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Recuerdos de un Pumarejo bien distinto

Niños jugando en la plaza de Pumarejo

Un día sí y el otro también -al margen de las relacionadas con las reivindicaciones de los vecinos de la casa palacio- surgen desagradables noticias sobre el Pumarejo, que leo con consternación, sencillamente porque, aunque lleve un par de décadas habitando en la otra orilla del Gudalquivir, soy del barrio, y en los aledaños pumarejiles nací, me crié y viví cerca de treinta y cinco años. Y en ese tiempo, nunca conocí sucesos semejantes a los que actualmente se producen allí, un barrio que en mi época joven era de gente mayoritariamente modesta, de honrados trabajadores, y años antes, cuando mi infancia, también, justo es reconocerlo, de integrantes del lumpen y el hampa, y a la mente se me vienen los nombres de rateros como El Morcilla o El Antoñete; de prostitutas de bajísimo nivel como las hermanas Monza, o de una mujer que lo mismo dirigía una banda de delincuentes que era «chusqué» de la policía llamada La Adela. Pero aun así, siendo lugar de residencia de la gente mencionada, la actitud de ésta para con los habitantes «normales» del barrio era de un extremo respeto y consideración, porque nunca dio el más mínimo problema a los vecinos, pues sus «actividades» las realizaba en lugares lejanos.

Recuerdo de mi juventud un Pumarejo pobre, pero tranquilo, en el que los más pudientitos iban al bar de Bruno, que tenía tapas de cocina, y los menos, a las tabernas de Serafín y Paco, dos hermanos montañeses, o a Casa Umbrete -que hoy todavía existente, regida por Manolo Infante, hijo del fundador-, donde los hombres adquirían mosto que bebían a chorro en unas botellas provistas de cañitas. Y también se me viene a la mente, de cuando la plaza era terriza, el juego de la tángana o la biyarda, que los chavales practicaban en ella; o las «calesitas» que instalaban en el lugar. Y todo ello sin que hubiese más problema que la lógica pobreza, y eso que ya existía cerca el comedor de las hermanas de los Pobres, a cuyo reclamo acuden actualmente los indigentes que después de comer se quedan por allí incordiando, y cosas peor, a los vecinos.

Por eso, estas preguntas que realizo: ¿Qué pasa en el Pumarejo? ¿Es la droga? ¿Es la falta de vigilancia policial? ¿Es la poca vergüenza que actualmente campa por sus respetos? ¿Es consecuencia de un deficiente Código Penal? No lo sé, y doctores tiene la Iglesia para conocer motivo y remedio. Pero entretanto ese remedio se logra, a mí me da mucha pena de mi antiguo barrio.

jlmontoya@abc.es

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