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Ya sea en una favela brasileña, en un aislado poblado africano, en lo que queda de la Gaza mártir, en las ruinas de Afganistán, en India… en pueblos y extraños parajes casi al borde del horizonte, allí, donde los niños y adolescentes juegan a la pelota aunque sea de trapo, con sus sonrisas ingenuas, con sus ilusiones aplazadas, alguno lleva seguro una camiseta del Barça. Entre la montonera de chavales, un chispazo azulgrana.
Alex Garcia/Archivo
Esto de la camiseta del Barça es casi un asunto paranormal. ¿Cómo y cuándo ha llegado hasta esos rincones? ¿Saben esos críos lo que llevan puesto? ¿Conocen su significado y lo que representa? Una imagen parecida a aquellas antiguas fotos de grupo en que algo o alguien se aparece por detrás y destaca. Igual que ese muchacho de Gambia de dientes blanquísimos que resalta entre los suyos con la camiseta azulgrana y quizá algún número, algún nombre o solo el escudo o el logo del patrocinador que entonces toque. Y quién sabe si esa prenda no ha sido confeccionada por otros chavales como él en algún lugar remoto. Eso: quién sabe.
Un toque de diseño entre los harapos, las rozaduras en las rodillas, los pies mal calzados o descalzos. Esos niños lejanos con sus juegos y sus camisetas son un paréntesis de no se sabe qué. Como una figura fuera de su paisaje. La solemnidad deliberadamente reglamentada de los estadios, contrapuesta a los peloteos sobre el polvo o el asfalto de los barrios desprotegidos. El dineral de los que usan la camiseta por profesión, y la ilusión de esos críos que quizá, casi seguro, no conozcan la simbología y el significado y la pasión de su querida prenda. Pasión culé.
La camiseta del Barça es un asunto multirracial e interclasista en su uso y disfrute
La camiseta del Barça es un asunto multirracial e interclasista en su uso y disfrute. ¡Vaya!, que es como una epidemia benigna: está por todas partes. Hablo, claro, de los colores de toda la vida, no de esas ferocidades del Pantone que dicen que son de primera, segunda o tercera equipación. Una horterada. El peaje al merchandising. Para más gasto, un modelo por temporada.
Y pongamos por caso, y ya me entenderán, que si uno es socio, fiel seguidor, portero de los de picar abonos, peñista, miembro de la junta directiva o presidente del Barça, por fuerza deberá conmoverse al ver sus colores vistiendo a nenes y adolescentes. Probablemente niños sometidos a un cansancio prematuro. Probablemente algunos llegados en patera. Alguno con la camiseta del Barça como única pertenencia. O casi. Y digo yo: ¿no sería preciso todo un detalle de solidaridad para con estos usuarios anónimos por parte del propietario de los colores?
En ocasiones, los gestos simbólicos son el preludio de un ejemplo, quizá de un cambio. Quizá de más ternura.
Como no dijo George Orwell, todas las víctimas son iguales, pero algunas son más iguales que otras. ¿Por qué ciertas injusticias generan grandes protestas y otras no? ¿A qué se debe que uno elija volcar su energía a favor de determinadas causas mientras otras, igual de justas, pasan desapercibidas?
Hablamos de protestas en los países democráticos, como España o Francia, donde son más comunes que en aquellos donde rechazan los valores democráticos, como Rusia o China. Hablamos de causas como la palestina, que no inciden directamente en las vidas de los que salen a protestar. Y hablamos también, muy específicamente, de la izquierda, del tipo de gente que dentro de sus propios países defiende la igualdad de género o a los inmigrantes.
Oriol Malet
La gente de derechas no entra en esta conversación porque no suele expresar mucho repudio hacia las violaciones de los derechos humanos en tierras lejanas. Si votas por Vox o por el PP, difícilmente vas a salir a la calle a denunciar a Israel, por ejemplo. El altruismo –aquella idea del amor por el otro, de que nadie es una isla, de que el dolor de uno es el dolor de todos– resuena más en la izquierda que en la derecha. Curioso, ya que si eres de derechas, es más probable que practiques la religión. Pero ahí está. Lo dejo como una pequeña reflexión para que hagan con ella lo que quieran, y vuelvo a mi argumento.
Ya he mencionado a Palestina e Israel, y no por casualidad. Los palestinos son las supervíctimas de la izquierda internacional; los israelíes son los supermalos. Las demás víctimas y los demás malos apenas merecen una mención. No lo interpreten como un rechazo a los que se interesan por el sufrimiento de los palestinos. Al contrario. Es admirable. Pero que unos jueguen en Primera y los demás en Segunda no deja de ser una expresión más de lo contradictorios que somos los seres humanos.
Empecemos con tres ejemplos de casos que, como el palestino, han provocado acusaciones de genocidio, pero que la izquierda pasa por alto.
Primero, el conflicto en Sudán, donde han muerto 400.000 personas, 12 millones han tenido que huir de sus hogares y unos 25 millones conviven con el hambre. Es una guerra civil cuyas peores atrocidades las comete un bando llamado las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), que recibe el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos. Leo mucho sobre el tema. Leí esto: que el año pasado una milicia árabe de las FAR atacó un pueblo, masacró a todos los hombres y a los chicos mayores de diez años y luego violó a las mujeres y a las niñas. Según testigos, un líder miliciano declaró: “No queremos ver a ninguna persona negra aquí”.
¿Por qué el sufrimiento de los sudaneses, los rohinyás y los ucranianos causa tan pocas protestas?
El horror sigue a diario. Sigue hoy mismo. Sucesivos gobiernos de EE.UU., el de Trump incluido, han denunciado la situación en Sudán como, sí, “un genocidio”. Anthony Lake, que fue consejero nacional de Seguridad de Bill Clinton y luego dirigió Unicef, dijo: “Es como Gaza, que ya es lo suficientemente horrible, pero peor”.
Segundo ejemplo: Birmania, donde las víctimas son la etnia rohinyá, musulmana. Conozco el tema. Estuve en Bangladesh hace unos años escribiendo un reportaje sobre los refugiados rohinyás (hoy un millón) que han huido de la represión del Gobierno militar de su país. Cuentan de masacres, violencia sexual, hambre como instrumento de guerra. La ONU ha acusado a los militares, una vez más, de “genocidio”. Sin embargo, durante la reciente Asamblea General de la ONU, una delegación rohinyá rogó al mundo que pusiera presión al régimen militar de su país, pero poco caso se le hizo.
Tercer ejemplo: Ucrania. Ya. Se le ha hecho mucho caso. Hay mucho apoyo político y militar a Ucrania desde la invasión rusa a gran escala de febrero del 2022. Van unos 1,5 millones de víctimas en ambos bandos entre muertos y heridos, todos como resultado del delirio imperial de Vladímir Putin. La intervención rusa ha sido descrita por varios países y organismos de derechos humanos como “genocidio”. Pero la izquierda guarda silencio. O, si dice algo de vez en cuando, nada que ver con la furia que le despierta la invasión israelí en Gaza. ¿Protestas ante las embajadas rusas? ¿Manifestaciones multitudinarias en Barcelona, París o Londres? Si las ha habido, pocos se han enterado.
Entonces, ¿por qué Israel-Palestina concentra prácticamente toda la atención internacional de los bien intencionados camaradas? ¿Por qué el sufrimiento de los palestinos provoca su compasión y el de los sudaneses, los rohinyás y los ucranianos poca o nada?
La izquierda sigue el viejo reflejo de que si el imperialismo yanqui está a favor, nosotros, en contra
Un motivo por el que la izquierda protesta contra Israel y no contra Rusia, he oído decir, es que Ucrania ya tiene suficientes aliados y Palestina no tantos. Algo así como que son la voz de los sin voz. Bueno, hasta cierto punto. Aunque bastante voz sí tienen, diríamos. Pero, si ese es el argumento, cuánto más motivo (¿no?) para salir en defensa también de las víctimas de la guerra civil de Sudán o del régimen de Birmania, que no tienen voz alguna, que no reciben ni el uno por ciento de la atención mediática que recibe el conflicto en Tierra Santa.
Es más difícil definir quiénes son los buenos y los malos en Sudán, es verdad, con lo cual es más difícil saber contra quién protestar o dónde colocar la indignación moral. ¿Pero qué tal denunciar a los emires de Abu Dabi o Dubái y montar una campaña ante los gobiernos de la Unión Europea y de EE.UU. para que intervengan en plan “Stop Genocidio” y a favor de un plan de paz? ¿Y qué tal pedir que hagan lo mismo en Birmania? Parece que a nadie ni se le ha ocurrido.
La conclusión a la que todo esto tiende es que la izquierda no elige sus campañas internacionales según el grado de las violaciones de los derechos humanos sino en función de otros factores. Uno de ellos sería el viejo reflejo de que si el imperialismo yanqui está a favor, nosotros tenemos que estar en contra. Otro, que durante más de medio siglo Israel-Palestina ha acaparado la atención mundial como ningún otro conflicto, a expensas de muchísimos más. Se entiende en buena parte como una cuestión de hábitos, de tradición, de inercia. Lo que no niega la verdad, creo, de algo parecido a lo que dije al principio de esta columna, que todas las víctimas de lo que se llama “genocidio” deberían ser iguales, pero algunas son más iguales que otras.