Conde del asalto

Bar Canyí: escudella de vinilo en Barcelona

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El riesgo de terracear en Barcelona

Vinilo sonando a pie de barra en el bar Canyí. / M.O.

Miqui Otero

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Si un paracaidista tomara tierra en un punto cualquiera de Barcelona y sintiera algún antojo catalán, tardaría muchísimo más en encontrar una escudella que un ramen. De hecho, si filtrara en Google Maps la palabra torrezno es posible que (Bodega Carol a un lado) lo enviara a Soria (cuatro días a pie).

Por eso, más allá de frecuentar las bodegas catalanas que siguen abiertas, uno tiende a celebrar también los nuevos locales que se centran en el noble arte de la tapa en la que se moja pan.

Sin embargo, con el bar Canyí tenía un problema. El primero era de índole sentimental: ha abierto en el local (Sepúlveda, 107) donde solía estar el O Pazo, justo delante de casa de mis padres. Allí íbamos algunos fines de semana y mi padre solía almorzar los sábados con los de mis compañeros de equipo de baloncesto (yo obviamente era el base, así que aún hoy tiene cierta guasa ver su discreta estatura rodeada de pinos de dos metros). La memoria suele pelearse mucho con la novedad, pero precisamente por eso me llamó la atención este otoño la apertura de este bar.

El segundo asunto tenía que ver con el nombre. Llevo un par de años haciendo mofa del nuevo sarpullido de locales con nomenclatura castiza en Madrid (en su neoprocés emancipatorio, todo allí tiene ahora aroma de folclore local medio inventado). Por eso, ver al lado de casa de mis padres un bar llamado Canyí, que además catalanizaba el término, me puso en alerta.

Bien: he venido a deciros, a riesgo de que se llene aún más (el bar ha triunfado desde el minuto uno), que los prejuicios están mejor para hablar de políticas sociales que de bares. De entrada, la reforma pulcra pero no invasiva: paredes alicatadas de azulejo verde (ese de los restaurantes de montaña), menús colgados de hace un siglo, páginas de tebeo antiguo (que dialogan muy bien con el mercadillo dominical de segunda mano del barrio) y hasta alguna foto familiar en tonos sepia. Y la barra, rotundamente perfecta: de aluminio o zinc, como las de siempre, hace ele, así que permite sentarse en el lado corto de la letra mientras tienes la panorámica de todo el local. Un bar donde te puedes sentar en la base de la L es como una persona con una sonrisa bonita: luego la sonrisa puede ser falsa, pero desde luego es un buen inicio.

Pero es que desde mi rincón en la barra y en el mundo, a diez centímetros, un plástico negro giraba en el tocadiscos. No un vinilo cualquiera, sino el What’s Going On de Marvin Gaye, el disco que elogia el festival sensual que nos ofrece la vida. Clásico y moderno, como el recuit con sésamo negro y miel que aquí ofrecen. ¿Quién no se pone contento al escucharlo? ¿Quién, dime, dios de las fugas, abandona una sala donde suene? Nadie. Y yo menos que nadie.

Precios no manicomiales

De momento, yo estoy solo tomando un café delicioso, pero claro, miro la pizarra de la carta: un jolgorio máximo de tapas catalanas elegantemente modernizadas y a precios no manicomiales (como sí sucede en otros bares renovados del barrio). Voy a volver al Canyí. En realidad el nombre no está tan mal: significa gitano y nosotros, en Sant Antoni, siempre hemos compartido barra con los mejores, cuando salían de la Cera para regalar sus rumbas. Todo tiene sentido. Antes de irme, con la promesa de volver, voy al baño. En las puertas, no hay el aséptico monigote de aeropuerto indicando el señor y la señora. Hay un disco de siete pulgadas de Serrat, para ellos y otro de Lola Flores, para ellas. Casa al lado de casa.

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