Las Ardenas de Zelenski

OBSERVATORIO GLOBAL

En diciembre de 1944 Hitler lanzó un ataque desesperado para detener el avance aliado en Europa y forzar una negociación. Retiró a sus mejores tropas, las divisiones blindadas de las SS, del frente oriental, las trasladó al bosque de las Ardenas, en Bélgica, y sorprendió a las fuerzas estadounidenses que ya estaban preparando la Navidad. Avanzaron rápidamente, tomaron miles de prisioneros y causaron enormes bajas. Murieron más soldados de Estados Unidos en esta batalla que en el resto de la guerra en Europa. Finalmente, la resistencia de los paracaidistas en Bastogne frenó el avance y la aviación aliada, con meteorología favorable, hizo el resto. Faltos de combustible, los alemanes abandonaron sus tanques y huyeron a pie hacia Alemania. El frente oriental se hundió falto de reservas y los soviéticos llegaron a Berlín meses después.

Aunque el contexto de la guerra de Ucrania es muy diferente, hay, sin embargo, un cierto paralelismo con el intento de Volodímir Zelenski, aconsejado por la OTAN, para mejorar su posición militar de cara a una negociación favorable con Rusia antes de la celebración de las elecciones estadounidenses.

  

Alex Babenko / Ap

La idea era que la invasión de la provincia rusa de Kursk en agosto obligaría al Kremlin a desplazar tropas del frente del Donbass a Kursk para defender la patria rusa. Al principio fue un éxito, algunas de las mejores tropas ucranianas con blindados y artillería occidentales y cientos de drones derro­taron fácilmente a las defensas fron­terizas rusas, formadas por reclutas inexperimentados, y a las milicias chechenas, que apenas opusieron resistencia.

Sin embargo, el plan fracasó en sus objetivos principales. Los rusos detuvieron el avance a base de bombardeos, aprovechando su aplastante superioridad en aviación y, en este mes, recuperaron una cuarta parte del terreno ocupado, mediante la intervención de reservas en Rusia, sin apenas desplazar sus avezadas tropas del frente oriental de Ucrania. En realidad intensificaron sus ataques en toda la línea de frente y bombardearon con violencia inusitada los bastiones ucranianos en las provincias de Donetsk, Luhansk y Zaporiyia, utilizando sus terribles bombas planeadoras de dos o tres toneladas de explosivo.

La negociación debería producirse antes de que Kyiv no tenga apenas capacidad para negociar

El resultado es que en septiembre y octubre los rusos avanzaron en todo el frente más que en todo el año anterior, mientras las mejores unidades blindadas ucranianas estaban en Kursk. Tras asedios rusos infructuosos durante casi dos años, en unos días de feroces combates ocuparon la fortaleza clave de Vuhledar y siguieron avanzando rápidamente, destruyendo y ocupando numerosos asentamientos, incluyendo en los últimos días otro nudo defensivo importante, Toretsk, y llegando a las puertas de Pokrovsk, cuya caída sellaría la suerte del Donbass.

A pesar del heroísmo de los ucranianos, sin reservas experimentadas, faltos de munición y desmoralizados, el frente se está hundiendo por momentos. Al tiempo que los rusos presionan en el sur, en Zaporiyia, y en el norte, en Kupiansk y Járkiv, con intensos bombardeos en todo el país, con el objetivo principal de destruir los arsenales de armas de la OTAN y matar a sus asesores en sus lugares de concentración.

En esas condiciones, la negociación debería producirse antes de que Kyiv no tenga apenas capacidad para negociar. Es cierto que estas victorias rusas les cuestan enormes pérdidas, pero Putin está decidido a derrotar a Ucrania/OTAN como prioridad estratégica para reconstruir la gran Rusia. No parece que su intención sea ocupar toda Ucrania ni proseguir con su invasión en otros países. Sabe que su fuerza no le alcanza para tanto. Pero que nadie piense que Rusia va a aceptar una negociación desfavorable. La situación que se vislumbra es una partición como en Corea, donde, recordemos, nunca se firmó la paz, sino que se acordó un armisticio que dura desde hace siete décadas, sin renunciar a la reunificación.

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Una tasa controvertida

Los ayuntamientos catalanes están comenzando a tramitar estos días sus ordenanzas fiscales, que incluyen como novedad una tasa de basuras que es la aplicación a escala
local de una trasposición estatal de la directiva europea que España aprobó en el 2022.
En esta traslación al ámbito municipal de la que es una obligación legal se está evidenciando ya una lamentable falta de criterios unánimes a la hora de interpretar la norma. Cada ayuntamiento lo está haciendo a su manera, lo que está generando controversia e incluso agravios comparativos. Así lo ha advertido la Asociación Nacional de Inspectores de Hacienda Pública Local, que señala que esta tasa expone a los municipios a una situación de inseguridad jurídica que amenaza con desencadenar una avalancha de recursos en el momento en que comience a aplicarse la disposición. El problema radica en que, si bien los objetivos están relativamente bien definidos, la vía para alcanzarlos no lo están y la aplicación literal de lo establecido resulta casi imposible.

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Besando pantalla

Las pantallas incrustadas en los salpicaderos de los coches, en un momento de delirio, crecieron mucho. Voy de copiloto mirando una, enorme, que hace una cabriola extraña: reproduce, en dibujo animado, lo mismo que ven nuestros ojos de forma natural. El trozo de vida que tenemos delante (la calle con sus coches moviéndose a un lado y a otro, los peatones aquí y allá) aparece representado en el gran dispositivo, en tiempo real aunque sin caras ni pelos o porquerías. Muevo los ojos de la recreación aséptica de la pantalla a la realidad peluda del parabrisas, sin saber cuál es la opción correcta. ¿Para qué está eso?, pregunto asombrada a la conductora, ¿tenemos que mirarlo para algo? No tengo ni idea, dice. Y añade que venía con el coche y no lo sabe desconectar. ¿Para qué querríamos ver a un lado, más pequeño, el trozo de mundo que ya vemos delante de nuestras narices? Tal vez se trate de una cuestión de prestigio visual; la pantalla en sí misma goza de un lustre innato, una fiabilidad superior a la de un campo de visión a secas. Una imagen reproducida en pantalla no es comparable a lo que ven unos ojos muertos de hambre.

  

Getty Images/iStockphoto

Un taxista confirma que manejar el limpiaparabrisas en el menú de la pantalla táctil del salpicadero es una complicación. Una idiotez. Hay que apartar la vista de la vía. Indago sobre el tema y encuentro un vídeo de un fisioterapeuta que explica detalladamente por qué este avance tecnológico es un retroceso. Es mucho más fácil y seguro darle con un dedito a una palanquita pegada al volante que rebuscar en un menú táctil, que, además de distraer de la carretera, es más lento. Encuentro noticias de marcas de coches que ya han rectificado. La vuelta al botón, la palanca y el relieve en general es vanguardia.

Una imagen en pantalla no es comparable a lo que ven unos ojos muertos de hambre

Ya en casa, imagino que la tortilla francesa que ceno aparece recreada y mordida en tiempo real, en una pantalla adherida al plato. Pienso si mi cena resulta así más convincente. Más importante en general. Vislumbro la posibilidad de que mi pareja entre por la puerta con una pantalla incrustada en el hombro, que reproduce su cara (sus miradas, sus muecas), en esa especie de dibujo animado pelado. Sus expresiones, opiniones y estados de ánimo logran así una renovada solvencia, un brillo. Preguntaría cómo afrontar el beso con lengua.

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