Hace poco, en una reunión de vecinos, después de varios años en los que las opiniones estaban divididas, se tomó la decisión de talar tres de los árboles que rodean el edificio donde vivimos: un cerezo de más de cuarenta años que llega a las ventanas del tercer piso, un abeto casi igual de alto que la casa y un saúco (en principio es un arbusto, pero es tan grande que ya puede considerarse árbol). Las razones tienen su lógica: están demasiado cerca y quitan el sol, lo que, en Austria, tiene su importancia.