Escuchar y leer lo que escribe Ricardo Martinelli sobre su último caso es aburridísimo. En cada publicación del periódico que no es de él; en cada noticia en la televisora que no es de él y en cada opinión en la radio que no es de él se refleja el fracaso, la frustración, la impotencia, la tristeza, la desesperación, el llanto. Es una “llantarria” que aburre más que diez niños llorando por el helado que no les dan. Pero admito que en ocasiones es divertido.
500 acusaciones después, el hombre del supuesto pecho de acero recurre a las mismas armas de dilatación. En vísperas de un fallo condenatorio –que consiguió quién sabe cómo– esta misma semana la Corte le negó su noveno amparo de garantías constitucionales; le rechazó una recusación contra la magistrada de la Sala Penal María Eugenia López, mientras espera el resultado de una advertencia de inconstitucionalidad contra un artículo del Código Judicial sobre los requisitos para admitir recursos de casación. También presentó un nuevo amparo de garantías constitucionales para hacer valer su celestial y sagrado principio de especialidad.
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