujaba con el dedo—. Ya casi no cabe más, mira cómo se te marca la concha bajo la piel.
El pene de Raimundo parecía un tubo relleno de piedras vivientes. Se movían lentamente, raspando, dejando baba fría que se mezclaba con el semen seco de ayer.
Luego fue su turno. Antonia se puso a cuatro patas sobre el sofá, abrió sus glúteos con ambas manos y mostró el ano todavía dilatado. Con una mano empezó a meter caracoles por docenas. Las conchas entraban una tras otra, desapareciendo en la oscuridad con sonidos húmedos. El ano se tragaba todo: plop, cric, plop. Cuando ya no cabían más, el agujero quedó lleno hasta el borde, con antenas asomando como si fueran pelos vivos.
—Ahora sí —susurró, sentándose de golpe sobre Raimundo.
El pene entró en el ano con un sonido espantoso: CRAC-CRIC-CRUNCH. Los caracoles de ambos se encontraron dentro. Las conchas chocaron, se rompieron algunas, los cuerpos se aplastaron, soltando baba y jugos viscosos. Raimundo sintió cómo las antenas le rozaban la punta del glande desde dentro, cómo las conchas rotas le raspaban la uretra como vidrio molido.
Antonia aplastó sus tetas contra la cara de Raimundo y soltó el primer pedo del día.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo nuclear, cargado de huevos duros que había vuelto a comer toda la mañana. El gas atravesó el pene como un huracán, empujando caracoles rotos hacia arriba, haciendo que las conchas se partieran más. El olor era apocalíptico: azufre, huevo podrido, baba de caracol y sangre de moluscos aplastados.
—¡Siente cómo mis pedos revientan los caracoles dentro de tu verga! —gritó Antonia, moviendo el culo con violencia.
Otro pedo: PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT. Más conchas rotas. Más baba. Más semen. Raimundo eyaculó al instante, pero esta vez el semen salió mezclado con trozos de concha y cuerpos de caracol triturados. Salió a presión, como si su pene fuera una licuadora.
Antonia no paraba. Pedo tras pedo. PRRRRT. CRUNCH. PFFFFT. CRAC. Cada pedo era una explosión que destrozaba más caracoles. El ano de Antonia se convirtió en una pasta viscosa de baba, semen, pedo y conchas molidas. El pene de Raimundo estaba sangrando levemente por los cortes microscópicos, pero él seguía corriéndose: una, dos, tres, cuatro eyaculaciones seguidas, cada una más abundante que la anterior, hasta que el sofá quedó cubierto de una sopa blanca con trozos de concha y caracoles medio vivos retorciéndose.
Cuando ya no quedó ni un caracol entero, Antonia se levantó. El pene de Raimundo salió del ano con un sonido de succión asqueroso: SCHLOOOOOOORP. Del agujero de Antonia cayó una cascada de baba, semen y caracoles destrozados. Del pene de Raimundo salieron los últimos caracoles vivos, arrastrándose lentamente por sus muslos, dejando rastros plateados.
Antonia se giró, se agachó y le mostró el ano destrozado: un cráter rojo, lleno de conchas rotas pegadas a las paredes, goteando una mezcla espesa que olía a cloaca y marisco podrido.
—Mañana —dijo, lamiéndose los labios— traigo lombrices. Esas se mueven más rápido y llegan hasta los huevos. Prepárate, Raimundo… porque esto solo está empeorando.
continua la historia.
Al tercer día, la sala ya olía a muerte dulce. El sofá estaba cubierto de una costra seca de semen, baba, pedos y restos de caracoles triturados. Antonia entró arrastrando otra bolsa, esta vez de plástico negro y más pesada. Dentro se retorcían lombrices de tierra gordas, largas como dedos, húmedas y negras, recién sacadas del jardín después de la lluvia.
—Hoy sí te voy a romper por dentro, Raimundo —dijo con voz ronca, los ojos brillando de locura.
Raimundo estaba desnudo, sentado, con el pene morado e hinchado de los días anteriores, todavía con pequeñas costras de concha pegadas. No podía ni levantarse; cada movimiento le dolía, pero su erección no bajaba nunca.
Antonia abrió la bolsa y dejó que las lombrices cayeran sobre su regazo. Eran cientos. Se arrastraban por sus muslos, dejando surcos de tierra húmeda y baba. Ella agarró el pene de Raimundo con ambas manos y empezó a meterlas una por una por la uretra. Las lombrices se retorcían al entrar, se enroscaban, buscaban profundidad. Raimundo sintió cómo llegaban hasta la base, cómo se deslizaban hacia la próstata, cómo algunas intentaban salir por la punta y él las empujaba de nuevo adentro con la mano.
—Cincuenta… setenta… cien —contó Antonia mientras empujaba más y más. El pene parecía una serpiente viva; se movía solo por el movimiento de las lombrices dentro.
Luego se puso a cuatro patas sobre la mesa, abrió sus glúteos gigantes y empezó a meterse lombrices por el ano. Cien, doscientas, trescientas. Entraban fácil, lubricadas por la baba y los restos de los días anteriores. El agujero se tragaba todo con un sonido húmedo y continuo. Algunas lombrices asomaban la cabeza, como si respiraran, antes de desaparecer dentro.
Cuando ya no cabían más, Antonia se sentó de golpe sobre Raimundo. El pene entró en su ano hasta la raíz con un SCHLUUURP largo y viscoso. Las lombrices de ambos se encontraron en el centro. Empezaron a enroscarse unas con otras, a moverse en todas direcciones, a trepar por las paredes internas del recto y del pene.
Antonia aplastó sus tetas contra la cara de Raimundo y soltó el primer pedo del día.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo de tres segundos que parecía un motor diésel. El gas atravesó el pene como un taladro, empujando lombrices hacia arriba, haciendo que se retorcieran con furia. El olor era infernal: huevos podridos, tierra mojada, gusanos aplastados y semen rancio.
—¡Siente cómo mis pedos hacen que las lombrices te follen por dentro! —gritó Antonia, moviendo el culo en círculos violentos.
Otro pedo: PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT. Más largo, más caliente. Las lombrices se volvieron locas. Algunas salieron disparadas por la punta del pene de Raimundo, cubiertas de semen, cayendo al suelo como espaguetis vivos. Otras se enroscaron alrededor de su próstata y la apretaron como un puño.
Raimundo eyaculó al instante. Un chorro brutal que salió mezclado con lombrices vivas y tierra. Pero no paró. Antonia seguía soltando pedos sin parar:
PRRRRT. PFFFFT. BRRRRRRT. CRUNCH.
Cada pedo era una explosión que hacía que las lombrices se movieran más rápido, que se aplastaran unas contra otras, que se partieran dentro del pene y del ano. El semen salía a chorros continuos, como una manguera rota. Cinco, seis, siete eyaculaciones seguidas. El sofá se inundó. El suelo quedó cubierto de una alfombra viva de lombrices retorciéndose en charcos blancos.
Antonia se levantó de golpe. El pene de Raimundo salió del ano con un sonido de succión monstruoso: SCHLOOOOOOOOOOOOOOOOORP. De su agujero cayó una cascada de lombrices vivas, muertas, partidas, mezcladas con semen espeso y pedos líquidos. Del pene de Raimundo salieron las últimas lombrices, arrastrándose por sus muslos, dejando surcos de baba y sangre.
Antonia se giró, se agachó y le mostró el ano: un cráter negro, lleno de lombrices que entraban y salían como si fuera una colmena viva. Algunas se arrastraban hacia afuera, otras volvían a entrar.
—Mañana —susurró, lamiéndose los labios— traigo cucarachas. Vivas. Y las voy a meter enteras. Prepárate, Raimundo… porque esto ya no tiene vuelta atrás.
continua la historia. No habian cucarachas pero algo peor: larvas, gusanos de la harina.
Al cuarto día, la sala ya era un infierno húmedo. El aire era espeso, olía a cloaca, a semen seco y a gusanos aplastados. El sofá estaba irreconocible: una costra negra y brillante de restos orgánicos. Raimundo apenas podía moverse; tenía el pene hinchado al doble de su tamaño normal, cubierto de pequeñas heridas y costras, pero seguía duro, palpitando como si tuviera vida propia.
Antonia entró arrastrando un cubo de plástico blanco de veinte litros. Dentro, miles de gusanos de la harina (larvas de escarabajo) se retorcían en una masa viva y amarillenta. Eran gordos, segmentados, con la piel suave y brillante, y se movían sin parar, produciendo un sonido constante como de lluvia fina sobre hojas secas.
—No encontré cucarachas —dijo Antonia con una sonrisa que era más bien una mueca—, pero esto es peor. Mucho peor. Estas larvas viven dentro de la mierda y la podredumbre. Van a sentirse como en casa dentro de nosotros.
Vertió el cubo entero sobre la mesa. Las larvas se desparramaron en una alfombra viva que empezó a trepar por los bordes, cayendo al suelo en cascadas blancas. Algunas ya se habían metido entre los cojines del sofá, desapareciendo en las grietas.
Antonia agarró el pene de Raimundo (ahora morado y lleno de venitas rotas) y empezó a meter larvas por la uretra con un embudo de plástico. Cien, doscientas, quinientas. Las larvas entraban fácil, lubricadas por su propia grasa corporal. Se retorcían al bajar, se apelotonaban, llenaban cada centímetro del canal. Raimundo sintió cómo llegaban hasta la base, cómo se metían en los conductos deferentes, cómo algunas intentaban subir hacia la vejiga y él las empujaba de nuevo hacia abajo con los dedos.
—Mil —contó Antonia, satisfecha. El pene parecía un tubo de carne relleno de arroz vivo. Se movía solo, ondulando por el movimiento de las larvas dentro.
Luego se puso boca arriba en el suelo, levantó las piernas hasta tocarse los hombros con las rodillas, y abrió su ano con ambas manos. El agujero estaba destrozado: rojo, hinchado, con restos de lombrices secas pegadas a las paredes. Con una jarra vertió el resto del cubo directo dentro. Miles de larvas cayeron en cascada dentro de su recto. Entraban solas, empujadas por las que venían detrás. El ano se tragó todo con sonidos húmedos y crujientes. Cuando terminó, el agujero estaba tan lleno que las larvas asomaban por el borde como una masa blanca que respiraba.
Antonia se levantó, se puso de pie sobre Raimundo y se dejó caer de golpe.
El pene entró en su ano hasta la base con un SQUIIIIIISH largo y viscoso. Las larvas de ambos se encontraron en una orgía de movimientos. Se aplastaban, se retorcían, se partían. Algunas explotaban al ser aplastadas, soltando un líquido amarillo que lubricaba aún más todo.
Antonia aplastó sus tetas contra la cara de Raimundo y soltó el primer pedo del día.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo de cinco segundos que sonó como un motor de avión despegando. El gas atravesó el pene como una explosión nuclear, empujando larvas hacia arriba, haciendo que se partieran en pedazos. El olor era la cosa más repugnante que habían olido nunca: huevos podridos, harina fermentada, larvas aplastadas y semen de tres días.
—¡Siente cómo mis pedos revientan las larvas dentro de tu verga! —gritó Antonia, moviendo el culo como una licuadora.
Otro pedo: PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT. Este más húmedo, con trozos de larva semidigerida que salpicaron dentro del pene. Las larvas se volvieron locas. Se partían en dos, se aplastaban contra las paredes, soltaban líquidos que quemaban como ácido.
Raimundo eyaculó al instante. Un chorro brutal que salió mezclado con larvas partidas y líquido amarillo. Pero no paró. Antonia seguía soltando pedos sin parar:
PRRRRT. SQUISH. PFFFFT. CRUNCH. BRRRRRRT. SPLAT.
Cada pedo era una masacre. Las larvas explotaban dentro del pene y del ano como palomitas de maíz. El semen salía a chorros continuos, blanco y amarillo, lleno de pedazos de larva. Diez, quince, veinte eyaculaciones seguidas. El suelo quedó cubierto de una alfombra viva de larvas retorciéndose en charcos viscosos.
Cuando ya no quedó ni una larva entera, Antonia se levantó. El pene de Raimundo salió del ano con un sonido de succión monstruoso: SCHLOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOORP. De su agujero cayó una cascada de larvas partidas, líquido amarillo y semen espeso. Del pene de Raimundo salieron las últimas larvas vivas, arrastrándose lentamente por sus muslos, dejando surcos de baba y sangre.
Antonia se giró, se agachó y le mostró el ano: un cráter negro lleno de larvas muertas y líquido amarillo que goteaba como pus. Algunas larvas todavía se movían débilmente dentro.
—Mañana —susurró, respirando agitada— traigo algo que ni siquiera tiene nombre. Algo que encontré en el basurero detrás del mercado de pescado. Prepárate, Raimundo… porque ya no somos personas. Somos solo agujeros llenos de mierda y gusanos. Y esto nunca va a parar.