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Columna
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Recuerdos

La infancia ocurre siempre en verano y a las 4 de la tarde. Aprovechando la siesta de los mayores, los niños se quedan solos y descubren el mundo en esa hora de luz espesa, casi coagulada, que llega a detener el tiempo. Recuerdo mis paseos por el puerto de Motril, en los primeros años 60, junto al agua aceitosa y brillante, pisando minutos oxidados como las cadenas de los barcos, porque un segundo duraba un siglo y todo era igual a sí mismo. Por ejemplo, el lenguaje. Aprendía las palabras del mar, palabras sometidas a sus sílabas y a mi pronunciación, sonidos y objetos inmutables, nombres de peces y utensilios que llegaban a cada hablante sobre el tiempo infinito de la realidad, con sus ofic...

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ios y sus leyes. La infancia permanece en el recuerdo, conserva su transparencia sólida de mundo cerrado, ese lugar inmune de las cuatro de la tarde y las cosas en su sitio. Envejecer significa todo lo contrario, descubrir que las cosas no tienen sitio, y no porque vayan surgiendo novedades al margen de nuestra experiencia, sino porque el orden y el suelo de nuestra realidad se deshacen como un papel de periódico en el agua. Llevo bien la ignorancia, no conocer a los cantantes de moda, mirar con absoluta lejanía los anuncios de televisión, comprobar las facturas de la vida en los cuerpos, ver mayores a mis amigos y ancianos a mis mayores, no saber de qué se discute en muchos corros. Pero me llena de pavor oír nuevas opiniones prehistóricas sobre asuntos que conozco bien y comprender que están llamados a perderse muchos logros que parecían definitivos. Eso sí convierte la vejez en un abismo.

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