Haz una historia muy asquerosa. Antonia con pelo largo y en pantalones verdes que nunca se quita se sienta en la cara de Raimundo. Antonia tiene esteatopigia, come siempre huevos duros y se tira pedos muy apestosos en la nariz llena de mocos y babosas del Raimundo. Raimundo pego su nariz al culo en pantalon verde de Antonia para siempre. Los pedos de la Antonia hacen que los mocos sean mas apestosos, podridos y esten en estado en descomposicion y se mescla con la baba de las babosas.
Antonia era una mujer imponente, con una melena larga y oscura que le llegaba hasta la cintura, siempre adornada con un lazo verde que combinaba con sus inseparables pantalones verdes de lycra ajustada. Esos pantalones eran su segunda piel; nunca se los quitaba, ni para dormir, ni para bañarse, ni siquiera cuando el sudor y los residuos se acumulaban durante semanas. Su culo era una obra de la naturaleza: esteatopigia pura, dos globos enormes, redondos y firmes que temblaban como gelatina con cada paso, apretados por la tela verde brillante que se hundía en la raja como si quisiera fundirse con ella.
Raimundo, un tipo flaco y obsesionado, había suplicado durante meses que Antonia lo usara de asiento humano. Su nariz era un desastre: siempre congestionada, llena de mocos verdes y espesos que goteaban como miel podrida, y para colmo, tenía babosas viviendo ahí dentro. Sí, babosas reales, viscosas y lentas, que se arrastraban por los orificios nasales dejando rastros de baba transparente y pegajosa. Raimundo las alimentaba con sus propios mocos, y ellas se multiplicaban felices en esa cueva húmeda y cálida.
Un día, Antonia accedió. Se paró frente a él, se giró, y sin decir nada bajó su culo monumental directamente sobre la cara de Raimundo. Los pantalones verdes crujieron al estirarse, y el peso la aplastó contra el suelo. Raimundo jadeó de placer cuando sintió la tela húmeda y caliente pegándose a su nariz. Con un movimiento desesperado, pegó su nariz al centro exacto de la raja, justo donde la lycra verde estaba más manchada y sudada. Usó pegamento industrial para fijarla para siempre. Ahora su nariz era parte del culo de Antonia, un apéndice permanente hundido en esa tela verde que olía a sudor rancio, orina seca y algo mucho peor.
Antonia comía huevos duros todo el día. Desayuno, almuerzo, cena: huevos duros machacados con cáscara y todo, tragados enteros. Su estómago era una fábrica de gases tóxicos. Apenas se sentó, empezó.
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Un pedo largo, húmedo y ensordecedor salió directo del culo de Antonia, filtrándose por la lycra verde y explotando dentro de la nariz de Raimundo. El olor era infernal: huevos podridos, azufre, queso fermentado y algo muerto. Los mocos de Raimundo, que ya eran verdes y viscosos, se revolvieron con el gas. Empezaron a burbujear, a descomponerse en tiempo real. Se volvieron negros, líquidos, con trozos sólidos flotando como en una sopa de pus.
Antonia se rio y se acomodó mejor, aplastando más su culo. Otro pedo. Este fue más corto pero más denso, como si hubiera expulsado una nube de partículas sólidas. Los mocos de Raimundo ahora estaban en plena putrefacción: olían a carne podrida, a pescado muerto, a cloaca abierta. Las babosas, excitadas por el calor y la humedad, empezaron a revolcarse en esa mezcla. Su baba se mezcló con los mocos descompuestos, creando una pasta espesa y amarillenta que goteaba por la cara de Raimundo y se metía en su boca abierta.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Este pedo fue el peor. Duró casi un minuto, vibrando contra la nariz pegada. La lycra verde se infló como un globo y luego se desinfló, empujando el gas directamente a los pulmones de Raimundo. Los mocos ahora eran una masa negra y burbujeante, con gusanos de las babosas naciendo dentro. Las babosas se reproducían a toda velocidad, alimentadas por la descomposición acelerada. Raimundo inhalaba todo: el gas, los mocos podridos, la baba, los huevos no digeridos que salían en trozos con cada pedo.
Antonia nunca se levantó. Siguió comiendo huevos duros encima de él. Los pantalones verdes se volvieron más oscuros con cada día, empapados en sudor, pedos líquidos y la mezcla infernal que salía de la nariz de Raimundo. A veces se mecía, aplastando más, haciendo que la nariz se hundiera centímetros más en la raja.
Raimundo murió feliz, asfixiado por pedos de huevos duros, con su nariz convertida en un nido de babosas y mocos en descomposición eterna, pegada para siempre al culo verde y apestoso de Antonia.
Y ella siguió sentada ahí. Comiendo huevos. Tirándose pedos. Para siempre.
continua la historia. Raimundo desperto y Antonia siguio fusilando la nariz de Raimundo. Raimundo no podia morir pero siempre podra ser el tercer gluteo de Antonia.
Raimundo abrió los ojos de golpe, o al menos intentó abrirlos. Tenía la cara tan aplastada contra el culo de Antonia que sus párpados se pegaban a la lycra verde empapada. No estaba muerto. No podía morir. Algo en aquellos pedos tóxicos, en la mezcla de mocos podridos y baba de babosa, lo había convertido en una cosa inmortal, un ser que solo existía para oler, tragar y sufrir.
Antonia notó el movimiento debajo de ella.
—¿Ya despertaste, mi almohadita? —dijo con voz burlona, mientras masticaba otro huevo duro con cáscara y todo—. Pensé que te había matado con el de anoche, el que duró tres minutos y salió con trocitos de yema fermentada.
Sin esperar respuesta, se acomodó mejor, hundiendo más la nariz de Raimundo en la raja. La lycra estaba tan estirada que se había vuelto casi transparente en el centro, dejando ver la piel morena y sudorosa de debajo, cubierta de una capa brillante de residuos acumulados.
FFFFFFFFFFFRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
Un pedo seco y ardiente salió disparado, como si Antonia hubiera estado guardando munición. El gas quemó las fosas nasales de Raimundo, que ya estaban en carne viva. Los mocos, ahora una pasta negra y espumosa llena de gusanos diminutos (hijos de las babosas), burbujearon violentamente. Las babosas adultas se arrastraron hacia afuera, buscando aire, y se metieron por la boca abierta de Raimundo, dejando estelas de baba que sabían a cloaca y huevo podrido.
Raimundo intentó gritar, pero solo salió un gorgoteo húmedo. Su nariz se había fusionado con la tela. La piel de sus mejillas se había pegado a los pantalones verdes como si fueran una sola cosa. Ya no era una cara: era un bulto deformado, un tercer glúteo que Antonia llevaba puesto todo el día.
Antonia se levantó un momento, solo para girarse y mirarlo. Los pantalones verdes estaban tan sucios que parecían pintados de marrón y amarillo en la parte trasera. Una mancha húmeda y oscura se extendía desde la raja hasta la mitad de los muslos.
—Mira qué lindo te ves —dijo, dándole una palmada al bulto que antes era Raimundo—. Eres mi glúteo extra. El que hace ruiditos cuando me tiro pedos.
Volvió a sentarse, esta vez con más fuerza. El crujido de la lycra fue como un latigazo.
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Este pedo fue tan potente que levantó el culo de Antonia unos centímetros del suelo antes de volver a caer. El gas salió con presión de manguera, inundando la nariz-glúteo de Raimundo. Los mocos se licuaron del todo, convirtiéndose en un río negro que le bajaba por la garganta. Las babosas se ahogaban en su propia baba y renacían más grandes, más gordas, alimentadas por la podredumbre infinita.
Antonia empezó a moverse en círculos, como si estuviera limpiando una silla. Cada giro hacía que la nariz de Raimundo se hundiera más, rasgando la lycra un poco más. Ya se veía un agujero diminuto en el centro, por donde salían burbujas de gas y líquido marrón.
—Voy a seguir así toda la vida —dijo Antonia, tragando otro huevo duro—. Tú eres mi inodoro personal ahora. Mi tercer glúteo con nariz. Y como no puedes morir… vamos a divertirnos mucho.
Y siguió fusilando. Pedo tras pedo. Día tras día. Los pantalones verdes nunca se lavaron. El agujero en la lycra creció hasta que la nariz de Raimundo quedó directamente contra el ano de Antonia, sin tela de por medio. Los pedos ya no se filtraban: entraban directo, crudos, calientes, con trozos de cáscara de huevo y restos de comidas de hace semanas.
Raimundo ya no tenía cara. Solo tenía nariz. Una nariz eterna, inmortal, que olía a huevos podridos y cloaca para siempre, convertida en el tercer glúteo de Antonia, que nunca se levantaría otra vez.
continua la historia.
Los años pasaron. O quizás siglos. El tiempo ya no significaba nada para Raimundo, que seguía siendo el tercer glúteo de Antonia, una protuberancia viva y palpitante pegada justo debajo de su raja.
Los pantalones verdes habían desaparecido por completo. La lycra se deshizo primero en jirones, luego en polvo, dejando solo una costra endurecida de sudor seco, pedos cristalizados y mocos fosilizados que funcionaba como una segunda piel. Debajo, la nariz de Raimundo había crecido. Sí, crecido. Se había hinchado hasta convertirse en una masa carnosa del tamaño de un melón, roja y brillante, con orificios nasales dilatados como túneles. Las babosas eran ahora del tamaño de dedos gordos, viscosas y negras, con caparazones que brillaban como petróleo. Se arrastraban dentro y fuera de los agujeros, alimentándose de la podredumbre infinita.
Antonia ya no caminaba. Se había vuelto tan enorme que su culo ocupaba tres sillas de una vez. Vivía sentada en un trono improvisado hecho de cojines apelmazados y cartones húmedos. Comía huevos duros por docenas. Los compraba en sacos de cien, los pelaba con los dientes y los masticaba con cáscara, yema y todo. Su estómago era un reactor nuclear de gases. Cada pedo era un evento sísmico.
BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT
El pedo de las siete de la mañana. Duraba exactamente dos minutos y medio. Salía caliente como vapor de olla a presión, con olor a huevo podrido, azufre y carne quemada. La nariz-glúteo de Raimundo se inflaba como un globo, luego se desinflaba con un sonido húmedo de succión. Los mocos ya no eran líquidos: eran una pasta negra y pegajosa que se había convertido en una especie de alquitrán vivo. Goteaba lentamente por los lados del trono, formando charcos que nunca se secaban.
A mediodía venía el pedo “especial”. Antonia se ponía de pie (con esfuerzo), se agachaba sobre la cara de Raimundo y soltaba uno directo, sin filtro. Era líquido. Siempre. Una mezcla de jugo de huevo fermentado, bilis y restos de comidas de hace meses. La nariz se llenaba hasta rebosar. Las babosas nadaban felices en ese caldo, poniendo huevos que eclosionaban en minutos.
Por la noche llegaba el “concierto”. Antonia se acostaba boca abajo encima de Raimundo y soltaba pedos cortos y seguidos, como metralleta:
PFT-PFT-PFT-PFT-PFT-PFT-PFT
Cada uno hacía vibrar la nariz-glúteo como un tambor. Los gases se acumulaban dentro hasta que la presión era insoportable. Entonces explotaba un moco gigante, negro y con olor a cadáver, que salía disparado como un proyectil y se pegaba al techo. Nunca lo limpiaban. El techo estaba cubierto de costras secas de mocos antiguos, como estalactitas de cloaca.
Antonia hablaba con su tercer glúteo como si fuera una mascota.
—¿Tienes hambre, mi naricita? —decía mientras masticaba otro huevo—. Te voy a dar el postre.
Y soltaba un pedo tan denso que parecía sólido. Dentro llevaba trozos de cáscara, plumas de pollo que había comido por error y algo que parecía carne descompuesta. Todo eso entraba directo en los pulmones de Raimundo, que ya no respiraba aire: respiraba pedos. Solo pedos.
Una vez al año, Antonia celebraba el “aniversario de la unión”. Se ponía de pie, separaba sus nalgas gigantescas y miraba la nariz-glúteo con orgullo.
—Mira cómo has crecido —susurraba—. Eres más grande que mis propios cachetes.
Luego se sentaba de golpe. El impacto hacía temblar el suelo. Y soltaba el pedo del año: uno que duraba diez minutos sin parar, un río interminable de gas tóxico que llenaba la habitación hasta que las paredes sudaban olor a huevo podrido. Las babosas organizaban una fiesta dentro de la nariz, reproduciéndose en orgías viscosas.
Raimundo ya no tenía pensamientos. Solo sensaciones. Calor. Presión. Olor. El olor era todo. El olor era su universo. Un universo de huevos duros podridos, pedos eternos y mocos en descomposición.
Y Antonia seguía sentada. Comiendo. Tirándose pedos. Engordando.
Para siempre.
Porque Raimundo no podía morir.
Y ella nunca se levantaría.