La doble censura sobre Anne Frank

El valor literario y testimonial de un clásico

Familias en EE.UU. piden retirar de las aulas una obra ya ‘suavizada’ por el padre de la autora

Una exposición pasada sobre Anne Frank en el Museo Histórico de Ámsterdam.

Koen van Weel / EFE

Holocausto sí, exploración genital no. La semana pasada, una asociación de familias vinculadas a la extrema derecha estadounidense que se hace llamar Moms for Liberty vetó y eliminó de la biblioteca del instituto de secundaria Vero Beach de Florida una versión cómic de El diario de Anne Frank. “Creemos desde luego que la Historia verdadera se tiene que enseñar, el Holocausto y el diario. 

Pero este libro incluye una escena gráfica que no contribuye a los temas educativos”, dijo la portavoz, Jennifer Pippin. El grupo, muy ligado al Partido Republicano, ha ganado notoriedad en Estados Unidos en los últimos meses por su cruzada contra títulos que están purgando de las bibliotecas escolares. En su lista de libros prohibidos hay muchos textos contemporáneos, algunos que reflejan relaciones LGTBQ, libros con mensaje antirracista y también clásicos como Matadero cinco y novelas de éxito como Gente normal, de Sally Rooney.

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Aun así, y a pesar de la preocupación que estas acciones han despertado en los educadores y en quienes quieren preservar el acceso de los alumnos a la lectura, por encima de unos supuestos “derechos paternales” que reclama el grupo, fue la prohibición del Diario lo que llevó el debate a otro nivel.

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La escena del cómic, ilustrado y adaptado por un hijo de dos supervivientes de los campos de concentración, que irritó a estas autodenominadas “madres por la libertad” es una en la que Frank escribe sobre la vez que quiso besar a una amiga suya y le preguntó si podrían enseñarse el cuerpo desnudo la una a la otra. Además, cuenta qué sintió deseo cuando vio estatuas desnudas en su libro de Historia del Arte.

Una imagen de la librería giratoria que escondía la casa de atrás donde se ocultó la familia Frank

Las madres de Florida se hubieran sentido más cómodas con la versión censurada del Diario, que es la que circuló más ampliamente en casi todos los idiomas hasta que en 1986 una institución holandesa dedicada a la preservación de documentos de la Segunda Guerra Mundial se encargó de publicar una edición crítica restaurada del manuscrito original, reinsertando todas las partes que Otto Frank, el padre de Anne y único superviviente de las nueve personas que se escondieron durante dos años en el anexo a su oficina de Ámsterdam, desechó y censuró porque le parecía que daban una imagen distorsionada de su hija.

La otra escena sexualmente significativa, que millones de lectores de distintas generaciones no llegaron a ver porque se les escamoteó, es una en la que Anne explora sus propios genitales y lo cuenta de una manera muy transparente y natural. Además el padre eliminó otros fragmentos, que no afloraron hasta 1999 cuando un ex director de la Anne Frank Foundation las mostró y aseguró que Frank se las había legado antes de morir en 1980, que tienen que ver con las relación a veces tensa que tenían los padres y con las críticas que la niña hace de su madre. A Otto Frank no le pareció justo que su esposa, gaseada en Auschwitz, pasara a la posteridad como una madre irritada e impaciente y decidió por su cuenta mutilar la obra de su hija.

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Es importante señalar que desde marzo de 1944, dos años después de empezar un diario que le regalaron por su duodécimo cumpleaños, Anne Frank ya escribe pensando que su obra puede (y debe) ser publicada o al menos leída algún día, y no solo como un ejercicio de reflexión personal. Ese mes, Anne y el resto de los escondidos en el anexo escucharon en la radio cómo el ministro holandés de Educación, Arte y Ciencia, Gerrit Bolkelstein, que estaba exiliado en Londres, pedía a sus compatriotas que preservaran documentos, diarios y cartas para crear un archivo de la ocupación nazi. 

Desde ese momento, la adolescente de 14 años empieza a concebir su diario como una obra literaria. El 20 de mayo de 1944 escribió que había empezado a reescribir pensando en futuros lectores, amplía algunas entradas y estandariza el formato, de manera que todos los fragmentos están encabezados por el famoso “querida Kitty”. Se ha especulado sobre si Kitty era una amiga suya que se llamaba así, Kitty Egyedi (esa era la teoría que sostenía Otto Frank) o si, como afirman la mayoría de estudiosos, Kitty era un personaje ficticio y un ingenioso mecanismo narrativo para ordenar un manuscrito que tiene un gran valor literario además de testimonial.

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“Si Anne Frank no hubiera muerto en la alevosía criminal de Berger-Belsen a principios de 1945 (…) es probable que la contáramos entre otros nombres célebres del siglo XX, aunque quizá no con un cariz tan dramático como ahora”, argumenta la escritora Cynthia Ozick en un artículo aparecido en The New Yorker en 1997 que la editorial Alpha Decay acaba de publicar ahora en España en formato de minilibro, traducido por Eugenia Vázquez Nacarino. A Ozick no le cabe duda de que, de haber sobrevivido, Frank se hubiera consolidado como lo que ya era de adolescente, una autora sólida. “Nació para ser escritora. A los trece años sintió su poder. A los quince, estaba en plena posesión de su talento”.

Además de por la polémica en Estados Unidos, resulta especialmente oportuno leer ahora este texto de Ozick, cuando estamos inmersos en el debate sobre la integridad de los textos literarios, a raíz de los intentos de adaptar y modificar la obra de Roald Dahl y Agatha Christie. Porque pocos clásicos han sido tan manoseados como El diario de Ana Frank. “Su historia se ha expurgado, distorsionado, trucado, traducido, reducido, infantilizándose hasta acabar falseada, cursilizada y arrogantemente negada”, escribe, no sin furia, Cynthia Ozick, a quien le irrita sobremanera que lo que debería ser leído, a su entender, como un testimonio sombrío de un crimen monumental (y muy concreto, cometido contra los judíos) se haya diluido a menudo en un mensaje buenista, un “canto a la vida” –se indigna Ozick–, propiedad de “los niños del mundo”.

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En un detallado repaso por las vicisitudes que pasó el manuscrito desde que lo encontró en 1945 Miep Gies, la mujer que mantuvo vivos a las nueve personas escondidas en el anexo durante más de dos años, Ozick se va encargando de señalar a los culpables de esa tergiversación. El primero al que señala es al propio Otto Frank, un burgués alemán exiliado en Holanda que, según la autora, que “creció con una necesidad social de complacer a su entorno sin ofender a nadie”, y que, después de la guerra insistió en envolver el diario de su hija en un mensaje sobre la bondad del ser humano. 

De hecho, esa es la frase más citada del libro, una frase que se ha plasmado en medallitas, camisetas y libretas. “Todavía creo, a pesar de todo, en la bondad del ser humano”. Dos líneas más abajo, escribió algo mucho más oscuro: “Veo el mundo transformado lentamente en un páramo, oigo cada vez más cerca el trueno que un día nos destruirá también a nosotros”. No se equivocaba. Apenas tres semanas más tarde, los oficiales nazis descubrieron a las dos familias judías ocultas –durante años se creyó que por un chivatazo, pero pudo ser algo más accidental– y Anne fue enviada al campo de concentración de Westerbork.

Anna Frank en 1940

Dominio público

Pero no solo Otto Frank tergiversó la obra prodigiosa de su hija. La traductora alemana sustituyó “alemanes” por “nazis” cada vez que Anne Frank clama contra el pueblo ocupante y entregó una versión completamente distorsionada que circuló durante décadas en esa lengua. Y la resignificación final del diario llegó con la adaptación a Broadway en 1952, que fue también la que se llevó después al cine y terminó de popularizar la obra. Por muy licuado que haya llegado a 2023 (Ozick llega a desear que Miep Gies lo hubiera quemado), el libro de Anne Frank sigue conservando suficiente capacidad subversiva como para ser censurado en Florida, muy lejos del escondite de Ámsterdam en el que se escribió.

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“¡Sean todos bienvenidos a Dahiya!”, gritan eufóricos unos jóvenes chiís sobre un montículo de escombros, mientras ondean grandes banderas amarillas Hizbulah. Es la primera vez en tres meses que pueden volver a pisar su barrio, el mayor feudo de la milicia en Beirut y el epicentro de los bombardeos israelíes.

Las horas entre el alto el fuego anunciado por Beniamin Netanyahu y su aplicación se hicieron extremadamente largas. Los últimos impactos tuvieron lugar de madrugada, apurando los minutos previos al cese de hostilidades acordado entre Israel y el grupo chií. Pero la mañana llegó y con ella el regreso de los miles de habitantes del suburbio, que se acercaron en coche a ver si su casa estaba entre las agraciadas que aún siguen en pie.

Dos jóvenes chiís en moto en Dahiya, el barrio controlado por Hizbulah, horas después del alto el fuego (Bilal Hussein / Ap-LaPresse)

El aire, aún cargado con el polvo del hormigón hecho trizas, era de aparente victoria. “Estamos felices de que todo haya acabado. No han podido con nosotros”, dice Zeina, una libanesa que asegura apoyar al Partido de Dios “hasta el final”. Junto a una rotonda reventada por la artillería, posa para un selfie con su novio Mahmoud.

El acuerdo de paz, engrasado diplomáticamente por Estados Unidos y Francia, prevé, en un plazo de 60 días, la retirada de todas las tropas israelíes en suelo libanés y el “cese de la ofensiva militar” en “tierra, mar y aire”. Además, emplaza a Hizbulah a cumplir con el desmantelamiento de “todas las infraestructuras y posiciones militares” al norte del Río Litani, 30 kilómetros al norte de la frontera, según el texto, publicado por el medio libanés L’Orient Le Jour, y que cuenta con el visto bueno de la milicia.

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“Estamos decididos: este conflicto no será solo otro ciclo de violencia”, aseguró el presidente estadounidense, Joe Biden, poco después del anuncio. “Estados Unidos, con el pleno apoyo de Francia y nuestros otros aliados, se ha comprometido a trabajar con Israel y Líbano para garantizar que este acuerdo se mantenga plenamente”, agregó.

“Hemos perdido mucho, pero ha merecido la pena”, confiesa Mahmoud, quien comparte apellido con Hasan Nasralah, el difunto líder de Hizbulah que fue asesinado por las bombas antibúnker de Israel a no muchas calles de allí y cuya cara empapela las ruinas de todo Dahiya.

Entre las furgonetas cargadas de colchones, ropa y alfombras, se escurren los milicianos en moto en plena celebración del armisticio. En sus manos, fusiles que disparan al aire por el fin de una guerra que se niegan a considerar una derrota pese a no haber conseguido su objetivo inicial: el fin de la ofensiva en Gaza. “Les hemos detenido en el sur”, grita Mohamed uno de estos combatientes, de tan sólo 21 años y quien prefiere no dar su nombre real. 

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Hasan, en cambio, no se siente como un ganador precisamente. Su salón en el primer piso es visible desde la calle, a través de las ventanas rotas y el balcón arrancado por una bomba explosiva. Pero, a pesar los desperfectos, no ha sido el vecino con peor suerte: las cinco plantas del bloque contiguo se apilan una tras otra en el suelo. “Está bien... pensaba que habían derribado la casa entera, aunque no estoy seguro de que sea posible entrar”, lamenta.

Más de 1,3 millones de personas han sido desplazadas por el conflicto, que en 14 meses se ha cobrado la vida de más 3.700 personas y ha herido a 15.700 en Líbano. El mayor éxodo de la historia del país, que comienza a revertirse. Durante el primer día de paz, decenas de miles de personas salieron de los refugios improvisados en la capital en dirección al sur del país. 

Fuera de la capital, una caravana quilométrica se abrió paso por las carreteras bombardeadas para alcanzar los pueblos del sur. Algunos de ellos, situados en la zona de combates, llevan deshabitados desde hace más de un año y han quedado arrasados por completo por la artillería israelí. Donde 24 horas antes había combates, ahora llegaban los primeros regresados.

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Sin embargo, el ejército israelí volvió emitió una estricta “prohibición de desplazamiento hacia el sur del Líbano” entre las cinco de la tarde las siete de la mañana del día siguiente. “Quienes se encuentren al norte del río Litani no podrán dirigirse hacia el sur”, demandó su portavoz, Avichay Adraee, “mientras que quienes ya se encuentren al sur deberán permanecer allí”.

Es un ejemplo de la fragilidad del armisticio, “destinado a ser permanente”, según Biden, pero que depende de la buena voluntad de ambas partes. A partir de ahora, tan sólo el Ejército libanés y UNIFIL estarán autorizados a operar en la franja fronteriza —como ya establecía la resolución de paz previa—, aunque esta vez será Washington y París quienes vigilen y eviten el despliegue del grupo chií. El documento establece en uno de su 13 puntos que tanto Israel como Líbano “mantendrán su derecho respectivo a la autodefensa de acuerdo con las resoluciones internacionales”.

Para ello, el ministro de Defensa interino de Líbano, Maurice Sleem, confirmó en una entrevista con la televisión catarí Al Jazeera los planes para aumentar el número de soldados en el sur del país a 10.000 efectivos. Aunque para Mohamed, el miliciano pubescente de Beirut, esto es solo una tregua para recobrar fuerzas. “Lo volveremos a hacer”, dice convencido, con una estampa de Nasralah bajo el brazo. “Necesitamos tiempo, pero esto no es el fin”.

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