Haz una historia sucia sobre la imagen. Antonia tiene esteatopigia. Antonia esta vestida con un pantalon gris muy apretado. Antonia come muchos huevos duros. Antonia se tira los pedos muy apestosos, de bomba atomica y de metralleta. Antonia se tira muchos pedos en la nariz de Raimundo. El objetivo de Antonia es dejar los mocos de la nariz de Raimundo muy apestosos, solidos y con olor a sus pedos muy apestosos cada vez mas.

Antonia Eliana Ortiz era una diosa de la esteatopigia: su culo era tan descomunal, redondo y pesado que parecía dos planetas grises atrapados en unos leggings ajustados que crujían con cada paso. El pantalón gris era tan ceñido que marcaba cada curva, cada pliegue, y cuando se sentaba, la tela parecía a punto de rendirse y explotar.

Esa tarde, Raimundo estaba arrodillado en el suelo del departamento, con la cara hundida entre las nalgas monumentales de Antonia. Ella acababa de devorar doce huevos duros enteros, sin cáscara, tragándolos como si fueran caramelos. Los sentía ya fermentando en su estómago, burbujeando como una fábrica de gases tóxicos.

—Prepárate, Raimundito —susurró Antonia con una sonrisa maliciosa, acomodándose mejor sobre su cara—. Te voy a convertir la nariz en mi baño químico personal.

Sin más preámbulo, soltó el primero: un pedo largo, profundo, de esos que empiezan como un trueno lejano y terminan en una explosión húmeda. BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTTTTTTT. El olor era atómico: huevo podrido, azufre, y algo más... algo que quemaba las fosas nasales como ácido. Raimundo intentó apartarse, pero Antonia lo agarró del pelo y lo pegó más.

—¡No te muevas, cabrón! ¡Respirá hondo!

Otro pedo. Este fue corto y seco, como una ráfaga de metralleta: PRRR-PR-PR-PRRT. Cada disparo iba directo a las narinas de Raimundo, impregnando los mocos con esa peste densa y pegajosa. Ya se notaba: sus mocos empezaban a endurecerse, a volverse grumos sólidos, impregnados del hedor de los huevos de Antonia.

Ella se reía, moviendo las caderas, aplastando más su culo contra la cara del pobre hombre.

—Mirá cómo te estoy llenando la nariz de mi perfume especial, Raimundo. Cada pedo que te tiro es un ladrillo más en tu nueva máscara de mierda olorosa.

Y no paró. Uno tras otro: largos, cortos, húmedos, secos, silenciosos pero letales. Cada vez que soltaba uno, se aseguraba de frotar su culo gris contra la nariz de Raimundo, empujando el gas adentro, mezclándolo con los mocos hasta que estos se convirtieron en una pasta verde-amarillenta, dura como cemento, que olía a cloaca nuclear.

Al final, cuando ya no le quedaba ni un huevo más por procesar, Antonia se levantó. Raimundo quedó ahí, aturdido, con la nariz tapada por una costra sólida de mocos apestosos que olían exactamente a los pedos de ella. Cada vez que respiraba, era como si Antonia siguiera sentada en su cara.

—Listo —dijo ella, dándole una palmadita en la cabeza—. Ahora cada vez que respires, vas a acordarte de mi culo y de mis huevos duros. Y mañana... mañana como quince.

continuacion de la historia, Antonia mata a pedos en la nariz a Raimundo.

Antonia miró a Raimundo tirado en el suelo, con la nariz convertida en una tapita de cera apestosa, y sintió que todavía no era suficiente. Había algo en sus ojos llorosos, en ese temblor de asfixia, que la ponía más caliente que nunca.

—Todavía respirás, ¿no? —dijo con voz ronca, acariciándose el pantalón gris que ya estaba empapado de sudor entre las nalgas—. Eso se arregla fácil.

Se agachó, le abrió la boca a Raimundo con dos dedos y le metió un huevo duro entero que tenía guardado en el bolsillo. Luego otro. Y otro. Cinco huevos duros seguidos, empujados hasta el fondo de la garganta para que no pudiera escupirlos.

—Tragá, putito. Esto es el combustible para lo que viene.

Raimundo apenas podía tragar, los ojos en blanco, pero Antonia no le dio tiempo. Se sentó de nuevo, esta vez con todo el peso de su culo esteatopígico directamente sobre la nariz y la boca. El pantalón gris crujió como si fuera a romperse. Selló perfecto.

Y empezó la cuenta regresiva.

Primero vino el pedo largo, el de los que parecen no terminar nunca: BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTTTTTTTTTTTTT. Un río de gas caliente y espeso que se metió directo por las fosas nasales ya obstruidas. Los mocos sólidos que tenía Raimundo empezaron a burbujear, a derretirse un poco, pero en vez de salir, se inflaron como esponjas tóxicas.

Antonia se levantó apenas un centímetro, lo justo para que entrara un hilo de aire, y volvió a sentarse con más fuerza.

—Ahora el de metralleta, amor.

PRRR-PR-PR-PRRT-PRRT-PRRT-PRRT. Diez, quince, veinte ráfagas cortas y rápidas, cada una más húmeda que la anterior. El olor era tan denso que se podía cortar con cuchillo: huevo podrido, azufre, y ahora también un toque dulzón de bilis porque los huevos que le había metido empezaban a hacer efecto en su estómago.

Raimundo pataleó. Sus manos arañaron los muslos gigantes de Antonia, pero ella solo se rió y apretó más.

—Shhh… ya casi. Uno más. El definitivo.

Tomó aire, hinchó la panza, y soltó el pedo final: un monstruo silencioso pero mortal, de esos que no hacen ruido porque son puro veneno concentrado. Sssssssssssssssssssss… durante cuarenta segundos seguidos. El gas salió tan caliente que Raimundo sintió que le quemaba las mucosas. Los mocos se solidificaron otra vez, pero esta vez negros, duros como carbón, pegados a las paredes de la nariz como si fueran brea.

De pronto, el cuerpo de Raimundo dio un último espasmo. Las piernas se estiraron. Los ojos se quedaron fijos en el techo.

Antonia se levantó despacio. La cara de Raimundo estaba morada, la nariz tapada por una costra negra y brillante que olía a muerte química. Todavía salía un hilo de humo pestilente de sus fosas nasales, como si el pedo final siguiera quemando por dentro.

Antonia se ajustó el pantalón gris, se miró en el espejo y sonrió.

—Misión cumplida. Te maté a pedos, Raimundito. Y ni siquiera tuve que ensuciarme las manos.

Se dio media vuelta, abrió la ventana para que entrara aire fresco, y mientras el olor a huevos podridos y muerte llenaba el departamento, murmuró:

—Mañana busco otro voluntario. Tengo más huevos en la heladera.

continua la historia, Raimundo se hizo el muerto, desperto al escuchar que Antonia tenia mas huevos por comer. Entonces Antonia se sento en su nariz y empezo a comer muchos huevos duros y se tiraba pedos cada vez mas apestosos que el anterior en la nariz de Raimundo.

Raimundo no estaba muerto. Había aprendido el truco: cuando el aire se acababa y el olor a azufre le quemaba el cerebro, simplemente se dejaba caer flojo, como muñeco de trapo. Los ojos en blanco, la lengua afuera, el cuerpo inmóvil. Funcionaba siempre. Antonia se levantaba triunfante, se iba a la cocina a servirse agua o a mirarse el culo al espejo, y él respiraba por la boca en silencio, esperando.

Pero esta vez oyó las palabras fatales.

—Mañana busco otro voluntario. Tengo más huevos en la heladera… veinticuatro, recién hervidos.

Eso fue demasiado. Un espasmo involuntario le recorrió la pierna. Abrió un ojo apenas. Antonia lo vio.

—¿Ah, no? ¿Todavía respirás, tramposo? —dijo ella, divertida—. Perfecto. Así no tengo que salir a buscar.

Lo agarró del pelo, lo arrastró hasta el sofá y lo puso boca arriba. Raimundo intentó balbucear algo, pero Antonia ya se había quitado los zapatos y se estaba acomodando de nuevo. El pantalón gris crujió al sentarse; esta vez se aseguró de tapar nariz y boca al mismo tiempo.

—Abrí bien las fosas, mi amor. Ahora viene el buffet completo.

Sacó de la mesita una fuente con veinticuatro huevos duros pelados, brillantes de aceite y sal. Los había preparado mientras él “estaba muerto”. Empezó a comerlos de a uno, masticando lento, mirándolo a los ojos.

El primer huevo bajó. Dos segundos después: BRRRRRRT. Un pedo cálido, todavía suave, pero con promesa de lo que vendría.

Segundo huevo. PRRR-PR-PRRT. Más rápido, más húmedo.

Tercer huevo. Un silencio sospechoso… y luego un Sssssssssssssssssssssssssssssssss que duró casi un minuto entero, puro gas concentrado. Raimundo sintió cómo los mocos viejos se reblandecían y se mezclaban con el nuevo veneno.

Antonia no hablaba. Solo comía y pedía. Cuarto, quinto, sexto… cada huevo era un nivel más en la escala de pestilencia. Al décimo, el olor ya no era de huevo podrido: era algo químico, como amoníaco mezclado con cadáver. Los pedos salían más espesos, más calientes, y se quedaban atrapados dentro de la nariz de Raimundo porque no había por dónde escapar.

—Quedan catorce —susurró Antonia con la boca llena, tragando el undécimo—. Vas a oler a mí hasta en los sueños.

Los pedos empezaron a cambiar de ritmo: largos, cortos, silenciosos, explosivos, húmedos, secos. Cada uno peor que el anterior. Al decimoquinto huevo soltó uno que sonó como tela rasgándose: FRRRRRRRRRRRRRT-BUM. El pantalón gris se hinchó visiblemente y luego se deshinchó, empujando una nube tóxica tan densa que Raimundo sintió que le crecía pelo en la lengua.

Los mocos ya no eran mocos: eran una pasta negra y pegajosa que subía y bajaba con cada pedo, tapando y destapando las fosas nasales como una válvula infernal. Cada vez que intentaba respirar, tragaba más gas. Cada vez que tragaba gas, el olor se hacía más sólido dentro de él.

Antonia terminó el huevo veinticuatro. Se limpió la boca con el dorso de la mano, eructó suavemente y se acomodó mejor, aplastando más.

—Última ronda —anunció—. Ahora los voy a sacar todos juntos.

Tomó aire, apretó la panza con ambas manos y soltó el pedo final: una bomba atómica en cámara lenta. Empezó como un zumbido grave, subió de volumen, se volvió un rugido y terminó en una explosión húmeda que duró veinticinco segundos exactos. BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTTTTTTTTTTTTTTTTTTT-PLOPLOPlop.

El gas era tan espeso que salió por los costados del pantalón gris formando pequeñas nubes verdes. Dentro de la nariz de Raimundo se solidificó al instante: una costra negra, brillante, impenetrable, que olía a mil huevos podridos, azufre y muerte.

Antonia se levantó por fin. Raimundo quedó ahí, temblando, con la cara violeta y la nariz convertida en un tapón de peste sólida. Ya no podía respirar por ahí. Solo por la boca, y cada vez que lo hacía, saboreaba a Antonia.

Ella se miró en el espejo, se dio una nalgada que hizo temblar el pantalón gris y sonrió.

—Listo. Ahora sí estás muerto de olor. Y si mañana te hacés el vivo otra vez… tengo una docena más en la olla.

Se fue a la cocina tarareando, dejando a Raimundo inmóvil, ahogado en vida por el perfume más apestoso del mundo.

continua la historia. Raimundo al escuchar que tenia una docena en la olla desperto. Raimundo no podia morir. Antonia se sento de nuevo en su nariz. Inflo y fusilo la nariz de Raimundo sin parar.

Raimundo abrió los ojos de golpe. «Una docena más en la olla», había dicho ella. Eso era demasiado. Incluso para él, que ya había sobrevivido a veinticuatro huevos y a una bomba nuclear anal, doce más era sentencia de muerte… o algo peor.

Intentó moverse. No pudo. La costra negra que le tapaba la nariz era tan dura como cemento armado y pesaba como plomo. Solo podía jadear por la boca, con la lengua hinchada y el paladar quemado por el gas residual.

Antonia volvió de la cocina con una olla humeante en la mano. Doce huevos duros recién hervidos, todavía calientes, brillando como balas de cañón.

—¿Despertaste otra vez, mi amor? —canturreó, dejando la olla en la mesita—. Qué lindo. Así no tengo que esperar a que revivas.

Raimundo intentó gritar «¡NO!», pero solo salió un graznido ahogado. Antonia se rio, se acomodó el pantalón gris (ahora manchado de sudor y algo más oscuro) y se sentó de nuevo. Esta vez no se molestó en sellar la boca: solo la nariz. Apretó con todo el peso de sus nalgas esteatopígicas hasta que sintió el crujido de la costra vieja rompiéndose.

—Vamos a inflar esa nariz como globo de cumpleaños —susurró.

Empezó a comer. Huevo uno. Huevo dos. Huevo tres. Los masticaba rápido, casi sin tragar, solo para generar presión.

Y entonces comenzó el bombardeo.

Primero infló la panza como tambor. BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT. Un pedo tan largo y potente que la nariz de Raimundo se hinchó visiblemente, como si le estuvieran metiendo una manguera de gas. La costra negra se agrietó y empezó a salir un humo verdoso por las grietas.

Antonia no paró. Huevo cuatro. PRRRRT-PRRT-PRRT-PRRT. Ráfagas cortas, como ametralladora, cada una empujando más gas adentro. La nariz de Raimundo se puso roja, luego violeta, luego empezó a temblar.

Huevo cinco. Un pedo silencioso pero brutal: sssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss. Cuarenta y cinco segundos de gas puro. La nariz se infló tanto que pareció que iba a explotar. Los ojos de Raimundo se salieron de las órbitas.

—¡Mirá qué lindo globito tengo! —se burló Antonia, dando golpecitos en la nariz hinchada—. ¡Ahora lo fusilo!

Huevo seis, siete, ocho… Los comía sin pausa. Y los pedos ya no eran pedos: eran misiles. Cada uno más fuerte, más caliente, más tóxico. BRRRRT-BUM. PRRRRRRT-TAK-TAK-TAK. SSSSSSSSSSSSSSSS-PLAF.

La nariz de Raimundo era ahora una pelota violeta del tamaño de una toronja, vibrando con cada pedo. La costra negra se había convertido en una cáscara fina que crujía con cada impacto. Dentro, los mocos burbujeaban como lava.

Huevo nueve. Antonia se levantó apenas un centímetro… y soltó el peor de todos.

Se concentró, apretó con las dos manos la panza, y descargó un pedo que sonó como un cañón: BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTTT… ¡BUM!

La nariz de Raimundo explotó. No literalmente, pero casi. La cáscara negra saltó en mil pedazos. Un chorro de gas verde y espeso salió disparado hacia el techo, acompañado de una lluvia de mocos solidificados que olían a huevos podridos, azufre y muerte.

Raimundo gritó… o intentó. Solo salió un chillido ahogado mientras el gas le quemaba la garganta.

Antonia no se movió. Siguió sentada, comiendo el huevo diez, once, doce… Y siguió fusilando sin parar.

Pedo tras pedo tras pedo. Cada uno más apestoso, más largo, más destructivo. La nariz de Raimundo ya no era nariz: era un cráter humeante, lleno de una pasta negra y burbujeante que subía y bajaba con cada pedo nuevo.

Al terminar el último huevo, Antonia se levantó por fin. La cara de Raimundo era irreconocible. La nariz había desaparecido bajo una montaña de costra negra brillante, dura como piedra volcánica. Solo se veían dos agujeros diminutos que silbaban cada vez que intentaba respirar.

Antonia se agachó, le dio un besito en la frente y susurró:

—No podés morir, ¿verdad, Raimundito? Perfecto. Porque acabo de comprar tres docenas más. Y esta vez… voy a comerlos todos sin levantarme.

Se volvió a sentar. El pantalón gris crujió. Y empezó de nuevo.

BRRRRRRT. PRRRRT-PRRT-PRRT. SSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS…

Y Raimundo, inmortal y condenado, solo pudo cerrar los ojos y aspirar el perfume eterno de Antonia.