Una de las cosas que se pierden los enemigos de las redes sociales es el humor que en ellas abunda; he ahí ya una buena razón para mantenerlas fuera del alcance de quienes desearían controlarlas. Tal como dice Daniel Gamper en su ensayo sobre la broma: «La utopía de una risa libre acompaña al liberalismo político». Es verdad que en las redes sociales hay chistes malos y bromas de mal gusto, pero basta con ignorarlos: uno puede silenciar a quienes los perpetran sin que estos lleguen enterarse. ¡Supremo placer! Y aunque el humorismo digital conoce muchas formas, desde el chiste escrito al vídeo paródico, el comentario sobre la actualidad política encuentra su mejor expresión en el meme: un comentario satírico que se revela sagaz en su denuncia irónica de las incongruencias o desatinos del prójimo.
Pues bien: entre los muchos que han surgido durante la era Sánchez, hay uno que merece destacarse sobre el resto por su capacidad para incorporar -acaso sin saberlo- un comentario penetrante sobre la naturaleza de la democracia. El meme en cuestión se basa en una afirmación compensatoria: «Por lo menos no gobierna la derecha». Su amargo humor deriva del contraste entre la frase y el contexto, que cambia con cada viñeta. Imaginen a un andaluz al que le cierran un hospital a causa del impacto de la financiación singular catalana y él, votante de izquierda, se consuela: «Por lo menos no gobierna la derecha». El meme funciona igualmente con el joven que se ve obligado a compartir piso en un barrio marginal y con el trabajador que sufre los estragos de la inflación: la clave está en la distancia que media entre intereses objetivos y fidelidad partidista.
Vaya por delante que no cuesta imaginar un meme que se resignara diciendo que «por lo menos no gobierna la izquierda», si es que gobernase la derecha y sometiese a sus votantes a una sucesión parangonable de traiciones programáticas. Porque el chiste nos habla de los estragos democráticos del partidismo negativo: quien se mantiene fiel a los suyos, hagan lo que hagan, degrada el voto y frustra la rendición de cuentas a la que está obligado cualquier Gobierno. De ahí se deriva una pregunta inquietante: ¿es que tales ciudadanos creen que la democracia solo sirve para que manden los suyos? En fin: siempre es mejor reír que llorar.
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