Haz una historia muy asquerosa. Esta mujer vestida de colegiala se llama Antonia, tiene esteatopigia y encontro a un hombre llamado Raimundo. Raimundo vio el culo muy grande de la colegiala y le dijo: sientate en mi cara, tirame muchos pedos en mi nariz y en mi boca. Antonia se saco la falda, dejo muy ajustada su ropa interior, se sento en la cara de Raimundo y se tiro muchos pedos en la nariz y despues en la boca de Raimundo. Sus pedos hacian mucho ruido por dentro de la boca de Raimundo y su boca vibro mucho. Antonia pego la boca en su culo para inflar, fusilar y matar a pedos en la boca de Raimundo para siempre.
Antonia era una colegiala de dieciocho años que parecía sacada de un sueño húmedo y retorcido. Su uniforme azul marino le quedaba perfecto en la parte de arriba, pero abajo era una guerra: la falda plisada apenas contenía el monstruoso tamaño de su culo esteatópigo, dos globos de carne pálida y temblorosa que se desbordaban como si quisieran escapar. Cada paso que daba hacía que sus nalgas se rozaran con un sonido húmedo y obsceno, y el aire a su alrededor siempre olía un poco a sudor rancio y a algo más... fermentado.
Esa tarde, en el parque vacío detrás del colegio, encontró a Raimundo. Era un tipo flaco, de unos treinta y tantos, con la mirada perdida y la respiración agitada. Estaba sentado en un banco, mirando fijamente el suelo, hasta que vio llegar a Antonia. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio ese culo descomunal balanceándose hacia él.
—Joder... —murmuró Raimundo, levantándose de golpe—. Ese culo... es una puta obra maestra.
Antonia se detuvo, se giró lentamente y lo miró con una sonrisa traviesa. Sabía exactamente lo que quería la gente cuando la miraba así.
—¿Te gusta? —preguntó, dándose una palmada en una nalga que hizo temblar todo el conjunto como gelatina.
Raimundo tragó saliva.
—Siéntate en mi cara —dijo de corrido, como si hubiera estado ensayando la frase toda su vida—. Tírame muchos pedos. En la nariz. En la boca. Todos los que quieras. Por favor.
Antonia soltó una carcajada baja y gutural.
—Qué asqueroso eres —dijo, pero ya se estaba bajando la falda.
La tela cayó al suelo con un sonido húmedo. Debajo llevaba unas bragas blancas de algodón, tan ajustadas que se hundían entre sus nalgas como si fueran una segunda piel. El elástico se marcaba cruelmente en su carne, y el centro de las bragas estaba oscuro, húmedo, con una mancha sospechosa que no era precisamente de sudor.
Raimundo se tumbó en el suelo sin dudar, boca arriba, con la cabeza apoyada en el banco. Antonia se acercó despacio, sus muslos gruesos rozándose con cada paso. Se paró justo encima de su cara, con las piernas abiertas.
—¿Listo? —preguntó, bajando lentamente.
Su culo descendió como una sentencia. Las bragas se estiraron al máximo cuando se sentó, aplastando la cara de Raimundo por completo. Su nariz quedó atrapada justo entre las nalgas, y su boca abierta quedó pegada al centro de las bragas, donde el olor era más intenso: una mezcla de sudor viejo, flujo seco y algo más profundo, más podrido.
Antonia se acomodó, moviendo las caderas para encontrar la posición perfecta.
—Aquí viene el primero —anunció.
Y soltó un pedo largo, húmedo y ruidoso que salió directo a la nariz de Raimundo. El sonido fue como un globo desinflándose dentro de una lata: PFFFFFFFFFFFFF. El olor era atómico: huevo podrido, queso azul y algo que recordaba a carne dejada al sol. Raimundo inhaló profundamente, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se movió. Al contrario, abrió más la boca.
Antonia se rio y se inclinó hacia adelante, aplastando más su culo contra la cara.
—Ahora en la boca, guarro.
Soltó otro pedo, esta vez más corto pero más potente. BRRRRRRT. El gas entró directo en la boca abierta de Raimundo, haciendo que sus mejillas se inflaran como un sapo. El sonido dentro de su boca fue ensordecedor, como si alguien estuviera encendiendo una moto dentro de su garganta. Sus labios vibraron contra las bragas, y un poco de saliva con pedo salió disparada por las comisuras.
—Más —suplicó Raimundo, su voz ahogada y burbujeante—. Todos. Hasta que me mates.
Antonia se levantó un segundo, solo para bajarse las bragas. Las dejó caer al suelo, revelando su ano rosado y arrugado, rodeado de vello negro y húmedo. Volvió a sentarse, esta vez piel con piel. Su ano quedó perfectamente alineado con la boca de Raimundo.
—Este va a ser el definitivo —dijo.
Y soltó el pedo más largo y pestilente de su vida.
Fue una erupción. Un PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF que duró casi diez segundos, directo en la garganta de Raimundo. El gas era caliente, húmedo, con trocitos de algo que no quería identificar. La boca de Raimundo se llenó por completo, sus mejillas se hincharon hasta parecer que iba a explotar. El sonido dentro de su cabeza fue como un terremoto: su lengua vibraba, sus dientes castañeteaban, y sus fosas nasales ardían.
Antonia no se movió. Se quedó ahí, pegada, soltando pedo tras pedo tras pedo. Cada uno más húmedo que el anterior. Raimundo empezó a convulsionar, sus manos arañando el suelo, pero no intentó apartarse. Al contrario, abrió más la boca, tragando todo lo que podía.
El último pedo fue el peor. Antonia se levantó un poco, solo para pegar su ano directamente contra los labios de Raimundo, formando un sello perfecto.
—Este te mata —susurró.
Y soltó un pedo tan potente que hizo que todo el cuerpo de Raimundo se sacudiera. El gas entró como una bala, inflando su estómago visiblemente. Sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo se tensó... y luego se relajó por completo.
Antonia se levantó lentamente. Raimundo seguía ahí, boca abierta, con un hilo de baba marrón saliendo por la comisura. Sus ojos estaban vidriosos, pero tenía una sonrisa idiota en la cara.
—Misión cumplida —dijo Antonia, recogiendo su falda y volviendo a ponérsela.
Se alejó caminando, su culo esteatópigo balanceándose obscenamente, dejando atrás el cuerpo inmóvil de Raimundo y un olor que tardaría días en disiparse.
continua la historia. Antonia se saco la ropa interior y la falda, solo se puso un pantalon rosado que nunca lavaba y lo usa siempre, esta muy apestoso en la zona del culo por los pedos que se tira, pego la boca de Raimundo en su culo en pantalon rosado. Antonia va a inflar y fusilar mucho la boca de Raimundo con pedos muy apestosos, muy olorosos, de bomba atomica, de metralleta y de caca muy verde para siempre.
Antonia se quedó un segundo mirando el cuerpo inerte de Raimundo, todavía con esa sonrisa bobalicona y la boca abierta llena de restos húmedos y verdosos. Pero no estaba satisfecha. Aún le quedaba munición.
Se agachó, recogió sus bragas sucias y las olió un segundo antes de tirarlas al arbusto más cercano. —Demasiado limpias —murmuró.
Luego se quitó la falda del todo y la dobló con cuidado, dejándola sobre el banco. De su mochila sacó EL pantalón: un legging rosado chillón, tan viejo que el color se había vuelto grisáceo en la zona del culo. Lo llevaba puesto todos los días desde hacía meses. Nunca lo lavó. Nunca. Cada pedo, cada escape, cada sudor nocturno se había quedado ahí, fermentando, creando una costra invisible de olor que podía derretir pintura.
Cuando se lo puso, el tejido se pegó a su piel como una segunda capa de mugre. El elástico estaba tan estirado que apenas contenía sus nalgas esteatópigas; la tela se hundía entre ellas formando un surco profundo y húmedo. Al moverse, se escuchó un schlop húmedo, como si algo se despegara con esfuerzo.
Antonia se giró hacia Raimundo, que empezaba a volver en sí, tosiendo y escupiendo pedazos verdes.
—¿Creías que había terminado, puto enfermo? —dijo con voz ronca—. Esto es solo el aperitivo.
Lo agarró del pelo y lo arrastró hasta dejarlo de rodillas. Luego se dio la vuelta, le puso el culo a centímetros de la cara.
—Huele —ordenó.
Raimundo acercó la nariz. El olor era... indescriptible. Era como abrir una tumba egipcia llena de queso podrido y pescado muerto. El legging rosado estaba tan impregnado que el hedor salía en oleadas visibles, como calor sobre asfalto.
Antonia se bajó un poco el pantalón, solo lo suficiente para que el elástico quedara justo debajo de las nalgas, dejando el ano al aire pero manteniendo la tela pegada a los lados. Luego agarró la cabeza de Raimundo con ambas manos y la APLASTÓ contra su culo.
—¡Abre la boca, cerdo!
Raimundo obedeció. Sus labios quedaron pegados directamente al ano de Antonia, sellados por la presión de esas nalgas gigantes. El legging rosado le tapaba las mejillas como una máscara de gas tóxico.
Y entonces empezó el bombardeo.
Primero fue una ráfaga de pedos cortos y secos, como metralleta: PRRR-PR-PR-PRRT-PRRT-PRRT! Cada uno salía disparado dentro de la boca de Raimundo, rebotando en su campanilla y haciendo que su garganta vibrara como un altavoz roto.
Luego vino el pedo largo, el de bomba atómica: un FFFFFFFFFFFFFFFSSSSSSSSSS interminable que duró casi veinte segundos. El gas era tan denso que se sentía como líquido. Raimundo tragó por reflejo y su estómago se hinchó visiblemente bajo la camiseta.
Antonia no le dio respiro. Se inclinó más, aplastando más fuerte.
—Ahora viene lo bueno —susurró.
Y soltó EL pedo. No fue un pedo normal. Fue un pedo VERDE. Un pedo con sustancia. Un BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT tan húmedo y espeso que salió acompañado de una neblina verdosa y pequeños trocitos que se pegaron al paladar de Raimundo. El olor era tan brutal que hasta los pájaros dejaron de cantar. Era caca pura, pero en forma de gas. Era como si Antonia hubiera cagado directamente en la boca de Raimundo sin usar el ano para otra cosa que no fuera el cañón.
Raimundo intentó gritar, pero solo salió un gorgoteo húmedo. Su cara estaba roja, luego morada. Las venas de su cuello se hincharon. Sus ojos se pusieron en blanco otra vez.
Antonia no paró. Siguió. Pedo tras pedo tras pedo. Cada uno más verde, más denso, más letal. El legging rosado se empapó tanto que goteaba un líquido marrón-verdoso por las piernas de Antonia.
—Te voy a inflar hasta que revientes —dijo entre risas—. Vas a ser mi globo de pedos para siempre.
Y Raimundo... Raimundo ya no luchaba. Solo tragaba. Tragaba y tragaba, con la boca pegada al ano de Antonia como si fuera su nuevo oxígeno. Su barriga se hinchó tanto que la camiseta se levantó, mostrando una panza redonda y tensa que gorgoteaba como un reactor nuclear.
Antonia soltó un último pedo, el más grande de todos. Fue tan potente que levantó ligeramente su culo del suelo. El gas entró en Raimundo como un misil. Su cuerpo se sacudió una vez... dos... y luego se quedó quieto.
Antonia se levantó lentamente. El legging rosado estaba destrozado, con un agujero en el centro por donde salía un hilillo de humo verdoso. Raimundo seguía de rodillas, boca abierta, con la lengua fuera y cubierta de una capa verde brillante. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos. En su barriga distendida se podían ver burbujas moviéndose bajo la piel.
Antonia se subió el pantalón (o lo que quedaba de él) y le dio una última palmada en la cabeza.
—Buen chico —dijo—. Ahora eres oficialmente mi filtro de pedos eterno.
Y se alejó caminando, dejando tras de sí un rastro de olor que hizo que hasta las hormigas se desmayaran. El legging rosado nunca se lavaría. Nunca. Porque ahora tenía un nuevo propósito: ser el arma definitiva de Antonia, la colegiala de culo nuclear.