En las ruinas de Pacific Palisades, un barrio de lujo del oeste de Los Ángeles, Mark deambula, aturdido, como si recorriera los pasillos de un depósito de cadáveres. Otea el paisaje en busca de algún signo que le permita identificar con seguridad su casa. Ante él aparecen ladrillos rojos y algunos peldaños de una escalera. Los ladrillos han sobrevivido. El resto de su casa ha desaparecido, arrasada por las llamas. “Creo que en mi barrio, de treinta o cuarenta casas, sólo quedan dos en pie”, cuenta a Mediapart este día de mediados de enero.