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Aceleración política
No hay día en que no se critique la aceleración en la que vive sumida la política española. Esta aceleración obliga a los políticos a tomar decisiones improvisadas, cambiar de opinión bruscamente o sortear obstáculos inesperados. La medida del tiempo que se vive es el instante, lo que implica acumular infinidad de logros y/o decepciones diarias, pero sin atisbar una dirección adecuada que tomar. El mismo vértigo que provoca a la sociedad la aceleración tecnológica lo provoca también la aceleración política; por eso se tiende a elogiar el abordar con lentitud los retos que se tienen que afrontar. Sin embargo, no debemos olvidar que, en los años ochenta del pasado siglo, se sancionaba negativamente la lentitud de los políticos a la hora de tomar las decisiones, al considerar que provocaba parálisis, del mismo modo en que ahora se cuestiona la aceleración porque genera demasiados errores.
Chema Moya/Efe
Se cuestiona a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, por dejarse guiar por la aceleración política, y tomar decisiones en un contexto político marcado por factores tan determinantes como una fuerte fragmentación parlamentaria que modifica constantemente la correlación de fuerzas, la guerra en Gaza y Ucrania o las crisis migratoria, climática y económica.
Hay que preguntarse si no se deberían valorar sus actuaciones políticas, no solo observando si obedecen a sus propios intereses políticos y personales, sino también si son producto del momento histórico que vivimos, marcado por la emergencia, la velocidad, la aceleración y las prisas. Si miramos los modos de conducta política de Pedro Sánchez, no son muy distintos a la forma de actuar de otros políticos, como Emmanuel Macron, Giorgia Meloni o Rishi Sunak. Políticos inmersos en constantes crisis políticas que solo pueden superarlas avanzando siempre hacia delante, sin detenerse.
Vivimos un tiempo político en que lo único que cuenta no es lo que has hecho y cómo lo has hecho, sino la capacidad de actuar deprisa ante los continuos y nuevos dilemas que surgen para no quedar fuera de la historia.
Hace mucho tiempo que escribimos sobre Alianza Catalana (AC) como un Objeto Político No Identificado (OPNI). Mucho antes del 12-M del 2024. Desde entonces y hasta el sondeo de nuestro periódico, AC, como en Gotham, han certificado su sabiduría y engañosa brillantez, tal y como preveíamos. Emergiendo ya su líder, Silvia Orriols , como dice un buen amigo, como la “virgen gótica”. Es “gótica” como esa literatura del siglo XIX que se funde con el romanticismo (del procés ). Y técnicamente se declara “virgen” cuando afirma que no se presentará a las generales (veremos). Orriols, como Miércoles en la Familia Addams, tiene un buen cuchillo y le gusta jugar a las autopsias con él. Ya dijo antes que no se presentaría a las catalanas y lo hizo.
Miren, desde el 2011 cuatro partidos se han disputado la victoria de unas generales en Catalunya. En el 2011, CiU. En el 2015 y el 2016, Comuns. En el 2019, ERC, y en el 2023, PSC. Podríamos decir por ello que claramente en Catalunya el deseo de un orden nuevo cambia de manos con facilidad. Con ocho formaciones en el Parlament o en el futuro Ayuntamiento de Barcelona, con identidades nacionales diferentes, con ideologías diferentes, cualquier decisión estratégica acaba condicionando no solo el devenir de Catalunya, sino de España, y no solo por el procés o la amnistía, la financiación singular o la quita de deuda autonómica. Desde la irrupción de AC se habla en el ámbito estatal, con una crudeza trumpiana, de la inmigración en todas las sobremesas de España a este-oeste y norte-sur.
Ya pueden prepararse todos para la presencia de AC en las generales. Irán a por los votos
AC ya no es un OPNI, ni tan siquiera es una escisión de Junts. Del mismo modo que muchos creyeron ver a Vox como un satélite errante del PP. AC hoy es otra cosa, más transversal, en correlación con los electorados autoritarios de las democracias occidentales. Catalunya, siempre anticipa por su modernidad prometeica. Por eso, insistimos una vez más, la política española no va del PSOE en un 35% de voto, todo va de algo más que está delante de nosotros: esa inversión ética y moral que nos muestra lo gótico, ese Partido Demócrata y España plurinacional que la mayoría llevamos dentro y no termina de nacer. Del mismo modo, tampoco va del 35% en la derecha, pues un Vox en el 20% implicará un PP en el 27%. Y eso queda muy lejos de Galicia y mucho más cerca de Sajonia, como ya explicamos hace tiempo. Mientras tanto, en el Congreso, al igual que en el Parlament, la mayoría de sus señorías –a excepción de Gabriel Rufián – están como si oyeran llover fuera. De todos esos espacios vacíos se aprovecha la “virgen gótica”. Y de la identidad nacional catalana en regresión.
La demoscopia privada, para las catalanas, ya estima, por tanto, a AC en un 12% de voto queriendo liderar la oposición, pero es que además para el Ayuntamiento de Barcelona ya le asignan concejales, aunque sean solo dos; lo que para unas generales, en caso de que decidan presentarse, será éxito asegurado para esta formación que podría voltear el mapa electoral del Congreso. No olvidemos que la investidura del actual Gobierno descansa fundamentalmente en los 40 votos favorables de diputados catalanes, frente a los ocho de PP y Vox en contra. Este es el dato. La presencia de AC bloquearía automáticamente la aritmética plurinacional.
Sílvia Orriols, en la última manifestación de la Diada
Las leyes de hierro de la política son claras: los votos no son de nadie y los líderes se deben a sus electores. Orriols sigue insistiendo en su intención de no concurrir en unas generales con un “ això no passarà ”. Sin reparar que su 12% en catalanas se construye ya de las aportaciones de muchos electorados. Eso “la virgen gótica” no lo puede despachar tan a la ligera ni deben permitirlo sus adversarios en los platós. No solo de ultras y autoritarios vive AC. De hecho, la estimación de los 430.000 votos que obtendría hoy AC se construye de la siguiente manera: recibe un mínimo de 65.000 votantes de PSC-ERC-Comuns, actual fórmula de gobierno; casi 150.000 de Junts, 70.000 abstencionistas, 10.000 nuevos votantes y 30.000 procedentes de Vox y PP. De hecho, de los 430.000 votos de hoy, solo habría 115.000 votantes de los de hace un año. La “virgen gótica” pasó de pantalla y recoge votos de todos los orígenes. Ya pueden prepararse todos para la presencia de AC en las generales. Irán a por los votos. Otra cosa es que vayan a las sesiones del Congreso o no. En la literatura gótica es popular un axioma que vale para también para los “no góticos”: si no luchas por lo que quieres, luego no llores por lo que pierdes. La “virgen gótica” tiene un buen cuchillo y le gusta jugar a las autopsias con él.
Next week
El error
Un ejemplo didáctico. No es el mismo Vox el que fracasó el 23-J que el que cabalga hacía el 20% hoy. Manda la demanda electoral y esta no entendería que, queriendo votar a una formación como AC, un votante no pudiera hacerlo en unas generales, que es donde se dimensionan los espacios electorales en España, por mucha nación que sea Catalunya. No hacerlo sería un error estratégico para las siguientes elecciones catalanas, del mismo modo que Vox erró entrando en los gobiernos autonómicos del PP en el 2023 para luego tener que salirse en julio del 2024.
El ojo de halcón
El dilema
El fenómeno de AC es el reverso de la plurinacionalidad que ha sostenido, desde la moción de censura, a Pedro Sánchez. Hablando directo al catalán que percibe su identidad en regresión. Ese espacio se está dimensionando a la carrera, dejando a Junts en el mismo dilema que Feijóo con Vox, porque en el fondo CiU, después PdCat y finalmente Junts, han representado la demanda de una derecha democrática, nacionalmente catalana, pero sin rematar como sigue sucediendo a los conservadores británicos con Farage o la derecha gaullista con Le Pen.
La inmigración es ya el principal factor político. El cambio de paisaje humano en Catalunya (de 6 a 8 millones) está relacionado con casi todos los grandes problemas del presente. Empezando por el déficit de vivienda; y continuando con el elemento cardinal de la identidad catalana: las encuestas indican que el uso del catalán no ha disminuido, pero ha aumentado muchísimo la población que no puede o no quiere usarlo. Otros muchos problemas sociales de primer orden también están relacionados con la inmigración: el precio del trabajo (estancado desde hace años), el desbordamiento de los servicios sociales, la densidad urbana, la sobreutilización de parques y jardines, la presencia en las calles de muchas personas sin hogar, la sensación de inseguridad (digan lo que digan las estadísticas), los bajos resultados escolares.
Las personas emigran cargando a sus espaldas terribles dramas que merecen reconocimiento y fraternidad. Sin embargo, no debería hablarse del fenómeno migratorio de manera genérica como se suele hacer (“pagarán las pensiones”, “hacen los trabajos que nadie quiere”), ya que, de su presencia entre nosotros, hay quien saca grandes beneficios y quien sale muy perjudicado. La llegada de mujeres de Centroamérica ha permitido, por ejemplo, que muchas familias puedan encargar privadamente el cuidado de sus ancianos. Pero, a la vez, la llegada de migrantes ha perjudicado objetivamente a los trabajadores: bloqueo del precio del trabajo, escasez de vivienda, competencia por las migajas del estado de bienestar.
Es inútil amonestar a quienes quieren votar a Orriols; serviría escuchar su malestar
En el caso de la lengua catalana, el perjuicio es evidente: a diferencia de las lenguas que, como el castellano o el francés, tienen muchos millones de hablantes que se extienden en diversos territorios del globo, una lengua de pocos millones de hablantes no puede sobrevivir si en sus territorios históricos se encuentra con un flujo, constantemente renovado, de cientos de miles de personas que no lo entienden. Si no se habla de ello es, quizás, porque a muchos españoles (y a no pocos catalanes) ya les apetece la guetización (incluso la extinción) de la lengua catalana.
Sea como fuere, esta y otras muchas inquietudes han quedado invisibilizadas durante años, ya que subrayar los problemas derivados del fenómeno migratorio implicaba convertirse en racista o xenófobo. Era esperable que, después del procés (en el que el independentismo fue noqueado por los poderes del Estado), cristalizara la tentación de proyectar el resquemor hacia un enemigo débil y fácil: el migrante. Que no se olvide, sin embargo, que la impiedad de señalar a los inmigrantes como causantes de los males de Catalunya mantiene correspondencia con la hipócrita fraternidad de quienes han proclamado durante décadas la bondad de la migración sin compartir sus costes. Residen en barrios, pagan mutuas y van a escuelas vedados, por su precio, a los recién llegados. Más aún: gracias a ellos, el salario del servicio es menor.
Marti Gelabert
Solo los católicos consecuentes, justo es reconocerlo, están haciendo un esfuerzo decidido, personal, de ayuda a los migrantes, sobre todo a través de Cáritas. Lo que ha abundado es el postureo y la fácil retórica inclusiva. Un postureo que los sectores más resentidos de las clases populares ya no pueden soportar y que relacionan con lo que más odian (el pensamiento llamado woke ). En este sentido, la entrevista, severa como un juicio en el Supremo, que Jordi Basté y Mònica Terribas hicieron el otro día a Sílvia Orriols fue una exhibición de superioridad moral. La periodista que el 27 de septiembre de 2017 proclamó desde los micrófonos de la radio pública “Bona tarda, ciutadanes i ciutadans de la República de Catalunya”, quiso aureolarse de rectitud ética y de impecabilidad profesional mientras regañaba a Orriols. Con entrevistas como esta, de efecto rebote, Orriols no necesitará propaganda.
Humillar o amonestar a quienes quieren votar a Orriols, no sirve de nada. Serviría escuchar su malestar y paliarlo. Una sociedad civilizada no puede demonizar, como hace Orriols, a los musulmanes: quien estigmatiza a un colectivo entero oposita al mal absoluto. Ahora bien, el destino de los que hablamos en catalán también merece ser escuchado, a no ser que la muerte de esta lengua sea percibida como el último regalo de la globalización.
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