Medio Ambiente
Son Quint: Así es el gran parque natural que Palma abrirá a los ciudadanos
Recorrido por la finca de 280 hectáreas que Cort compró hace un mes y que cuenta con una gran riqueza natural y un pasado minero que ha dejado huella
Quienes la conocen advierten: aún no está preparado para recibir a multitudes
Bernardo Arzayus
El Ayuntamiento de Palma formalizó hace un mes la adquisición de Son Quint a cambio de 1,5 millones de euros. La finca ya es de titularidad pública después de años de reivindicaciones vecinales y planes municipales. Son 280 hectáreas de terreno forestal que se abrirán a los ciudadanos, una enorme superficie que esconde tesoros naturales y etnográficos. Y sin embargo, completamente desconocida para la gran mayoría. ¿Qué ha comprado Cort?
Al parque se accede por dos entradas: la urbanización Pinar Park y el cementerio de La Vileta. Son dos puntos distantes entre sí, pero ambos conducen a las joyas de la finca, tanto las paisajísticas como las heredadas después de décadas de presencia humana. Como los antiguos hornos para cocer cal y yeso, recuerdo del pasado minero de este paraje y que sufren por tantos años de abandono y olvido. O como las Coves del Pilar, una cavidad en el interior de la montaña atravesada por la impresionante red de túneles que abrieron aquellos mineros.
El parque está en un momento de transición. Aunque formalmente ya pertenece al patrimonio municipal, queda un largo trecho hasta que el Consistorio arregle los caminos, señalice los itinerarios y haga la finca accesible para todo el público.
Son Quint: Así es el gran parque natural que Palma abrirá a los ciudadanos / B. Arzayus
Este periódico recorrió el jueves parte del parque con dos guías que saben todos sus secretos. Joan Prats, presidente de la asociación Son Quint-Parc natural de Ponent; y Fanny Ribas, también miembro de esta entidad y presidenta del club de Gent Gran de Son Rapinya. Conocen muy bien el terreno que pisan, y también los riesgos.
«Digamos que ahora está en estado ‘salvaje’ porque los anteriores propietarios, la familia Zaforteza y el Grupo Arabella, no tocaron nada. Hasta ahora venían excursionistas, aficionados a la montaña y vecinos que lo conocen bien, pero todavía no está preparada para la avalancha de gente que se avecina», previenen.
Prats, Ribas y otros miembros de la asociación Son Quint-Parc natural de Ponent organizan itinerarios guiados, tanto para niños como para adultos. En esta ocasión el punto de partida elegido es Pinar Park. La barrera de la finca sigue cerrada, pero se accede fácilmente por una abertura situada a la derecha —Cort todavía no ha dejado su impronta en ningún cartel—.
Pronto aparecen unas construcciones en estado de ruina que aluden a la historia minera de la finca. Aunque Palma vive desde hace tiempo de espaldas a esta montaña, no siempre fue así. «Hasta los años 50 aquí hubo mucha actividad humana. Estas construcciones fueron utilizadas por los mineros para seleccionar y cargar la piedra que extraían. Una parte se tendría que derribar y otra recuperarla. Si el Ayuntamiento tiene que hacer un centro de interpretación o de recepción de visitantes, debería ser aquí porque no tiene otras opciones a no ser que quiera construir algo desde cero», valora Prats.
La piedra, utilizada luego en las grandes obras que arrancaban en aquella ciudad que empezaba a llenarse de grúas, se extraía de las Pedreres de Son Quint. La montaña, que sigue cicatrizando después de años de actividad extractiva, es parada y reclamo del futuro parque municipal. Así como la enorme explanada que quedó después de las cargas explosivas. «Aquí Arabella quería instalar cinco mil placas solares para dar electricidad al hotel Son Vida y al golf de Son Quint. Por suerte no les dejaron hacerlo», celebra Prats.
Fanny Ribas y Joan Prats en uno de los accesos a la red de túneles que abrieron los mineros. / Bernardo Arzayus
«Masificación»
Fue el último intento para sacar algún rédito de la finca, ahora blindada contra la actividad humana. Aunque no del todo. A Prats y a Ribas se les aparece el fantasma de la «masificación» en un parque hasta ahora muy poco transitado. «No se trata de que la gente no venga, se trata de que sepan a lo que vienen. Esto no es para hacer ‘torrades’ ni carreras, es para pasear y disfrutar», valora Prats. «Es una finca fantástica, pero tiene sus peligros. Mi consejo es que la gente no se salga de los caminos; y si quieren conocerla mejor, que vayan con alguien que sepa», añade.
Temen que ahora que la finca es pública atraiga a más paseantes de la cuenta a un recinto que todavía no está preparado para recibir a multitudes. Es fácil perderse por falta de señalización, en el margen de algunos caminos hay caídas muy pronunciadas que no cuentan con ningún tipo de vallado y las construcciones que recuerdan a aquella actividad minera tienen suelos y techos muy inestables.
El peligro también acecha en el conjunto que forman las Coves del Pilar y los kilómetros de túneles que recorren el interior de la montaña, conocida como el Puig dels Revells. La puerta metálica por la que se accede está abierta y por tanto cualquiera puede internarse en los oscuros túneles que recorren la montaña y que tras décadas de abandono son terreno abonado para hundimientos.
La cueva recibe este nombre porque el espacio está dominado por un enorme ‘pilar’ natural reforzado por estalagmitas. Es un conjunto espectacular. De hecho, en los años 20 el entonces propietario de terreno forestal, Pere Ventayol, la explotó turísticamente al utilizarla como reclamo para atraer a algunos de los primeros visitantes extranjeros que recibió la isla.
Prats explica que la actividad minera en esta zona se remonta al siglo XIX. Extraían yeso y cal, y los cocían en los hornos que han llegado hasta nuestros días, aunque muy maltrechos. Rehabilitar este patrimonio para abrirlo al público, al menos parcialmente, supondrá un largo y costoso desafío para el Consistorio.
«A finales de la década de los 50 empezaron a llegar cada vez menos mineros porque preferían trabajar en los hoteles que empezaban a llenar la isla. En ese momento se abandonó la actividad extractiva», explica Prats. «De algún modo Son Quint también explica la historia de Mallorca y de la enorme transformación económica y demográfica que sufrió», añade este activista vecinal.
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