Paseo a la noche por mi ciudad, Sevilla, pues desde media mañana hasta el anochecer es imposible pisar la calle en agosto y en plena ola de calor. El centro histórico está vacío como nunca, pero poco puedes disfrutar el paseo: adoquines recalentados, fachadas como radiadores, apenas una brisita pero caliente. Mi acompañante, menos acostumbrada al calor sevillano, siente que se asfixia, y los pocos bares abiertos son los únicos refugios climáticos de una ciudad que carece de ellos pese a la tradición de veranos tórridos, hoy agravados.