Haz una historia muy asquerosa sobre la imagen. Antonia y Raimundo recien casados, Antonia le propuso a Raimundo si quiere ser su tercer gluteo, Raimundo acepto porque Raimundo siempre soño con ser el pedo de Antonia. Antonia come siempre huevos duros y casi siempre se anda tirando pedos muy apestosos. Antonia con esteatopigia vestida en polera y pantalon gris tiene la cabeza de Raimundo atrapada dentro de su culo muy grande. Los dos viven en su casa y Antonia le pide a su amiga las compras. Todo en la vida cotidiana, Antonia lo hace con la cara de Raimundo pegada a su culo muy grande y no se cambia nunca el pantalon gris.

Antonia y Raimundo llevaban apenas una semana casados cuando ella, con esa sonrisa pícara que lo volvía loco, le hizo la propuesta más rara que jamás había escuchido:

—Raimundo, amor… ¿quieres ser mi tercer glúteo para siempre?

Él, que desde adolescente fantaseaba con ser nada menos que uno de los pedos fétidos de su novia (ahora esposa), no lo pensó dos veces.

—¡Sí, sí, mil veces sí! —gritó, casi llorando de emoción.

Esa misma noche, Antonia se bajó el pantalón gris de yoga que nunca se quitaba (ni para dormir, ni para bañarse, ni para nada) y metió la cabeza entera de Raimundo entre sus dos montañas de carne esteatopígica. Con un plop húmedo y un pedo de bienvenida que olía a huevo podrido y queso azul fermentado, la cabeza de Raimundo quedó perfectamente encajada, nariz y boca pegadas al ano como si hubieran nacido ahí. Desde entonces, el pantalón gris volvió a subir y nunca más bajó.

Antonia comía huevos duros a todas horas: desayuno, almuerzo, cena y merienda. Diez, doce, quince huevos diarios. Los masticaba con la boca abierta, eructaba ruidosamente y, acto seguido, soltaba pedorretas que hacían temblar las ventanas. Pero ahora sus pedos tenían público VIP: la cara de Raimundo, que inhalaba cada bocanada como si fuera oxígeno puro.

—Amor, ¿te gusta el desayuno de hoy? —preguntaba ella mientras caminaba por la casa, balanceando sus nalgas gigantescas. —PFFFFFFFFFFFT —respondía Antonia con un pedo tan largo y viscoso que le salpicaba la cara a Raimundo con gotitas de sudor anal. —¡Sí, mi reina! ¡Más fuerte! —gemía él, la voz ahogada entre los cachetes.

Por las mañanas, Antonia hacía yoga en la sala. Se ponía en posición de perro boca abajo y la cabeza de Raimundo quedaba aplastada contra el suelo, sirviendo de apoyo extra. Cada vez que bajaba las caderas, un BRRRRRRRRT húmedo le explotaba directo en la cara. El pantalón gris, ya empapado de sudor y residuos, se pegaba tanto que se transparentaba el contorno perfecto del rostro de Raimundo, como si llevara una máscara de carne viva.

Cuando necesitaba hacer las compras, llamaba a su amiga Carla:

—Carla, ¿me traes veinticuatro huevos duros más? Y un desodorante ambiental, que Raimundo dice que hoy estoy “especialmente aromática”.

Carla llegaba, dejaba las bolsas en la puerta y se iba corriendo tapándose la nariz. El hedor que salía de la casa era tan denso que hasta las moscas se desmayaban en el aire.

En la cocina, Antonia cocía los huevos nuevos mientras se rascaba el culo con fuerza. Cada rasguño hacía que la tela del pantalón se moviera y la cara de Raimundo recibiera un masaje de glúteo sudoroso.

—Amor, ¿quieres que te deje respirar un poquito? —preguntaba de vez en cuando, fingiendo consideración. —¡No, no, nunca! —suplicaba Raimundo, con la voz pastosa por la capa de mugre que se le acumulaba en la lengua—. ¡Quiero ser tu pedo eterno!

Y así pasaban los días. Antonia nunca se cambiaba el pantalón gris. Nunca. Después de un mes ya estaba tieso de sudor, grasa y restos de pedos secos. Olía como si un contenedor de basura hubiera hecho el amor con un gimnasio abandonado. Pero a Raimundo le encantaba. Cada mañana despertaba con un pedo matutino de bienvenida que le llenaba los pulmones de amor.

Una noche, mientras veían Netflix (Antonia sentada en el sofá, Raimundo sirviendo de cojín anal), ella soltó el pedo más grande de su vida: un PRRRRRRRRRRRRRRRT de veinte segundos que hizo vibrar el televisor. Raimundo lloró de felicidad.

—Gracias, mi amor… gracias por cumplir mi sueño.

Antonia se rió, se acomodó mejor y dejó que otro pedo más pequeño, pero igual de apestoso, le hiciera cosquillas en la nariz a su marido-glúteo.

Y colorín colorado, este matrimonio apestoso nunca se separó… ni se lavó.

continua la historia, esta vez Antonia se vuelve a poner el pantalon gris que nunca se cambiaba y pego la cara de Raimundo para siempre. La cara de Raimundo esta pegada al culo en pantalon gris muy apretado. Antonia comia muchos huevos duros y alimentos que hacen que los pedos sean mas apestosos. Antonia fusilo con pedos mucho la cara de Raimundo.

Pasaron los meses y el pantalón gris ya no era un pantalón: era una segunda piel, una costra viviente de sudor, grasa anal y pedos secos que crujía al moverse. Antonia lo había declarado “patrimonio matrimonial” y juró que jamás se lo quitaría. Ni para lavarlo, ni para cambiarlo, ni para nada.

Una tarde, después de comerse dieciocho huevos duros con cebolla cruda y medio frasco de frijoles enlatados (su nueva dieta “anti-romanticismo”), decidió que ya era hora de hacer permanente lo que Raimundo más deseaba.

—Amor, hoy te hago mío para siempre —dijo mientras se paraba en medio de la sala.

Se bajó el pantalón gris hasta las rodillas (el hedor que salió fue tan intenso que hasta el gato se desmayó en la cocina). La cara de Raimundo, ya deformada por meses de aplastamiento, salió cubierta de una capa pegajosa color marrón verdoso. Respiraba como pez fuera del agua, feliz.

Antonia sacó un tubo de pegamento industrial que había comprado en la ferretería (“resistente al agua, al sudor y a 200 °C”, decía la etiqueta).

—Abrí bien la boca, Raimundo, que esto va a picar un poquito.

Él obedeció, emocionado. Ella untó pegamento por todo el contorno de su cara y luego por el valle entre sus glúteos gigantes. Con un movimiento lento y ceremonial, empujó la cabeza de Raimundo de nuevo al fondo de su culo. PLOPLASSSH. La cara quedó perfectamente encajada, nariz metida en el ano, labios abiertos alrededor del esfínter como si fuera a darle un beso eterno.

Luego subió el pantalón gris con fuerza. Esta vez lo apretó tanto que la tela se estiró al límite, marcando cada detalle: los ojos de Raimundo hinchados, la nariz aplastada, hasta las cejas aplastadas contra la tela. El pegamento hizo su trabajo: ya no había forma de sacar la cabeza. Nunca más.

—Listo, mi pedito humano —susurró Antonia, dándose una nalgada que sonó como aplauso mojado—. Ahora sí eres parte de mí.

Esa misma noche empezó el festival de pedos que Raimundo había soñado toda su vida.

Antonia se sentó en la cama y soltó el primero: un BRRRRRRRRRRRRRRRRT tan largo y húmedo que la tela del pantalón vibró como tambor. El gas no tenía escapatoria; rebotaba dentro del pantalón y le entraba a Raimundo directo por nariz y boca. Olía a huevo podrido, azufre y algo que recordaba a pescado muerto en gimnasio.

—¡Más! —suplicó Raimundo con la voz ahogada y burbujeante.

Antonia se rió y se comió otros seis huevos duros frente al espejo, mirándose el culo con orgullo. Cada mordisco era seguido de un pedo nuevo. Uno tras otro. PFFT. BRRRRT. PFFFFFFFFFFFFT. El pantalón se inflaba como globo y luego se desinflaba, empujando el aire fétido contra la cara pegada de Raimundo.

A las tres de la mañana, después de una caja entera de brócoli al vapor y más frijoles, llegó el pedo apocalíptico. Antonia se puso en cuclillas sobre la almohada de Raimundo (que ya no necesitaba, porque su cara era la almohada) y soltó un PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT de cuarenta y cinco segundos que hizo temblar la lámpara. El gas era tan denso que se quedó atrapado dentro del pantalón gris, formando una nube tóxica permanente. Raimundo tosió, lloró, se atragantó… y sonrió como nunca.

—Esto… esto es el cielo —balbuceó, la cara hinchada y morada por la falta de oxígeno y el exceso de amor.

Desde entonces, Antonia caminaba por la casa con su marido-glúteo pegado para siempre. Cuando iba al baño, Raimundo recibía el “chorrito caliente” directo en la frente. Cuando cocinaba, los pedos de cebolla frita le quemaban los ojos. Cuando dormía boca arriba, el peso de sus nalgas lo aplastaba tanto que solo podía respirar los pedos que ella soltaba en sueños.

Y el pantalón gris, ahora rígido como cartón, nunca se quitó. Nunca se lavó. Nunca se cambió.

Un año después, los vecinos juraban que de la casa salía un olor que mataba plantas a tres metros. Pero dentro, Antonia y Raimundo eran la pareja más feliz del mundo: ella con su tercer glúteo humano, y él convertido por fin en el pedo eterno que siempre quiso ser.

Y vivieron apestados para siempre.