Dimite el jefe de Urgencias del hospital Esperit Sant por abuso de poder a sus residentes

En Santa Coloma de Gramanet

Más de una decena de residentes denunciaron internamente al médico, quien, según las estudiantes, decidía arbitrariamente las libranzas, insultaba y amenazaba

Hospital Esperit Sant, Santa Coloma de Gramenet.

Propias

El jefe de Urgencias de la Fundació de l’Esperit Sant (FHES) de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona) ha dimitido después de que el pasado mes de octubre seis residentes alertaran a la dirección del hospital y al Institut Català de la Salut (ICS) de un presunto delito de abuso de poder.

Carlos Palacio, quien también era coordinador docente de los residentes de Medicina Familiar y Comunitaria, solicitó la baja “voluntaria” el pasado 31 de enero tras más de dos meses sin ir a trabajar, según ha avanzado El País y ha podido confirmar La Vanguardia.

Las primeras denuncias llegaron en abril de 2024

No obstante, las primeras denuncias internas contra Palacio llegaron en abril del año pasado, cuando las residentes relataron que su coordinador decidía “cuándo y quién podía disfrutar de las libranzas, insultaba a determinadas estudiantes en presencia de otras, amenazaba con suspenderlas e incluso accedía a datos clínicos de algunas de ellas”, sin justificación médica.

Otras cinco residentes activaron protocolos de acoso frente a Palacio durante el mes de octubre. Pero, los informes emitidos fueron archivados al “no detectarse indicios que permitieran confirmar la existencia de ninguna situación de acoso”, según ha informado el hospital.

Todas las causas quedaron archivadas

Con independencia del protocolo de acoso, el centro hospitalario ha explicado a La Vanguardia que el pasado 11 de diciembre instruyó un expediente contra Palacio por “falta de ética profesional”, a raíz de la queja de una médica residente. Aunque, siete días más tarde, este caso también quedó archivado.

El centro ha asegurado que “ha implementado medidas de precaución, incluyendo la separación de funciones”, mientras ha durado la investigación y ha detallado que su baja fue “a petición propia”.

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Catalunya llora la muerte de la religiosa Viqui Molins

“Soy feliz porque hago cosas”

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Catalunya llora la muerte de un alma noble, generosa e infatigable: Viqui Molins. Y quienes más la lloran son quienes más la quisieron: los pobres, los vulnerables, los sintecho. A ellos dedicó su vida Victoria de Jesús, de 88 años, religiosa teresiana, cofundadora del hospital de campaña de la iglesia de Santa Anna, la de los pobres. Y nadie como los pobres saben que en realidad no ha muerto, sino que ha vuelto al mar.

Era titular de todos los honores a que puede aspirar una persona como ella, que solo aspiraba a servir a los demás. Doctora honoris causa por la Universitat Ramon Llull, tenía la Creu de Sant Jordi y había recibido infinidad de galardones públicos y privados. El reconocimiento del que se sentía más orgullosa, sin embargo, era la sonrisa de Mariela, de Lluís, de Lupe, de Michel, de todas esas personas que duermen en la calle.

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El cronista guardará como oro en paño el último intercambio de audios que tuvo con ella, el pasado 16 de noviembre. Viqui, que ya había tenido un grave susto de salud el verano anterior, no había levantado el pie del acelerador. Le di un pequeño tirón de orejas y no le dije que se cuidara porque, como explica el novelista y poeta Alejandro Palomas, hay que cambiar esa expresión por la de “déjate cuidar”.

“Déjate cuidar, Viqui”, le dije por WhatsApp. Y ella me respondió con otro mensaje en el que su risa brillante y luminosa parece hoy más que nunca el rumor de una ola que se retira. Que se retira, pero que no desaparece. Porque como explica otra escritora maravillosa, Susana Rodríguez Lezaun, cuando una ola “llega a la orilla, se deshace. Desaparece. Pero no del todo, porque la ola es agua, y como agua regresa al mar”.

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Y el mar es “un cielo caído de los cielos”, dijo Juan Ramón Jiménez. El mar hará con ella lo que quiera. “Podrá enviarla a lo más profundo del océano, o calentarse y unirse a una corriente marina que recorra el mundo. Podrá evaporarse y convertirse en lluvia o, por qué no, ser una nueva ola”. Allí se imaginan ya a Viqui en la parroquia de Santa Anna, sí, la iglesia de los pobres: en un mar celeste, en un cielo marino.

Esta iglesia, en Ciutat Vella, hace algo revolucionario: acatar los Evangelios. “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me ofrecisteis refugio, estuve desnudo y me cubristeis”. Santa Anna ejemplifica, gracias a Viqui y a los sacerdotes Peio Sánchez y Xavier Morlans, eso que pide el papa Francisco: “Que las iglesias sean un hospital de campaña para los necesitados”.

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Gran amiga del padre Ángel, que milita en el mismo club que ella, Viqui hablaba con una claridad que ya quisiera la Conferencia Episcopal. A veces le había recriminado a Dios (ella decía Dios, pero debería haber dicho la jerarquía de la Iglesia) que le privase “del goce de una familia”. Y, como no pudo tener hijos, se rebeló y fundó una familia numerosísima. Tenía al menos 1.384 hijos, los 1.384 sintecho de Barcelona.

Viqui, que debería haber bajado el ritmo de sus actividades y no lo hizo, solía decir: “No hago cosas porque soy feliz, soy feliz porque hago cosas”. A veces, sin embargo, las cosas se las hacían a ella, como la reciente Fundació Viqui Molins, que perdurará su recuerdo en las calles y que impulsaron dos de sus grandes, los ya citados Peio y Xavier. Su memoria también permanecerá inalterable en los más de 60 libros que escribió.

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El lector que aún no la conozca podría acercarse a su figura con una obra breve y maravillosa, Dios en la calle, publicado por la editorial Claret y disponible en castellano y catalán. Se trata de un libro escrito a cuatro manos, fruto de la larga relación y de los intercambios epistolares entre la propia Viqui y el padre Ángel, otro religioso inclasificable (o clasificable de la forma más sencilla: un hombre bueno).

El padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz y un año más joven que ella, la quería muchísimo y la inspiró para su hospital de campaña. De hecho, Santa Anna hace en Barcelona lo que hizo él en Madrid con la parroquia de San Antón, abierta las 24 horas del día, los 365 días del año, entre otras cosas, para que los sintecho tengan un lugar donde descansar, tomar un café, recargar sus móviles o conversar con alguien.

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Se puede compartir su fe o no, pero incluso los más agnósticos se inclinarán ante ejemplos como los suyos. Ángel, como Viqui, no es una persona condescendiente. “Prefiero pedir perdón a pedir permiso”, repite. Su oenegé laica solo se arrodilla “ante Dios, los viejos y los niños”. Lo mismo podría haber dicho Victoria de Jesús, el nombre con el que fue conocida aquella teresiana guapísima que se hizo novicia con 19 años.

Santa Anna era y es una presencia incómoda para algunos porque ha visibilizado la lacra del sinhogarismo en el corazón de Barcelona. “Cuando los invisibles se hacen visibles, molestan… Pero la solución no es ocultarlos, sino acogerlos”, decía Viqui Molins, que tuvo no pocos problemas con eso que antes se llamaban “las autoridades civiles” y más de una discusión con el mismo Ayuntamiento que ahora la elogiará.

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Uno de los hijos de Viqui 

Marti Gelabert

Regaló su corazón y el corazón le falló este jueves. El president de la Generalitat, Salvador Illa, ha llorado su pérdida. Políticos, catedráticos y figuras señeras de la sociedad civil y de las entidades del Tercer Sector se han sumado a su pesar. Pero no busquéis las lágrimas más sentidas por su marcha entre ellos. Tampoco de día, sino de noche y entre los soportales que albergan a los más desfavorecidos entre los desfavorecidos.

Tras una larga vida dedicada a la enseñanza y al mundo editorial, le llegó la edad de la jubilación, pero las personas como ella ni se dejan cuidar ni se jubilan jamás. Comenzó entonces la que quizá fue su etapa más fructífera y luminosa, la de Santa Anna. Nació en una familia burguesa y podría haber tenido una vida regalada, pero la fuerza del mar es imparable y egoísta. Y el mar la quiso para sí. Es decir, para nosotros.

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