Por qué Trump no entiende nada

Diplomacia

Durante su discurso de la victoria en el parlamento israelí, Donald Trump anunció que su amigo Steve Witkoff no sabía nada de Oriente Medio cuando fue a la región a negociar un alto el fuego en Gaza. También admitió que no tenía ni idea de Rusia cuando lo envió a Moscú a verse con Putin para tratar de solucionar la guerra de Ucrania. No importa. Dijo que Witkoff, magnate inmobiliario con el que había hecho varios negocios, era un gran negociador, además de un gran tipo. “Gusta a todo el mundo”, aseguró entre el aplauso de los diputados y el sonrojo del propio Witkoff, sentado en la tribuna de invitados.

Comprender de qué va el conflicto es, precisamente, lo que Trump cree que no debe hacerse. Él ha podido sacar a los rehenes israelíes de Gaza sabiendo muy poco de la historia del conflicto. Mientras ensalzaba a Witkoff y, de paso, también a su secretario de Estado, Marco Rubio, sin duda uno de los más ninguneados jefes de la diplomacia estadounidense, Trump se burló de Henry Kissinger y del puente aéreo diplomático que estableció entre las capitales árabes para consolidar la paz después de la guerra del Yom Kippur. Demasiado trabajo y demasiados detalles. Si, como dicen, el diablo está en los detalles, lo mejor es no tenerlos en cuenta.

Han pasado 51 años y el mundo de Trump es muy diferente al de Kissinger. No estamos, como entonces, en una pugna ideológica entre dos superpotencias con la suficiente capacidad nuclear para destruir el mundo. Estamos en un cambio de era. La tecnología nos lleva a un mundo del que ni siquiera sabemos la relación que tendrá el ser humano con las máquinas y, frente a esta incertidumbre existencial, la guerra eterna entre dos pueblos pequeños por una tierra pequeña que no quieren compartir es solo una molestia y una distracción con la que no hay que perder mucho tiempo.

Trump no invita a la elite tecnológica de Silicon Valley a cenar en la Casa Blanca para saber en qué consiste la inteligencia artificial, como tampoco invita a los líderes árabes y europeos a Sharm el Sheij para que le expliquen los vericuetos de Oriente Próximo y así resolver de una vez por todas el encaje de Israel en la región.

A man who works as a porter rests on a motorcycle parked at a street corner near a coffee and cigarettes vendor in Caracas, Venezuela, Friday, Oct. 17, 2025. (AP Photo/Ariana Cubillos)

El descanso de un mensajero motorizado, ayer en Caracas 

Ariana Cubillos / Ap-LaPresse

La fortuna del presidente de EE.UU. ha pasado de 3.000 a 7.300 millones de dólares en un año

No. Trump no quiere comprender. Prefiere no hacerse preguntas que puedan comprometer su modo de vida y su visión del mundo. No necesita este conocimiento, por ejemplo, para que la presidencia de Estados Unidos le ayude a ganar aún más dinero. La revista Forbes ha calculado que desde que recuperó el poder hace un año su fortuna ha pasado de los 3.000 a los 7.300 millones de dólares.

Trump no está solo en esta incomprensión voluntaria del mundo. Los presidentes y primeros ministros europeos también hacen ver que todo va bien cuando, en realidad, casi todo está por hacer. El sistema sociopolítico que nos gobierna necesita un profundo reajuste para corregir los desequilibrios que provocan la inseguridad de una ciudadanía perdida en un laberinto de incógnitas y ansiedades, y a la que solo parecen asistir los movimientos radicales.

No se puede arreglar lo que no se comprende, pero comprender de verdad es muy difícil. Depende mucho más de la ética que de la inteligencia.

Comprender la desigualdad, por ejemplo, implica estar dispuesto a aceptar una redistribución política y económica. Una democracia más horizontal o una economía social de mercado más sólida –soluciones que servirían para reajustar el sistema– pondría en peligro los privilegios de la minoría dominante.

El mismo dilema afrontaron los gobiernos de la revolución industrial. El sistema productivo favoreció los monopolios, la desigualdad y la corrupción, fallos que se corrigieron con derechos laborales, leyes antimonopolio y un estado de derecho reforzado.

Trump no quiere entender porque no quiere perder privilegios. Sabe de sobra que si son compartidos no son privilegios.

En este sentido, no cree que deba entender Gaza para pacificarla y reconstruirla. Basta con acorralar a Netanyahu mientras los árabes hacen lo mismo con Hamas. El incentivo está muy claro. No es por la paz y la democracia, sino por los negocios.

La misma regla explica la campaña militar contra Venezuela. Quiere su petróleo, como George W. Bush quiso el de Irak en el 2003.

Trump hace negocios: Torres en Gaza, minerales en Ucrania y petróleo en Venezuela

Durante muchos meses, Trump estuvo a favor de la limpieza étnica de Gaza. Netanyahu se lo propuso y él se emocionó con la riviera del Mediterráneo. Lo que ahora intenta no es muy diferente. La dinámica es la misma: dominio y sumisión con afán de lucro sobre aquellos que sufren dolor y carencia. Es igual que sean venezolanos, ucranianos o palestinos.

El día que la reconstrucción de Gaza sea posible, los gazatíes serán mano de obra barata bajo un régimen colonial y lo mismo les pasará a los venezolanos en una democracia tutelada desde Washington. Los ucranianos ya le han cedido buena parte de sus recursos minerales a cambio de que los proteja de un Putin que, tarde o temprano, será socio del mismo Trump.

La incomprensión y la ignorancia permiten a Trump eliminar los parámetros morales y legales que han permitido gestionar nuestra civilización. En su mundo no hay lugar para los pueblos y los hombres iguales.

Es un mundo, sin duda, terrorífico, pero no uno que no haya sido derrotado una y mil veces por la fuerza de los hombres que entienden que vivir es mucho más que sobrevivir.

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Putin sigue comprando tiempo

Guerra en Europa

El presidente ruso usa la cumbre de Budapest para apaciguar a Trump, siguiendo un patrón habitual en los últimos meses

Russia's President Vladimir Putin reacts as he attends a meeting during the World Atomic Week international forum, dedicated to the global nuclear industry, in Moscow on September 25, 2025. (Photo by Evgenia Novozhenina / POOL / AFP)

El presidente ruso, Vladímir Putin, el pasado 25 de septiembre en Moscú

EVGENIA NOVOZHENINA / AFP

Vladímir Putin se forjó en el KGB, así que conoce bien el arte de la manipulación mental.

Prueba de ello es su relación con Donald Trump en los últimos meses, en la que el presidente ruso ha conseguido esquivar una y otra vez la presión del republicano para que ponga fin a la guerra en Ucrania. Su táctica ha sido la de ganar tiempo, y hasta ahora ha resultado muy efectiva: siempre ha logrado que el mandatario estadounidense entre en su juego, incluso cuando la tensión con Washington parecía insostenible.

El episodio de los Tomahawk ha sido el último ejemplo de esa estrategia. En vísperas de la reunión entre Trump y Volodímir Zelenski en la que se tenía que discutir el envío de estos misiles de largo alcance a Ucrania, Putin decidió llamar al republicano. El resultado de esa conversación fue la convocatoria de una reunión entre los dos mandatarios en Budapest para hablar del fin de la guerra. Una cumbre que todavía no tiene fecha, y que, según recalcó ayer el Kremlin, debe ir precedida de encuentros entre equipos de negociadores para los que tampoco hay calendario.

Cambio de tono

Trump rebajó las expectativas sobre el envío de los Tomahawk tras hablar por teléfono con Putin

A cambio de esa cita por concretar en la capital húngara, el autócrata ruso consiguió que Trump rebajara las expectativas en torno a las demandas armamentísticas de Zelenski. 

Si días antes el magnate había insinuado que daría luz verde al suministro de Tomahawk a Kyiv –algo que había causado alarma en el Kremlin, ya que con estos proyectiles el ejército ucraniano sería capaz de golpear con potencia y precisión la retaguardia rusa–, tras hablar con Putin cambió su discurso: “También necesitamos Tomahawk para EE.UU.”, dijo a la prensa. “No podemos agotar las reservas de nuestro país”, añadió, dejando entrever que daría largas a Ucrania.

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Por qué los misiles Tomahawk son tan importantes para Ucrania

Daniel R. Caruncho
FILE PHOTO: A Tomahawk Land Attack Missile (TLAM) is launched from the guided missile cruiser USS Cape St. George, arch 23, 2003. REUTERS/U.S. Navy/Intelligence Specialist 1st Class Kenneth Moll/File Photo/File Photo

Lo sucedido esta semana recuerda a lo que pasó en julio, cuando Trump amenazó a Rusia con imponerle aranceles del 100% si no se firmaba pronto un acuerdo de paz. El presidente estadounidense dio cincuenta días de margen al Kremlin, que luego redujo “a diez o doce”, pero aquel ultimátum quedó en nada. Putin logró apaciguar al magnate accediendo a reunirse con él en Alaska, en una cumbre que enseguida se reveló como una mera maniobra dilatoria: después de aquel encuentro, Rusia eludió cualquier compromiso diplomático, y siguió con su ofensiva militar en Ucrania.

Unos meses atrás, en mayo, se vivió una situación similar, cuando Trump, frustrado por la falta de avances tras las reuniones en Estambul entre negociadores estadounidenses y rusos, llamó a Putin para que pactara cuanto antes un alto el fuego con Zelenski. Tanto Washington como el Kremlin aseguraron que la llamada fue muy provechosa, pero en realidad no supuso ningún avance hacia la paz. Todo lo contrario: en las semanas siguientes, Rusia intensificó sus ataques aéreos sobre las ciudades ucranianas, lo que llevó a Trump a decir que el dirigente ruso estaba “jugando con fuego”.

Teniendo en cuenta ese historial, resulta lógico pensar que la futura reunión en Budapest no servirá para resolver el conflicto: simplemente, se trata del enésimo intento de Putin de chutar el balón hacia delante para sortear la presión del presidente estadounidense.

Así lo piensan figuras como la senadora demócrata Jeanne Shaheen, quien el jueves afirmó que el Kremlin ha “engañado” una vez más a la Casa Blanca. “Tras marcharse de su cumbre en Alaska con las manos vacías, el presidente Trump ha decidido recompensar a Putin de nuevo extendiendo la alfombra roja en Hungría. El presidente Trump está repitiendo los errores del pasado al no armar a Ucrania hasta los dientes y permitir que gane esta guerra”, afirmó.

Trump, sin embargo, hace oídos sordos a estas críticas: reforzado por su mediación en la crisis de Gaza, piensa que ahora, más que nunca, tiene a su alcance el fin de la guerra de Ucrania. “Realmente creo que el éxito en Oriente Medio ayudará en nuestras negociaciones para lograr el fin de la guerra con Rusia y Ucrania”, aseguró en un mensaje en su red social.

Una convicción que Putin explota a su favor: sabe que, agitando la promesa de la paz, aunque esta sea vaga, podrá comprarle a Trump algo más de tiempo. Y el tiempo es oro para este exagente del KGB.

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Trump se muestra reticente a entregar misiles Tomahawk a Zelenski: “Supondría una escalada”

Guerra en Ucrania

El presidente recibe al líder ucraniano para una comida de trabajo un día después de su llamada con Putin, con quien se reunirá pronto en Budapest

Trump se muestra reticente a entregar misiles Tomahawk a Zelenski: “Supondría una escalada”
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Trump se muestra reticente a entregar misiles Tomahawk a Zelenski: “Supondría una escalada”

EFE
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El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, ha llegado a la Casa Blanca con la intención de convencer a su homólogo estadounidense, Donald Trump, de que necesita más armamento para forzar a Rusia a dialogar por la paz. Pero el republicano ha enfriado la posibilidad de entregar los potentes misiles de crucero Tomahawk, lo que “supondría una escalada” para el líder ruso, Vladimir Putin. Aunque ha dejado la puerta abierta a su venta, ha deseado que “ojalá podamos poner fin a la guerra sin tener que pensar en ellos”.

Trump se muestra reticente a entregar misiles Tomahawk a Zelenski: “Supondría una escalada”

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibe a su homólogo ucraniano, Volodimir Zelenski, este viernes en la Casa Blanca 

Alex Brandon / Ap-LaPresse

“Hoy hablaremos con el presidente sobre lo que necesitamos para empujar a Putin a la mesa de negociación”, ha dicho Zelenski, sentado frente a Trump en la sala de gabinete, donde compartirán una comida de trabajo junto a sus equipos. “Lo más importante para los ucranianos, que sufren ataques cada día, es tener garantías de seguridad realmente sólidas. La OTAN sería la mejor opción, pero las armas son muy importantes”.

Tras firmar la primera fase de su plan para Gaza en Egipto, el republicano se mostró abierto a dar ese paso y entregar misiles Tomahawk de largo alcance al país aliado. Pero ayer, tras una conversación de más de dos horas con Putin, en la que acordaron reunirse en Budapest (Hungría) para tratar de sellar la paz, comenzó a mostrarse más reticente a esa idea. “Los necesitamos para Estados Unidos, así que no sé qué podemos hacer al respecto”, dijo ayer, y ha repetido hoy frente a Zelenski: “Vamos a hablar de ello. Supondría una escalada, pero hablaremos de ello y veremos qué ocurre”.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos

“Ojalá podamos poner fin a la guerra sin tener que pensar en los Tomahawk”

“Una de las razones por las que queremos acabar con esta guerra es que no nos resulta fácil entregarte grandes cantidades de armas muy poderosas”, ha reconocido Trump. “Ojalá podamos poner fin a la guerra sin tener que pensar en los Tomahawk”, ha añadido, “preferiríamos, sinceramente, que la guerra terminara”. Pero Zelenski, que ha ofrecido la opción de intercambiar Tomahawks por drones ucranianos, no parecía convencido de la capacidad de forzar a Putin a negociar si no mejoran las capacidades ofensivas de Ucrania: “Nosotros queremos paz, pero Putin no. Por eso, tenemos que presionarle”.

No es la primera vez que Trump da esperanzas a Zelenski, prometiendo armamento o sanciones a Rusia, y luego da marcha atrás alegando que ha visto a Putin dispuesto al diálogo. Tras cada una de esas veces, el presidente ruso ha seguido incrementando su ofensiva sobre Ucrania, país que invadió hace más de tres años y en el que se encontró con una mayor resistencia de la esperada, gracias al apoyo económico y militar de Occidente. En su llamada con Trump, en la que también se habló de oportunidades de negocio, el líder ruso volvió a ganar tiempo para continuar la ofensiva.

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La venta de esos misiles de crucero daría unas capacidades ofensivas a Ucrania que cambiarían el curso de la guerra. Permitiría al país realizar ataques de largo alcance –a más de 1.500 kilómetros– en las profundidades de Rusia, lo que incluye Moscú, San Petersburgo y otras de sus principales ciudades. También ampliaría el rango de instalaciones energéticas a las que golpear, lo que Zelenski considera la mejor estrategia para aumentar el costo de la guerra para el Kremlin.

En la visión del líder ucraniano, el armamento es clave para empujar a Rusia hacia un acuerdo y, también, para dejar a Ucrania en una posición de fuerza en la mesa de negociación. Sin embargo, los expertos advierten que necesitaría una gran cantidad de Tomahawks, lo que supondría un precio desorbitado, pues cada uno de ellos, en su versión más reciente, cuesta alrededor de 2,5 millones de dólares. En caso de convencer a Trump, Zelenski tendría que convencer a Europa para que financie su compra.

El Kremlin ha advertido a Washington que la venta de esas armas supondría una escalada del conflicto. Además, frustraría los intentos de acercamiento de la Administración Trump durante los últimos meses, incluidos el restablecimiento de relaciones diplomáticas, las conversaciones comerciales y la reunión entre Trump y Putin en Anchorage (Alaska), tras la cual el líder estadounidense compró algunos de los argumentos del Kremlin. 

Dijo entonces que “hay que resolver las causas profundas” del conflicto, en alusión al acercamiento de Ucrania a la OTAN, y asumió que Kyiv debería ceder territorio si quiere un acuerdo con Rusia. Y se mostró optimista con la posibilidad de mediar para una reunión entre Putin y Zelenski, que nunca ha llegado a producirse. Esta mañana, ha reconocido lo difícil que se le está haciendo sentarlos a negociar: “Hay una enorme animadversión entre ellos. Eso es lo que está bloqueando el acuerdo”, ha dicho, “pero los dos quieren negociar”.

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Es el sexto encuentro entre Trump y Zelenski, la tercera reunión en la Casa Blanca este año, lo que demuestra la insistencia del líder ucraniano por ganarse el respaldo de Trump. Incluso después de la fatídica reunión en febrero, de la que salió expulsado a gritos por el presidente y el vicepresidente J.D. Vance, quienes le reprocharon que no había mostrado “suficiente gratitud” hacia EE.UU. 

En las siguientes visitas a Washington, Zelenski abandonó su atuendo militar característico, se puso traje y optó por un discurso más servil y elogioso con el inquilino de la Casa Blanca. “Hemos tenido diálogos importantes, y creo que empezamos a entendernos”, ha celebrado Zelenski, después de que Trump le haya felicitado por su estilo: “Muy elegante, me encanta”.

Ocho meses después de aquel primer encuentro, el escenario internacional ha cambiado, y Zelenski confía en que el alto el fuego en Gaza dé a Trump incentivos para forzar que Rusia deje de bombardear su país. “Ahora hay un impulso muy fuerte por la paz en el mundo, debemos aprovecharlo para acabar esta guerra”, ha dicho el líder ucraniano en la sala de gabinete. “Así es, nos ha dado impulso”, ha coincidido Trump. “Ahora tenemos mucha credibilidad, porque nadie creía que pudiera hacerse”.

Ambos equipos compartirán en la próxima hora una comida de trabajo en la sala de Gabinete. Es una situación distinta a la que se encontró Zelenski en las dos anteriores ocasiones, cuando se reunió con Trump en el despacho oval. Antes de este encuentro, Zelenski se ha reunido con ejecutivos de Raytheon, fabricante de misiles Tomahawk y Patriot, y Lockheed Martin, en unas conversaciones que giraron en torno a los aviones F-16 y otro armamento. 

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